La epidemia del horror: el grito de alarma tras el crimen de Avril
El asesinato de Avril ha sacudido los cimientos de la sociedad uruguaya, dejando una estela de dolor y una pregunta que vuelve a instalarse con fuerza: ¿cuántas más? Las palabras de Pablo Caggiani, al definir el crimen como un «horror», no hacen más que ponerle voz a una indignación colectiva que siente que el sistema, una vez más, llegó tarde. Pero Caggiani fue más allá de la consternación; su denuncia sobre la «epidemia de femicidios» que atraviesa el país traslada el debate de la tragedia individual a la responsabilidad estatal y estructural.
La crudeza del relato no admite medias tintas. Lo que ocurre en Uruguay, según el análisis de quienes siguen de cerca la realidad social y la protección de los menores, es una cadena de fallas donde los mecanismos de prevención se muestran ineficaces ante una violencia que no cesa. Avril no es una cifra más; es el rostro de una vulnerabilidad que el Estado parece no saber —o no querer— proteger a tiempo.
Una epidemia que no distingue ni perdona
Hablar de «epidemia» no es una exageración retórica; es una descripción de una frecuencia alarmante. Cada caso que llega a las portadas es el punto final de una historia de señales ignoradas, recursos insuficientes y un entramado institucional que, lejos de ser un refugio, parece dejar a las víctimas a la intemperie. La indignación social crece porque, a pesar de los protocolos y las leyes vigentes, la realidad sigue golpeando con la misma ferocidad.
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Fallas en la contención: La pregunta que surge tras este tipo de hechos es dónde estuvieron los actores que debían intervenir. La falta de un seguimiento eficaz en situaciones de riesgo sigue siendo el talón de Aquiles de la política pública.
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La naturalización del horror: Hay un riesgo latente en acostumbrarse a estos titulares. Caggiani advierte sobre la necesidad de romper ese ciclo donde el femicidio se convierte en una noticia pasajera, para transformarlo en una prioridad de Estado innegociable.
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El impacto en la infancia y juventud: Cuando la víctima es una joven, el impacto golpea doblemente, revelando que los entornos que deberían ser seguros están fallando desde la base.
El Estado ante el espejo
La comparación con una epidemia obliga a cambiar el enfoque: si fuera un problema de salud pública de esta magnitud, los recursos estarían desplegados, los protocolos serían estrictos y la respuesta sería inmediata. ¿Por qué, entonces, ante la violencia de género, el Estado se mueve con una burocracia que, en la práctica, se traduce en desidia?
El crimen de Avril debe ser el punto de quiebre. No basta con el lamento ni con la condena formal. La advertencia de Caggiani es un llamado a la acción que exige una revisión profunda de cómo estamos protegiendo a los más vulnerables. Uruguay ya no tiene margen para el «se hará lo posible». La epidemia avanza, y mientras la respuesta siga siendo tibia, el «horror» seguirá ocupando el lugar de la justicia.






