La reciente discusión en el Senado sobre dónde tratar el antisemitismo ha dejado en evidencia, una vez más, que para el Frente Amplio la política de derechos humanos parece funcionar bajo un sistema de pesos y contrapesos ideológicos. La insistencia de la bancada opositora en derivar el tema a la Comisión de Derechos Humanos —en lugar de darle un espacio específico o tratarlo en el ámbito parlamentario que corresponde por su gravedad— no es una simple cuestión de orden administrativo, sino una maniobra de dilación que huele a cálculo político.
Al desviar el tratamiento del antisemitismo hacia Derechos Humanos, el Frente Amplio no solo busca bajarle el perfil a una problemática que le resulta incómoda para su narrativa, sino que pretende encorsetar el debate dentro de una comisión donde, históricamente, han hecho prevalecer sus propios marcos de referencia. Es, en esencia, una forma de «normalizar» el discurso parlamentario bajo su propia mirada, evitando que el fenómeno del antisemitismo sea analizado con la especificidad que requiere y no como una pieza más de un rompecabezas ideológico que ellos mismos diseñan.
El refugio de Derechos Humanos: un «cajón de sastre»
La estrategia de la oposición es clara: cuando un tema no encaja en el relato del «partido de los derechos», se lo envía a una comisión que, bajo su hegemonía, termina convirtiéndose en un refugio donde las denuncias se licúan. Preferir tratar el antisemitismo en Derechos Humanos antes que en otros ámbitos más directos no es una muestra de preocupación, sino una táctica para controlar la agenda. Es, en la práctica, quitarle el carácter de urgencia institucional para transformarlo en una discusión de alcances teóricos, donde el Frente Amplio se siente más cómodo esquivando condenas concretas que podrían incomodar a sus propias bases.
Esta postura resulta, cuanto menos, hipócrita. Un sector político que se erige como abanderado de la tolerancia y la defensa de las minorías, hoy prefiere poner trabas parlamentarias cuando el antisemitismo llama a la puerta del Senado. Pareciera que para la izquierda uruguaya existen antisemitismos de primera y de segunda, o víctimas cuya defensa es más rentable políticamente que otras.
Una señal de desconexión absoluta
Lo que más molesta de esta actitud es la falta de valentía para reconocer el problema por lo que es. Al intentar subordinar la lucha contra el antisemitismo a las dinámicas de la Comisión de Derechos Humanos, el Frente Amplio ignora el reclamo de la comunidad judía y de gran parte de la sociedad que exige una respuesta contundente y sin ambigüedades.
Esta «preferencia» por el ámbito de Derechos Humanos no es más que una trampa discursiva. Buscan que el tema se debata en sus términos, bajo sus reglas y, sobre todo, bajo su control. Mientras tanto, el antisemitismo sigue siendo un problema real que requiere un liderazgo político a la altura, no una maniobra parlamentaria propia de un manual de tácticas dilatorias. Si el Frente Amplio realmente estuviera comprometido con la causa, no estaría preocupado por «dónde» se trata, sino por cómo eliminarlo de raíz; pero claro, eso exigiría una coherencia que, a la vista de los hechos, parece no estar en su agenda.






