La fachada de unidad y fraternidad del Frente Amplio en el norte del país ha sufrido un impacto devastador que expone las prácticas más oscuras de la interna partidaria. En una jornada marcada por la tensión, la dirigente Virginia Corcoll presentó su renuncia indeclinable a la fuerza política en Salto, elevando una carta al presidente de la departamental, Luis Alonso, que funciona más como un acta de acusación que como una despedida. En su descargo, la militante describe un escenario de hostigamiento sistemático, soledad política y un manejo discrecional de los cargos que, según sus palabras, desfiguran por completo la identidad del movimiento por el que trabajó durante décadas.
El calvario de Virginia Corcoll y el silencio de los «compañeros»
El núcleo de la denuncia radica en el trato recibido tras su ingreso a la Junta Departamental en 2023. Corcoll afirma haber sido blanco de un acoso constante por parte de Afulecom, el sindicato de trabajadores del deliberativo salteño. Sin embargo, lo que define la gravedad del hecho no es solo la presión gremial, sino la procedencia del fuego amigo. La ahora exdirigente señaló que el hostigamiento fue alimentado con «mucha intensidad» por individuos que se identifican como frenteamplistas, quienes no solo cuestionaron su idoneidad, sino que se dedicaron a erosionar la imagen de figuras de confianza, como el entonces presidente Marcirio Pérez.
La indefensión de la militante ante estos ataques fue total. Según relata en su misiva, jamás recibió el respaldo institucional esperado frente a una campaña de desprestigio que cruzó límites personales. La desidia de la dirigencia local, encabezada por Luis Alonso, parece confirmar una dinámica de exclusión donde el «compañerismo» se aplica de forma selectiva. El relato de Corcoll describe una estructura que utiliza el acoso como herramienta de depuración interna, dejando a quienes no pertenecen al núcleo de poder en una situación de vulnerabilidad absoluta.
Discriminación en la Junta Electoral y el cese de su hijo
Un episodio ocurrido en la Junta Electoral ilustra la segregación denunciada. Corcoll narró cómo fue abordada fuera del recinto para indicarle que, por su condición de suplente, no era necesario que asistiera a las sesiones. Mientras ella acató lo que creyó era una directiva formal, el resto de los suplentes continuó participando de las reuniones con normalidad. Esta maniobra de aislamiento fue interpretada como una señal clara de que su presencia resultaba incómoda para ciertos sectores que hoy manejan la hegemonía del partido en el departamento.
El punto de quiebre emocional y político llegó con el cese de su hijo, Ramiro, quien se desempeñaba como secretario de bancada. Apenas seis meses después de su designación, fue removido bajo el argumento de «falta de confianza política». Para Corcoll, esta es la excusa más cínica posible, ya que no se cuestionó el desempeño técnico sino la lealtad a un grupo específico. Este manejo patrimonialista de los cargos públicos dentro de la estructura frenteamplista refuerza la idea de un partido que ha cambiado su vocación transformadora por una lucha encarnizada de facciones por el presupuesto estatal.
«Nadie te quiere»: El fin de una vida de militancia
Lo más hiriente para la exdirigente fue el golpe final propinado por personas de su círculo cercano, quienes le manifestaron abiertamente que «nadie la quería» dentro del Frente Amplio. Este nivel de violencia psicológica fue el detonante para que Corcoll analizara su permanencia en un lugar que, según percibe, ha dejado de ser el espacio de valores y principios por el que caminó toda su vida. La conclusión es amarga: el Frente Amplio de Salto ha mutado en una organización donde el afecto y la ética han sido sustituidos por el cálculo político y el maltrato.
La salida de Virginia Corcoll no es solo la pérdida de un nombre en el padrón, es el síntoma de una enfermedad institucional que el oficialismo salteño prefiere ignorar. Mientras la cúpula departamental guarda un silencio cómplice, la militancia de base observa cómo el poder corroe los vínculos humanos y transforma a los «compañeros» en verdugos de sus propios pares. El desafío para Luis Alonso y la dirigencia será explicar cómo un proyecto que nació para combatir la injusticia termina expulsando a sus propios integrantes mediante métodos que rozan la persecución política y el acoso laboral.






