Durante doce años, la familia Yankelevich guardó en la más absoluta intimidad un dolor desgarrador que recién ahora sale a la luz pública. Tras el valiente testimonio ofrecido por Valentín Yan en una entrevista periodística donde reveló los maltratos sufridos durante su infancia, su abuelo, el reconocido productor televisión Gustavo Yankelevich, decidió romper el silencio este lunes 12 de octubre en el programa Intrusos para ofrecer detalles escalofriantes sobre las agresiones físicas y psicológicas que sus nietos mayores padecieron a manos de su padre, Darío Giordano.
Con la voz quebrada por la emoción y el llanto contenido, Yankelevich explicó que el prolongado hermetismo no respondió a una omisión familiar, sino a una estrategia legal estricta encaminada a preservar la integridad de los menores y garantizar que el fuero de familia le otorgara la custodia definitiva.
Un infierno a puertas cerradas y el pedido desesperado de ayuda
La trágica pérdida de Romina Yan en 2010 dejó a sus tres hijos —Franco, Valentín y Azul— bajo el cuidado exclusivo de su padre. Sin embargo, detrás de la fachada de contención, se gestaba una realidad violenta. Según relató el productor, la primera en detectar que las cosas no marchaban bien en la vivienda fue Cris Morena, quien le advirtió sobre comportamientos anómalos en los niños.
El punto de inflexión ocurrió durante un almuerzo en el que Franco, siendo apenas un adolescente, le suplicó a su abuelo irse a vivir con él. Al intentar mediar con Giordano para acordar una prueba de convivencia temporal de una semana, la respuesta del padre fue tajante: «De ninguna manera, yo soy el dueño. Hasta los 18 años van a hacer lo que yo quiera». Al regresar con el joven para entender el origen de la negativa, la revelación fue contundente y atroz:
«Cuando papá se enteró de que te pedí ir una semana a tu casa, me cagó a trompadas, me desmayó a golpes», le confesó el adolescente a su abuelo.
Con el transcurso de los meses, Valentín también pudo poner en palabras el calvario cotidiano, sintetizándolo en una frase desgarradora que exponía la doble cara del agresor: «Cuando ustedes vienen a casa es una persona y cuando se van y cierran la puerta aparece el monstruo».
La intervención de la Justicia y el diagnóstico médico que confirmó el maltrato
La decisión de acudir de forma urgente a los tribunales se aceleró tras la llamada de la madre de una amiga de Valentín, a quien el joven le relataba por teléfono los episodios de violencia. Frente a la inminencia del peligro, Yankelevich asumió personalmente la conducción del reclamo legal, retirando a los hermanos del colegio sólo con sus mochilas para formalizar la denuncia ante la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema y la Defensoría Pública de Menores.
Las evaluaciones interdisciplinarias del Poder Judicial no tardaron en ratificar los abusos. En un pasaje impactante de su testimonio, Yankelevich recordó que creía que Franco padecía un tic nervioso involuntario al mover los ojos de forma constante hacia arriba. Fue una de las médicas forenses quien lo sacó del error con una aclaración demoledora: «Franco no tiene un tic. Eso que está haciendo de poner los ojos en blanco es porque le pegan en la cabeza».
Frente a la contundencia de las pruebas periciales, el juzgado interviniente dispuso de inmediato el cese de la convivencia con el progenitor y otorgó la tutela de los dos varones a su abuelo, bajo un régimen de monitoreo diario que se prolongó durante años.
El impacto social de la violencia intrafamiliar en la región
El caso expuesto por la familia Yankelevich trasciende la notoriedad pública de sus protagonistas y pone de manifiesto una problemática estructural que afecta a miles de hogares en América Latina: la violencia vicaria e intrafamiliar y las complejas barreras institucionales que enfrentan las familias extendidas (abuelos, tíos) para proteger a los menores de edad.
Especialistas en derecho de familia y psicología infantil señalan que los niños víctimas de maltrato directo suelen guardar silencio por miedo a represalias mayores o por mecanismos de manipulación afectiva ejerciendo el control el progenitor agresor. La visibilización de estos entramados en figuras de alta exposición contribuye a concientizar a la sociedad sobre la importancia de detectar las señales de alerta y acudir a los canales de denuncia estatales.
El bienestar de los chicos y la mirada hacia el futuro
Al ser consultado sobre la situación de Azul, la hermana menor del grupo familiar que al momento de las denuncias tenía solo seis años, Yankelevich aclaró que por recomendación técnica y para no vulnerar de forma drástica su entorno, se decidió que continuara conviviendo con su padre, dado que los peritajes determinaron que la violencia no se dirigía hacia ella.
Hoy, con sus nietos mayores ya adultos y contenidos en un marco afectivo seguro, Gustavo Yankelevich concluyó su testimonio enfatizando que la decisión de hablar públicamente busca dejar un mensaje de concientización para la sociedad: «Los chicos piden a gritos que los escuchen. Si hablé es para que otras familias sepan que hay instituciones que ayudan cuando los derechos de los niños son vulnerados».






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