La sede de Coleme en Melo detuvo sus actividades tras 94 años

El sonido de las sirenas en la planta de Melo solía marcar el pulso de una ciudad que creció al ritmo de la leche. Pero este martes, ese sonido se apagó definitivamente. El cierre de Coleme —la Cooperativa Lechera de Melo— no es solo la clausura de una empresa; es el final de un capítulo de 94 años que definió la identidad productiva de Cerro Largo y se convirtió en la cooperativa láctea más antigua de todo el Uruguay.

El fin llegó tras un goteo incesante de problemas financieros y una pérdida de competitividad que se volvió irreversible. En la sede de la cooperativa, el silencio que reemplazó al movimiento de camiones y trabajadores es el reflejo de un desenlace que se venía palpando en los balances financieros desde hacía años. Los esfuerzos por reflotar la institución fueron muchos, pero ninguna ingeniería financiera alcanzó para tapar el hueco de una cooperativa que terminó siendo devorada por el peso de sus propias deudas.

Una historia que empezó en 1932

Coleme fue mucho más que una fábrica de lácteos. Fundada en 1932, nació en un Uruguay que todavía estaba aprendiendo a industrializar sus materias primas. Durante décadas, sus quesos y leches fueron el sello de calidad de la región. Para el productor lechero de Cerro Largo, la cooperativa era el refugio, el lugar donde la materia prima se transformaba en valor y donde el esfuerzo de la madrugada encontraba su rentabilidad.

Sin embargo, la modernización del mercado lácteo fue implacable. Mientras las grandes industrias optimizaban procesos y expandían fronteras, Coleme se fue quedando atrapada en una estructura que, con el paso del tiempo, se volvió pesada y difícil de sostener. El cierre no ocurre de un día para el otro: es el resultado de años de descapitalización y de un mercado que, cada vez con mayor frecuencia, ha dejado poco margen para los pequeños y medianos actores del sector.

El impacto en Melo: mucho más que puestos de trabajo

La noticia caló hondo en la comunidad de Melo. No se trata solo de la pérdida de empleos directos, que golpea a decenas de familias, sino de lo que significa perder un motor económico local. En la feria y en los comercios de la ciudad, el tema es el centro de todas las conversaciones. Para el trabajador que dedicó décadas de su vida a las pasteurizadoras, el cierre de la cooperativa es como ver cerrar una parte de su propia historia personal.

Las autoridades departamentales y el gobierno nacional habían intentado en varias ocasiones buscar salidas a través de convenios y reestructuras, pero el modelo cooperativo, tal como estaba planteado, llegó a su techo. Hoy, el predio de Coleme en Melo es el símbolo de una reconversión forzada que el sector lechero uruguayo atraviesa con dolor.

La pregunta que queda flotando en los tambos de Cerro Largo es qué pasará ahora con la producción. Sin la cooperativa como norte, el productor queda desamparado ante la necesidad de encontrar nuevos destinos para su leche, en un sector donde la escala suele ser la única garantía de supervivencia. El cierre de Coleme es, en definitiva, el fin de una era de cooperativismo que supo ser el corazón del desarrollo del interior, pero que hoy no pudo resistir la presión de los nuevos tiempos.