La Cámara de Representantes atraviesa una de esas jornadas intensas que suelen marcar agenda: la interpelación al ministro de Trabajo. En los pasillos del Palacio Legislativo se cruzan argumentos, números sobre empleo y cruces políticos de alto voltaje. Sin embargo, para los miles de uruguayos que siguen la transmisión oficial a través de las plataformas digitales, la experiencia tiene un sabor amargo e inesperado: la sección de comentarios y el chat en vivo están completamente desactivados.
La pregunta surge de manera casi natural entre quienes intentan volcar su opinión en tiempo real: ¿dónde quedó, en la era digital, la verdadera casa de la democracia?
Históricamente, el Parlamento ha sido definido como la caja de resonancia de la sociedad. Allí donde la ciudadanía deposita su representación para que las voces del país se escuchen con fuerza. Con el avance de la tecnología, las transmisiones en directo abrieron una ventana inédita para que el vecino de Salto, de Bella Unión o del centro de Montevideo no solo mire lo que hacen sus legisladores, sino que también pueda debatir a la par con otros ciudadanos mientras se desarrolla el debate parlamentario.

Desactivar el chat bajo el argumento del control de moderación o para evitar desbordes verbales puede parecer una decisión técnica o de gestión menor. Pero en el terreno de lo político y lo simbólico, el mensaje que se envía es complejo. Apagar el canal de interacción ciudadana en medio de una instancia de control parlamentario tan relevante como la interpelación a un ministro es, en los hechos, ponerle un filtro a la libertad de expresión de quienes están del otro lado de la pantalla.
La democracia no es solo el acto de votar cada cinco años ni la solemnidad de las bancas. Es también el murmullo, el desacuerdo, la pasión y el debate diario de la calle. Si en la sesión más importante de la semana se decide cerrar la puerta a la opinión del público en la plataforma oficial, el mensaje que le llega a la gente es de distancia e insensibilidad.
Para que la Cámara de Representantes siga haciendo honor a su nombre, debe garantizar que el diálogo fluya sin temores. Moderar no es silenciar. En tiempos donde se le exige a la política mayor transparencia y cercanía, apagar el chat en plena interpelación es una señal en la dirección contraria. La casa de la democracia tiene que mantener las ventanas abiertas, aunque afuera sople el viento





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