Colombia respira tensión. Tras una primera vuelta que dejó a Abelardo de la Espriella al frente con el 43,74% de los votos frente al 40,90% de Iván Cepeda, el escenario para el próximo 21 de junio se siente como una partida de ajedrez donde cualquier movimiento en falso puede cambiar el destino de la Casa de Nariño. Los números están sobre la mesa, pero en la historia política del país, liderar el primer conteo no siempre es sinónimo de victoria final.
Históricamente, el balotaje colombiano ha sido una trampa mortal para los favoritos que se confían. Si bien en cuatro ocasiones el ganador de la primera vuelta terminó sentado en la silla presidencial, hay dos precedentes —1998 y 2014— que funcionan como advertencias vivas de que las remontadas son posibles cuando los giros estratégicos y las alianzas de último minuto logran capturar el desencanto.
La épica del 98 y la «foto de la selva»
La primera gran sorpresa ocurrió en 1998. Horacio Serpa y Andrés Pastrana llegaron a la segunda vuelta separados por una diferencia mínima, apenas unos 26.000 votos que hacían que el país contuviera la respiración. Pastrana, que ya había probado el sabor amargo de la derrota en 1994, entendió que no bastaba con ser la alternativa tradicional.
El quiebre ocurrió cuando su campaña sacó un as bajo la manga: la foto de su emisario reuniéndose en plena selva con Manuel Marulanda, el temido líder de las Farc. Ese golpe de efecto posicionó a Pastrana como el único capaz de negociar una salida al conflicto armado. La estrategia no solo fue efectiva, sino histórica: revirtió la desventaja y logró un triunfo contundente con más de 6 millones de votos. El país, que entonces participaba con un ímpetu poco habitual en las urnas, le dio la espalda a Serpa y entregó el mando al conservador.
2014: el giro de Santos ante la «traición» uribista
El caso más reciente y quizás el más dramático fue el de 2014. Juan Manuel Santos, que buscaba la reelección, no la tuvo fácil. Su antiguo aliado, Álvaro Uribe, ya había roto lanzas contra él tras el inicio de los diálogos de paz en Cuba, bautizando su giro político como una «traición». Óscar Iván Zuluaga, el candidato del Centro Democrático, aprovechó ese malestar para ganar la primera vuelta con una ventaja clara de casi medio millón de votos.
Lo que pasó en las tres semanas siguientes fue una clase magistral de supervivencia política. Santos, en un movimiento arriesgado, dejó de vender «continuidad» para ofrecer «paz». Logró tejer una alianza con sectores progresistas y de centro, transformando un referéndum sobre su gestión en una votación definitiva por el futuro de los diálogos de paz. El resultado fue una remontada que todavía se estudia en las facultades de ciencia política: no solo borró la ventaja de Zuluaga, sino que terminó superándolo por 900.000 votos en el balotaje.
¿Se repetirá la historia el 21 de junio?
Hoy, el panorama para este 2026 vuelve a poner a prueba la resiliencia del electorado. La reciente adhesión de Paloma Valencia al bando de Abelardo de la Espriella y el respaldo de Roy Barreras hacia Iván Cepeda marcan el inicio de una guerra de trincheras por los votos de los candidatos que quedaron en el camino.
En los grupos de WhatsApp y en las charlas de café en Bogotá, el debate ya no es sobre los programas de gobierno, sino sobre quién tiene más cintura política para conquistar a ese segmento que todavía no decidió su voto. La maquinaria electoral está a toda marcha. De la Espriella, con su ventaja de poco más de tres puntos porcentuales, sabe que no puede dormirse en los laureles. Cepeda, por su parte, juega con la esperanza de capitalizar cualquier error en la recta final, al igual que lo hicieron Pastrana y Santos años atrás.
En menos de tres semanas, Colombia definirá quién tomará el testigo de Gustavo Petro y Francia Márquez. La historia enseña que, en las urnas, la ventaja inicial es solo un número; la verdadera elección se gana en la calle, con alianzas silenciosas y una narrativa que logre convencer, en el último suspiro, a un país que parece dividido por la mitad.






