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“Temo por mi vida”: el desesperado pedido de auxilio de Tatiana Marset desde Palmasola

ras meses de dolores persistentes, la hermana del capo narco uruguayo rompió el silencio desde la cárcel boliviana.

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Tatiana Marset Alba, hermana del narcotraficante Sebastián Marset, detenida en Bolivia
La mujer denuncia que no recibe el tratamiento médico adecuado en el penal de Palmasola.
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Autor: Terrance Silva Por Terrance Silva

El aire en Palmasola, la cárcel más grande y convulsionada de Santa Cruz de la Sierra, no es precisamente un bálsamo para la salud. Allí, entre muros que conocen bien la tensión del sistema penitenciario boliviano, Tatiana Marset Alba atraviesa sus días con una angustia que ya no pudo callar más. La hermana de Sebastián Marset, el nombre que sacudió los cimientos del narcotráfico regional, decidió que era momento de gritar: dice que su cuerpo se apaga y que, del otro lado de la reja, solo recibe analgésicos mientras su cuadro clínico se complica.

A través de una carta que terminó en manos de la prensa local en Bolivia, Marset detalló lo que describe como una carrera contra el tiempo. El relato es crudo. Comenta que todo arrancó hace semanas, con pinchazos en el costado izquierdo y un dolor que le bloqueaba las piernas, impidiéndole caminar con normalidad. “Ya no aguanto más”, parece ser el mensaje implícito entre líneas. Según cuenta, el diagnóstico inicial dentro del penal fue confuso —hablaron de hepatitis A—, pero los médicos particulares que pudo contactar apuntaron a algo mucho más delicado: una pancreatitis aguda que, sin el tratamiento correcto, puede ser fatal.

Vista general de la cárcel de Palmasola en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.
La cárcel de máxima seguridad donde se encuentra recluida Tatiana Marset.

Un laberinto de burocracia y dolor

La escena que describe Tatiana roza la negligencia. Cuenta que la llevaron al Hospital San Juan de Dios para estudios de rigor, pero que, apenas terminados, la enviaron de regreso a la celda como si el problema se hubiera disuelto con un papel de alta. El problema es que el dolor no cedió; por el contrario, volvió con más fuerza. Ahora, su tratamiento se limita a inyecciones y pastillas que apenas calman el síntoma, sin atacar la raíz del padecimiento.

Lo que genera más irritación en su equipo legal, liderado por Mónica Terrazas, es la existencia de una autorización judicial que le permitiría salir para tratarse en un entorno adecuado. Sin embargo, en la práctica, esa puerta sigue cerrada. Mientras afuera el caso de su hermano Sebastián —ahora en manos de la justicia de Estados Unidos— sigue avanzando, ella permanece en el ojo del huracán, atrapada en un limbo donde la salud parece una variable secundaria.

El miedo de quien no encuentra respuestas

“No quiero privilegios, quiero que respeten mi salud”, sostiene en un tramo del texto. La frase, aunque pueda ser leída con escepticismo dada la trayectoria de su apellido, resuena en un sistema carcelario donde las condiciones sanitarias son, en el mejor de los casos, precarias. Tatiana dice padecer además cálculos renales, un combo que, sumado a la posible pancreatitis, la tiene al límite.

Mientras las autoridades de Palmasola guardan silencio, la incertidumbre aumenta. El penal de Santa Cruz no es un lugar que se caracterice por la celeridad en la atención de sus reclusos, y menos aún cuando el nombre en el registro de entrada es “Marset”. ¿Es negligencia administrativa o hay algo más detrás de esta demora? Mientras la pregunta queda en el aire, Tatiana insiste en que cada hora que pasa sin la atención debida es una oportunidad perdida para salvar su vida.

El caso de la familia Marset sigue sumando capítulos, pero este, el de Tatiana, se escribe con el lenguaje del dolor físico. Por ahora, entre las paredes de Palmasola, su denuncia es un grito en el desierto, un pedido de auxilio que pone a prueba, una vez más, la capacidad del sistema judicial boliviano para garantizar, al menos, la supervivencia de quienes tiene bajo su custodia.


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