El mar ha cambiado de color y el viento, antes una brisa predecible, ahora silba con una intensidad que no deja lugar a dudas: Boris está encima. Ubicado a apenas 75 kilómetros de la costa de Guerrero, este ciclón ha dejado de ser una advertencia en los mapas meteorológicos para convertirse en una amenaza tangible. En las playas de Acapulco y las localidades pesqueras cercanas, la rutina fue reemplazada esta mañana por el sonido de las cintas adhesivas en los vidrios y el zumbido de las motobombas preparándose para lo peor.
La incertidumbre es lo que más pesa en el ambiente. Mientras el Servicio Meteorológico Nacional emite boletines cada hora, los habitantes de las zonas bajas ya empezaron a retirar sus pertenencias hacia terrenos más altos. “Sabemos qué hacer, pero no sabemos qué nos vamos a encontrar cuando esto pase”, comenta un vecino de la zona costera, mientras asegura los techos de chapa con sogas que parecen insuficientes ante la magnitud de lo que se aproxima.
La tensión en la costa: la lucha contra el reloj
Para quienes han vivido otros huracanes, el nombre de Boris ya se archiva junto a los recuerdos de desastres pasados. La rapidez con la que el sistema se ha acercado a tierra tomó a muchos por sorpresa. A 75 kilómetros de la costa, la estructura del ciclón es compacta pero letal; los expertos advierten que, de mantener su velocidad de traslación, el impacto comenzará a sentirse con fuerza en el transcurso de las próximas horas.
En los albergues habilitados por Protección Civil, el café caliente y las colchonetas son lo único que separa a las familias del caos exterior. Los operativos de evacuación se realizan bajo una lluvia fina que anticipa el diluvio, con patrullas recorriendo los caminos de tierra que pronto podrían quedar anegados. No se trata solo del viento, sino del agua que el terreno, ya saturado, simplemente no podrá absorber.
El despliegue de las autoridades
La gobernadora y el equipo de gestión de crisis han instado a la población a no minimizar el riesgo. La experiencia enseña que en Guerrero, un estado con una geografía caprichosa de montañas y barrancos, el peligro principal reside en los deslaves. Con cada centímetro de lluvia que Boris descargue sobre las laderas, el riesgo de que el cerro ceda se multiplica.
Las cuadrillas de la Comisión Federal de Electricidad ya están desplegadas en puntos estratégicos, conscientes de que los cortes de energía son el primer síntoma de un aislamiento total. Mientras tanto, en los medios locales, la transmisión es ininterrumpida. La gente sigue los radares con la esperanza de un giro de último minuto, pero Boris, de momento, se mantiene firme en su camino directo a la costa. La tranquilidad ha quedado suspendida; ahora solo queda esperar y resistir lo que el Pacífico decida descargar.
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