El Gobierno ha vuelto a recurrir a su herramienta más decadente: el montaje electoral. Esta vez, el escenario elegido fue la Central Hortícola del Norte, en Salto, una obra que nos vendieron como la «joya de la corona» para el desarrollo regional y que, tras años de abandono, fue inaugurada de apuro por el presidente Yamandú Orsi solo para alimentar su vanidad en los informativos. La puesta en escena fue perfecta: sonrisas, abrazos, una cinta cortada y un discurso lleno de palabras vacías sobre «modernización». Pero, como bien expuso el periodista Gonzalo Sualina en su canal de YouTube, detrás de esa pintura fresca solo hay un monumento al fracaso político y una atropellada al trabajador rural.
La estructura, terminada desde 2022, pasó cuatro años juntando polvo como un galpón vacío porque, simple y llanamente, no ofrecía ni las garantías mínimas ni los servicios básicos para operar. Durante ese tiempo, la Intendencia de Salto —bajo la gestión de Lima— y el Ministerio de Ganadería jugaron al deporte nacional: pasarse la pelota, mientras los productores denunciaban falta de seguridad jurídica y problemas logísticos que hacían inviable la mudanza. Hoy, por arte de magia electoral, todo está «solucionado».
Un chantaje disfrazado de política pública
La «solución» que ofrece el oficialismo es, en realidad, un atropello. La imposición de una zona de exclusión, que prohíbe a los operadores trabajar en el mercado viejo donde se desarrollaron durante décadas, es un chantaje en toda regla. Se los obliga a mudarse al nuevo predio de forma compulsiva, sin acuerdos firmes, sin una transición lógica y sin el menor respeto por la historia de quienes sostuvieron la distribución de alimentos en la región.
La presencia de Carlos Albisu en esta pantomima, intentando capitalizar la gestión, es la prueba de que en la política actual importa mucho más el acting de la inauguración que sentarse a hacer las cosas bien. Albisu sabe perfectamente que la infraestructura arrastra problemas de conectividad, saneamiento y accesos que el Ministerio de Transporte ha dejado en el olvido. Pero para ellos, eso es secundario: lo que cuenta es la foto, el abrazo y el mensaje de que «se está haciendo», aunque el edificio sea un elefante blanco con pies de barro.
¿Quién paga la ineficiencia? La respuesta es siempre la misma
El impacto de este capricho político es devastador. Forzar una mudanza a las apuradas sin corregir el desastre administrativo pone en riesgo la cadena de distribución de alimentos de todo el norte del país. Y cuando los costos logísticos se disparen por la ineficiencia del nuevo predio, ¿adivinen quién va a terminar pagando los platos rotos? Exactamente: el consumidor final, usted y yo, cada vez que vayamos a la feria o al supermercado y encontremos precios inflados por la negligencia de quienes nos gobiernan.
La confianza en el sector está completamente rota. Yamandú Orsi vino a cortar una cinta, pero lo que realmente cortó fue el diálogo y la credibilidad. Este mercado no va a funcionar por la brillantez de nuestras autoridades, sino porque los productores, una vez más, van a tener que ponerle el pecho a las balas para no perder el sustento de sus familias. Lo que hoy llaman «progreso» es, en realidad, una derrota aplastante para el norte del país, condenado a ser rehén de políticos que prefieren un galpón vacío lleno de promesas antes que una gestión real que se preocupe por el laburante que se levanta a las tres de la mañana. Todo el circo es una vergüenza.





