El presidente Yamandú Orsi suma un nuevo episodio de ninguneo internacional a su ya cuestionable gestión. Esta vez, el golpe viene de Donald Trump, quien no solo evitó concretar un encuentro con el mandatario uruguayo durante el Mundial de Fútbol, sino que marcó la cancha con un desplante que deja en evidencia la falta de peso geopolítico del actual gobierno. Mientras el canciller Mario Lubetkin intenta maquillar la situación apelando a «temas de agendas», la realidad es mucho más simple: Trump impuso sus condiciones, exigiendo que la reunión ocurra en Washington y no en Miami, descartando de plano cualquier vínculo con el evento deportivo.
La narrativa de la «relación estratégica» que intenta vender la Cancillería suena cada vez más a discurso de manual frente a una diplomacia que se mueve por intereses reales y no por las fantasías de fotos para el mercado interno. Que el canciller deba salir a explicar por qué el presidente de Estados Unidos no quiso atender a Orsi en un contexto informal dice todo lo que hay que saber sobre el lugar que ocupa Uruguay en la agenda de la potencia norteamericana.
El rol de Lubetkin: ¿Cancillería o agencia de publicidad?
Si lo del desaire diplomático fuera poco, Mario Lubetkin también se vio obligado a dar explicaciones sobre el escándalo de la camioneta presidencial. Su defensa fue, cuanto menos, patética: intentó justificar la elección del vehículo apelando a la «comodidad» del presidente y la vicepresidenta, como si el Estado uruguayo debiera priorizar el confort de sus jerarcas por encima de cualquier transparencia en los procedimientos de adquisición.
Es una burla a la inteligencia de los ciudadanos escuchar que Cancillería «no estaba convencida» de la elección del vehículo y que «después llegaron cosas mejores». Esta confesión solo confirma la improvisación y la falta de criterio técnico con la que se organizó un evento de tal magnitud. Intentar despegar al presidente de la decisión, cuando el beneficio económico del descuento fue tan evidente, es una maniobra de distracción que insulta a cualquier uruguayo que espera una gestión seria.
Una política exterior de papel
La «comunicación fluida» que presume Lubetkin parece ser el único argumento que queda en pie cuando los hechos demuestran una realidad distinta. Mientras el canciller planea el «Día de Uruguay en Miami» y discute en cámaras de comercio, la imagen del país en el exterior se desdibuja entre favores empresariales poco claros y una conducción diplomática que corre detrás de las decisiones de los otros.
El gobierno de Orsi se muestra cómodo en el terreno de las explicaciones forzadas y las excusas de último momento, tanto en el plano internacional como en los escándalos domésticos. La política exterior no puede ser un juego de relaciones públicas ni una serie de intentos fallidos por conseguir una foto con líderes internacionales; requiere seriedad, coherencia y, sobre todo, dignidad institucional. Pero, por lo visto, el gobierno prefiere gastar energía en justificar desaires y explicar camionetas, mientras la credibilidad de la administración se sigue deshilachando por todos los frentes.






