El café humeante y el frío de Moscú fueron testigos de una agenda que, para el sector agroexportador uruguayo, resultó más que cargada. Alfredo Fratti, en un rol que combina la experiencia política con el pulso del productor, volvió de Rusia con una valija llena de datos y, sobre todo, de contactos que se traducen en expectativas reales para la economía local. No fue un viaje de turismo diplomático; fue una incursión táctica en un mercado que, aunque atraviesa turbulencias, mantiene un apetito voraz por los productos uruguayos.
En las mesas de negociación, los temas fueron concretos: la carne bovina, la manteca y la industria vitivinícola nacional ocuparon el centro del debate. Fratti no llega con la varita mágica, pero sí con una lectura clara de qué es lo que el consumidor ruso está pidiendo y, más importante aún, dónde están los cuellos de botella que impiden que el embarque de contenedores sea aún más fluido.
El peso de la carne y el desafío de los lácteos
Cuando uno habla con Fratti sobre la carne uruguaya en el mercado ruso, la palabra que surge es “confiabilidad”. A pesar de la volatilidad, la calidad de nuestra proteína animal se ha ganado un lugar privilegiado en la góndola moscovita. Pero el viaje también sirvió para poner el ojo en un rubro que siempre está en el radar: los lácteos.
La manteca uruguaya, en particular, tiene una oportunidad de oro si se logran ajustar los tiempos logísticos y los precios. Fratti sabe que, en el comercio internacional, no basta con producir bien; hay que llegar al puerto indicado en el momento exacto. En sus charlas con importadores rusos, la conversación se centró en cómo el Uruguay puede garantizar una cadena de suministro estable, algo que en un contexto global incierto vale más que cualquier marketing de lujo.
El vino, la joya que empieza a asomar
Si hay algo que llamó la atención en esta gira fue la apuesta por el vino uruguayo. El mercado ruso, históricamente asociado a otras bebidas, está mostrando una curiosidad creciente por el Tannat y otros varietales nacionales. Fratti lo vio de primera mano: hay un nicho dispuesto a pagar por la historia que cuenta cada botella uruguaya.
“Es un trabajo de hormiga”, suele repetir Fratti cuando le preguntan por la salida al mundo de los pequeños productores. La idea no es competir con el volumen de los grandes jugadores, sino instalar nuestra identidad. Durante el viaje, el vino no fue solo un acompañamiento en las cenas de negocios; fue la carta de presentación de un país que se esfuerza por mostrar su cara más sofisticada.
El balance político detrás del negocio
Volver de Rusia hoy implica navegar aguas diplomáticas complejas. Fratti no ignora el ruido de fondo, pero su foco se mantiene en la tracción de divisas y en la apertura de puertas para los productores del interior del país. La política, en este caso, funciona como el aceite que permite que la maquinaria comercial no se trabe.
Al regresar a Montevideo, el desafío de Fratti será transformar esos apretones de manos en contratos firmados. La agenda que llevó fue ambiciosa, pero lo que trajo de vuelta es el diagnóstico más crudo: Rusia sigue siendo un socio indispensable, pero hay que saber leer sus necesidades. En el campo, mientras tanto, se aguarda por esos negocios que, al final del día, son los que mueven la aguja del bolsillo del productor que apostó a un mercado lejano pero prometedor.
Suscribite a Uruguay Al Día
Recibí las noticias más importantes directamente en tu correo. Información clara, independiente y actualizada todos los días.
Seguinos en WhatsApp
Unite a nuestro canal oficial y recibí alertas, noticias y contenido exclusivo de Uruguay Al Día.
🔔 Unirme al canal de WhatsApp