Las polémicas y renuncias marcan los primeros meses del gobierno de Orsi. Foto: Dante Fernandez / FocoUy

La promesa era seductora: cercanía, manos limpias y una gestión que marcaría un antes y un después en la sensibilidad social. Pero a pocos meses de la asunción, el gobierno de Yamandú Orsi se parece más a un barco que empieza a hacer agua por todos lados que a la nave insignia del cambio que el Frente Amplio vendió en campaña. Lo que se observa hoy en los pasillos de la Torre Ejecutiva no es la épica del progresismo, sino un desconcierto que empieza a calar hondo entre militantes, opositores y el ciudadano común, ese que ya no se conforma con eslóganes y empieza a pedir cuentas.

El golpe al mentón llegó de la forma menos pensada: sobre ruedas. La polémica por la camioneta Hyundai Santa Fe, con su descuento de 25.000 dólares, dejó de ser un simple trámite administrativo para convertirse en el símbolo de un gobierno que parece haber perdido el norte en tiempo récord. Mientras los uruguayos de a pie hacen malabares con el costo de vida, la imagen del presidente «tirándose de cabeza» por un descuento dejó un regusto amargo que ninguna explicación oficial ha podido lavar. En las paradas de ómnibus y en las ferias vecinales, la pregunta se repite con tono de decepción: «¿Esto era el cambio?».

La casa en desorden: renuncias y falta de timón

No es solo el episodio del vehículo. El ambiente en el gobierno huele a improvisación. Salidas de jerarcas, nombres que entran y salen del gabinete y una descoordinación que salta a la vista han instalado la peligrosa sensación de que el equipo llegó al poder sin haber terminado de armar el plan de vuelo. Es un ruido silencioso pero constante, el de un Ejecutivo que se mueve a los tumbos, reaccionando a las crisis en lugar de anticiparlas.

En las mesas de café de Montevideo, donde la política se mastica con otra intensidad, el comentario es unánime: «demasiados problemas para tan poco tiempo». Esa percepción de falta de prolijidad es letal. El Frente Amplio construyó su capital político sobre la idea de ser el administrador eficiente y humano del Estado; cada vez que aparece una noticia de renuncia o una medida desprolija, ese activo se desmorona un poco más.

El relato frente a la calle

Y después está la calle. La gestión de las personas en situación de calle durante las olas de frío reciente fue el otro gran clímax de esta desconexión. Las imágenes de gente durmiendo a la intemperie mientras desde Presidencia salían comunicados triunfalistas sobre «inclusión social» generaron una fractura narrativa que no se soluciona con una conferencia de prensa. Para el ciudadano que ve la pobreza en su propia esquina, el discurso oficial se volvió irrelevante, casi una burla.

Cuando la realidad golpea el cristal de la sensibilidad social —esa bandera que el FA nunca debió haber descuidado—, el costo político se multiplica. Orsi tuvo que salir a reconocer fallas, pero el daño ya estaba hecho. Reconocer un error es de humanos, pero repetir errores de gestión cuando se prometió excelencia es un lujo que un gobierno en fase de rodaje no puede darse.

La decepción invisible

Lo que realmente debe quitarle el sueño al oficialismo no es la oposición. Es su propia base. Ese votante que esperaba un gobierno quirúrgico, austero y blindado contra los deslices éticos, hoy mira hacia otro lado con incomodidad. Se está erosionando la «superioridad moral» que el partido usó como escudo durante décadas. Si la transparencia y la austeridad se pierden en los primeros meses, ¿qué queda para el resto del mandato?

El reloj avanza y los pequeños incendios —el descuento, la renuncia, la falta de abrigo en la calle, el mensaje confuso— están empezando a configurar una imagen general de desgaste. El gobierno de Orsi está bajo un examen que él mismo pidió, pero que hoy parece reprobar en cada materia. La pregunta que flota en el ambiente, a medio año de gestión, ya no es si el gobierno podrá cumplir sus promesas, sino si podrá sobrevivir a sus propias contradicciones antes de que el desgaste sea irreversible.