Inicio Historia de UruguaySi no cambia el trato al ciudadano en Uruguay, seguiremos siendo mediocres

Si no cambia el trato al ciudadano en Uruguay, seguiremos siendo mediocres

El decadente trato al ciudadano en Uruguay refleja una crisis de valores donde la desidia estatal y la mala voluntad privada castigan al laburante.

por Federica ContiFederica Conti
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Crisis en el trato al ciudadano en Uruguay

El país de la desidia: cuando el respeto se volvió un artículo de lujo

Entrar a una oficina pública en este rincón del mapa se ha convertido en un ejercicio de masoquismo puro. El trato al ciudadano en Uruguay ha mutado en una especie de despotismo burocrático donde el que está detrás del mostrador parece olvidar que su sueldo sale, peso a peso, del bolsillo de ese «molesto» contribuyente que tiene enfrente. Da vergüenza ajena ver cómo la mirada despectiva y el suspiro de fastidio son la primera respuesta ante una consulta legítima. Somos el país de la irresponsabilidad, donde el «vuelva mañana» o el «no es acá» se dicen con una soltura que asusta, como si el tiempo ajeno no valiera absolutamente nada.

Esta falta de empatía no es exclusividad del Estado; ha permeado como una humedad corrosiva hacia el sector privado. Basta entrar a cualquier comercio para encontrarse con empleadas que parecen estar haciéndote un favor por venderte algo. Esa actitud de «si te he visto no me acuerdo», esa cara de pocos amigos que te recibe cuando entrás a dejar el dinero que tanto te costó ganar, es el síntoma de una sociedad que perdió el norte del servicio. El Servicio al público en Uruguay refleja una crisis de valores profunda, donde la amabilidad fue sustituida por una soberbia chata, hija de la chatura mental de quienes no ven más allá de su propia nariz.

Lo que realmente duele es la resignación. Nos hemos acostumbrado a que nos traten como si fuéramos ciudadanos de segunda. Caminamos por oficinas grises donde el aroma a café y la charla trivial entre funcionarios valen más que la fila de gente que espera bajo el sol. Es un círculo vicioso de falta de profesionalismo que nos debería hacer poner rojos de vergüenza. La Gestión ciudadana en Uruguay es hoy la cara visible de un país que se jacta de su «estabilidad», pero que puertas adentro maltrata a su propia gente con una indiferencia que hiela la sangre.

La complicidad política ante el mal trato al ciudadano en Uruguay

Por supuesto, esta cultura del desprecio no nace en un repollo; tiene responsables que miran para otro lado desde sus despachos con aire acondicionado. Los políticos uruguayos tienen su parte fundamental en este descalabro. Mientras ellos discuten tecnicismos en el Parlamento o se sacan fotos para la campaña, el ciudadano de a pie se desangra en trámites kafkianos y malos modos. No hay una voluntad real de reformar un sistema que premia al que no hace y castiga al que exige respeto. La Asistencia al ciudadano en Uruguay es el reflejo fiel de una dirigencia que solo se acuerda de la empatía cuando necesita un voto.

Es indignante ver cómo se llenan la boca hablando de modernización y «gobierno digital», mientras la realidad del mostrador sigue siendo la misma de hace cincuenta años: prepotencia y desidia. Los jerarcas de turno permiten que la Interacción con la población en Uruguay siga siendo denigrante porque, en el fondo, ellos no sufren esas colas. Ellos tienen choferes, secretarios y puertas traseras. La brecha entre el Uruguay de los discursos y el Uruguay de la oficina de la esquina es un abismo de hipocresía que debería darnos asco como sociedad.

Cuando un político permite que un funcionario público atienda a la gente como si fueran ganado, está siendo cómplice de un maltrato sistémico. No se trata solo de mala onda; se trata de una estructura que se olvidó de que su única razón de ser es servir a la población. La vinculación con la sociedad en Uruguay no va a cambiar mientras los de arriba sigan considerando que el respeto es algo que se negocia y no un derecho básico de cada habitante de esta República que, cada día, parece menos «igualitaria» y más sectaria.

El espejo de una sociedad que perdió la brújula del respeto

Al final del día, el trato al ciudadano en Uruguay es el espejo en el que no queremos mirarnos. Nos duele reconocer que nos hemos vuelto agresivos, que la envidia y el resentimiento asoman en cada interacción cotidiana. ¿En qué momento dejamos de ser ese pueblo solidario para convertirnos en este rejunte de personas que se ignoran o se maltratan? Da mucha vergüenza ver cómo tratamos al turista o al vecino, siempre con esa desconfianza latente y esa falta de ganas de dar una mano si no hay un beneficio personal de por medio.

La mediocridad se nos instaló en el ADN y la defendemos con uñas y dientes. Si alguien intenta hacer las cosas bien, lo tildamos de «alcahuete» o «exagerado». Si alguien exige un buen trato al ciudadano en Uruguay, le decimos que «no sea pesado». Hemos nivelado hacia abajo de una manera tan brutal que la excelencia nos parece una amenaza. Es una vergüenza que un país con tanta educación formal sea tan maleducado en los gestos mínimos, en esos que realmente construyen una nación digna de ser vivida.

Es hora de que quienes se sientan identificados con este relato sientan, al menos por un segundo, el pinchazo de la vergüenza. Si sos de los que atienden con desgano, si sos de los que miran el celular mientras un abuelo te pregunta algo, si sos el político que ignora la ineficiencia de su cartera: sos parte del problema. El trato al ciudadano en Uruguay solo va a mejorar el día que entendamos que la dignidad ajena no es un trámite, es una obligación moral que estamos incumpliendo sistemáticamente.

¿Es el maltrato burocrático y comercial en Uruguay simplemente una herencia cultural inamovible o es la herramienta que utiliza el sistema para mantenernos a todos sumisos y acostumbrados a la derrota?

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