Hay una imagen que empieza a repetirse en las transmisiones televisivas y que le quita el sueño a los directivos de la FIFA: las hileras de asientos rojos, azules o verdes, totalmente desiertos, en estadios que deberían estar vibrando. En la era de la televisión en ultra alta definición, un estadio semivacío es el peor enemigo del producto que el organismo busca venderle al mundo.
El problema no es anecdótico. En algunos encuentros que, sobre el papel, tenían todo para convocar a miles de personas, el eco en las gradas se vuelve protagonista. Lo que se escucha no es el rugido de la hinchada, sino el murmullo de los jugadores y el ruido de los balones contra el césped.
El precio de la desconexión
¿Qué está fallando? Si uno se pasea por las zonas de hinchas o intenta hablar con los viajeros que llegaron desde otros continentes, el reclamo es casi unánime: la logística y los precios. El Mundial 2026 ha sido diseñado para una élite de viajeros con billeteras muy holgadas, dejando poco espacio para el hincha promedio, ese que hace malabares para pagar su entrada pero que no puede costearse tres días de hotel a precio de lujo en sedes donde el transporte interno es una odisea.
Además, hay un detalle que la FIFA parece haber subestimado: la lejanía. Hay sedes donde el hincha común no llega ni con tiempo ni con dinero. Mientras los VIP y los patrocinadores tienen sus lugares asegurados —a veces incluso los usan solo para la foto del primer tiempo—, el asiento que debía ocupar el fanático local o el viajero independiente permanece vacío, protegido por una valla que no permite el movimiento hacia adelante.
El efecto «pantalla» que castiga
Para la FIFA, el estadio vacío es una derrota estética y comercial. El «formato televisivo» del Mundial se basa en la atmósfera, en el color de la tribuna, en ese aliento que atraviesa la pantalla. Cuando el espectador en casa ve que el estadio está a medio gas, la magia se rompe.
El otro día, en un partido de fase de grupos que prometía bastante, un grupo de hinchas intentó acercarse a las zonas centrales para mejorar la vista y poblar un poco el encuadre televisivo, pero fueron frenados por el personal de seguridad. El absurdo era total: gente queriendo ocupar los asientos que la FIFA prefería mantener vacíos por un tema de protocolo de seguridad o zonas asignadas a invitados que nunca llegaron.
Una gestión logística bajo la lupa
La FIFA defiende su modelo de distribución de entradas, asegurando que gran parte del «aforo» se ha vendido, pero las cifras que se ven en la cancha cuentan otra historia. ¿Dónde están los invitados? ¿Por qué los bloqueos de visibilidad y las zonas de prensa ocupan espacios que podrían estar llenos de familias?
La respuesta parece estar en una planificación demasiado rígida. En sus intentos por garantizar la seguridad y el control de los accesos, el organismo ha creado laberintos logísticos donde la entrada al estadio se siente como un control de aduanas. Y para quien tiene que viajar cinco horas entre una sede y otra, cualquier traba adicional es la gota que colma el vaso.
La mancha en la fiesta
La FIFA tiene un problema de credibilidad. Se le prometió al mundo el Mundial más grande y accesible de la historia, pero la postal de los estadios vacíos contradice ese relato. Si no logran corregir el flujo de gente en los próximos partidos decisivos, el Mundial 2026 pasará a la historia no solo por los goles o las estrellas, sino por el silencio de sus tribunas.
Mientras tanto, en las redes sociales, los hinchas ya no esperan a los organizadores. Comparten fotos de las gradas vacías con sorna, comparando precios de entradas con el vacío que se ve en la televisión. La FIFA tendrá que tomar cartas en el asunto pronto, antes de que el vacío en el estadio se transforme, también, en un vacío de interés por parte del público mundial.
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