La pérdida de un ser querido representa una de las vivencias más complejas y transformadoras que puede afrontar una persona. Durante décadas, la idea de que el duelo transcurre a través de cinco etapas sucesivas —negación, ira, negociación, depresión y aceptación— y que debería resolverse al cabo de doce meses funcionó como una regla general. Sin embargo, la psicología contemporánea advierte que esa visión rígida no refleja la diversidad de la experiencia humana.
El proceso de adaptación psicológica tras la muerte de un familiar o allegado es singular, desprolijo y profundamente personal. Tristeza, culpa, enojo, ansiedad e incluso momentos de aliviarse o sentir calma pueden alternarse o convivir sin responder a un orden prefijado. Entender que no existe una receta única resulta indispensable para evitar la exigencia de «estar bien» en plazos arbitrarios.
Las historias de vida, la calidad del vínculo construido, la presencia de redes de contención y las circunstancias específicas del fallecimiento moldean la forma en que cada individuo procesa la ausencia. El dolor no mide el afecto en fechas ni calendarios.
Del modelo clásico a la comprensión integral de la pérdida
El esquema tradicional de las cinco fases fue desarrollado por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross para analizar las vivencias de enfermos terminales ante la proximidad de su propia muerte. Con el paso del tiempo, la cultura popular extendió erróneamente esa teoría como una guía normativa para quienes sufren la pérdida de otra persona, generando frustración en quienes no experimentan esas instancias de manera secuencial.
Hoy la psicología clínica entiende el proceso como una reestructuración interna que demanda tiempo y paciencia. Transitar los primeros aniversarios, las fiestas de fin de año o las fechas familiares suele ser movilizante, pero la duración del dolor no define si una persona está llevando adelante un duelo saludable o patológico.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) reconoce la categoría de duelo prolongado únicamente cuando, pasados los doce meses en adultos, la intensidad de la angustia genera un deterioro significativo que paraliza por completo la vida cotidiana. La clave no está en el mero transcurso del tiempo, sino en la capacidad progresiva de reorganizarse y mantener la funcionalidad vital.

Una mirada humana ante la salud mental en la región
En los países de la región, la Organización Mundial de la Salud (OMS) sitúa a la pérdida de un ser querido entre los estresores psicosociales de mayor impacto en la población. La cultura y las redes afectivas de contención juegan un rol determinante para amortiguar el aislamiento social que muchas veces rodea a quien está de duelo.
El acompañamiento comunitario, la validación de las emociones sin juzgar y la deconstrucción de tabúes en torno a la salud mental permiten que las personas aborden sus procesos de dolor con mayor libertad, reconociendo sus tiempos individuales sin la presión de cumplir expectativas ajenas.
La voz de las especialistas y las señales de alerta
«Las llamadas ‘cinco etapas’ no constituyen un recorrido obligatorio ni universal», señala la licenciada en Psicología Fernanda Giralt Font. Por su parte, la licenciada Lorena Etcheverry resalta que la evolución del proceso depende de los recursos personales: «No todas las personas parten del mismo lugar en el momento de la pérdida; el dolor cambia de forma e intensidad, pero no volvemos a ser los mismos».
Asimismo, el sufrimiento emocional suele manifestarse en el cuerpo a través de trastornos del sueño, falta de apetito, agotamiento extremo o dolores musculares. Ante la presencia de insomnio persistente, desesperanza, aislamiento severo o pensamientos de no querer seguir viviendo, los profesionales enfatizan la necesidad de recurrir de inmediato a apoyo psicológico especializado.
El desafío de la elaboración no reside en «superar» o borrar el recuerdo de quien partió, sino en integrar la ausencia a una vida que continúa. Aprender a recordar desde el afecto y dar espacio a nuevos proyectos permite reconstruir el bienestar cotidiano sin renunciar al legado afectivo.






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