La crisis de credibilidad que acecha a Orsi tras el escándalo de la camioneta. Foto: Dante Fernández / FocoUy

Yamandú Orsi ha dejado de ser el político de la «transparencia» para convertirse en el protagonista de un culebrón de baja estofa. Tras intentar apagar el incendio de su camioneta con un video de disculpas ensayadas, la realidad le pegó un cachetazo: las nuevas revelaciones sobre cómo adquirió su Hyundai Santa Fe han dejado su defensa hecha trizas. No solo recibió un descuento de 25.000 dólares —un monto que huele a favor político por donde se lo mire—, sino que ahora se sabe que, para cerrar el trato, entregó un vehículo donado en campaña. La estafa a la confianza pública es total.

El presidente intentó vendernos que su proceder fue «viable» y «razonable». Lo que no explicó —y lo que ahora surge como la prueba definitiva de su falta de ética— es que el negocio fue un enjuague de bienes donde usó un auto regalado por la militancia para capitalizar una compra privada. Es la demostración empírica de la viveza criolla aplicada al sillón presidencial: Orsi usó el capital político de su campaña para engrosar su patrimonio personal bajo la máscara de una «oportunidad comercial».

La estrategia de la mentira por omisión

La defensa del sábado en Salto, donde el presidente se rió y dijo que «se tiraba de cabeza» a los descuentos, no fue un error comunicacional; fue una muestra de su verdadera naturaleza. El video de ayer lunes, lejos de aclarar, confirmó que el presidente está desesperado. Cuando un mandatario tiene que salir a decir «si hice algo mal, devuelvo la plata», no está siendo honesto, está negociando su impunidad. Orsi no se está haciendo cargo; está tratando de comprar su libertad política con el cheque que debería haber puesto desde el día uno si su conciencia estuviera limpia.

La oposición tiene razón al calificar esto como una «gravedad absoluta». Estamos hablando de un proveedor del Estado —la concesionaria— que le hace un regalo de 25.000 dólares al hombre que tiene la última palabra sobre las compras públicas. Si esto no es tráfico de influencias, el diccionario político uruguayo tiene que ser reescrito. Pero lo más patético es el rol del Frente Amplio: sus dirigentes, como Fernando Pereira, hacen malabares lingüísticos para no admitir que su líder está metido en un pozo ético del que no puede salir.

El cinismo frente a la cámara

Orsi dice que se movió con la «verdad», pero se olvidó de mencionar la camioneta donada y los 15.000 dólares en efectivo. La verdad, presidente, no es algo que se elige contar por partes según la presión de la prensa. Lo que usted hizo no tiene nombre en los manuales de ética republicana. Intentar desvincularse de la compra del auto oficial de la asunción, como si usted fuera un espectador ajeno a su propia investidura, es el colmo del descaro.

El gobierno está «afectado», dicen sus fuentes. Lo que debería estar afectado es el sistema democrático. Cada hora que pasa sin que el presidente dé una explicación técnica, real y sin rodeos sobre este entramado de camionetas, donaciones y descuentos, es una hora más de erosión para la investidura que hoy ostenta. La «honestidad» de Orsi no era más que un barniz electoral que, al primer roce con una concesionaria, se descascaró por completo. El pueblo no quiere un presidente que se «tira de cabeza» a los descuentos; quiere un presidente que no necesite que le expliquen por qué es éticamente inaceptable recibir un regalo de esa magnitud.