En lo que se perfila como una de las jornadas más violentas de los últimos meses, Rusia lanzó durante la madrugada de este martes 2 de junio de 2026 una ofensiva aérea sin precedentes contra el territorio ucraniano. Con el despliegue de 73 misiles de diversos tipos —incluyendo proyectiles hipersónicos Zircon— y más de 650 drones de ataque, las fuerzas rusas golpearon ciudades clave como Kiev, Dnipro y Járkiv. El saldo preliminar es desgarrador: al menos 18 personas han perdido la vida y más de un centenar resultaron heridas, en una tragedia que ha dejado familias sepultadas bajo los escombros de edificios residenciales.
El impacto en Dnipro ha sido particularmente devastador, con la destrucción parcial de un complejo habitacional donde los equipos de rescate continúan trabajando contrarreloj en busca de supervivientes. Entre las víctimas fatales confirmadas en esta ciudad se encuentran niños y personal de emergencia que intentaba socorrer a los afectados durante las explosiones. En Kiev, la capital, los residentes fueron testigos de una noche de horror mientras los sistemas de defensa aérea intentaban repeler una lluvia de proyectiles que, según las autoridades, tenía como blanco principal la infraestructura civil y defensiva del país.
Una advertencia cumplida
Este ataque masivo no tomó a las autoridades ucranianas por sorpresa, aunque el volumen de la arremetida fue abrumador. Días atrás, el presidente Volodymyr Zelensky había advertido que los servicios de inteligencia contaban con información sobre una «nueva ofensiva masiva» que Moscú estaba preparando. Tras la devastación de esta madrugada, el mandatario ucraniano renovó su llamado desesperado a los aliados occidentales: «Si Ucrania no está protegida de los misiles balísticos, estos ataques continuarán».
La respuesta de Moscú, por su parte, se limitó a informar que llevaron a cabo un «golpe masivo» contra instalaciones vinculadas al complejo militar-industrial ucraniano, utilizando armas de precisión de largo alcance. Sin embargo, las imágenes que llegan desde el terreno muestran edificios de apartamentos destrozados, cortes de suministro eléctrico masivos y la huida de cientos de residentes hacia estaciones de metro y refugios subterráneos, reafirmando una vez más que el costo humano del conflicto recae, fundamentalmente, sobre la población civil.
El llamado al refuerzo de la defensa
Ante la escala del ataque, que también provocó la movilización de aviones militares en la vecina Polonia para asegurar su espacio aéreo, el canciller ucraniano Andrii Sybiha ha instado a Europa a desarrollar sus propios sistemas de defensa antibalística. La petición es clara: el suministro de sistemas Patriot y una mayor inversión en capacidades de largo alcance son vistos hoy como las únicas herramientas capaces de frenar la espiral de terror que Rusia ha intensificado en esta fase de la invasión.
Mientras la comunidad internacional observa con alarma la escalada, la realidad en las calles de Kiev y Dnipro es cruda: la guerra, que ya entra en su 52º mes, ha entrado en un nuevo nivel de violencia aérea donde la infraestructura esencial es, una vez más, el blanco predilecto.






