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Advertencia económica: el preacuerdo de la jornada laboral en la construcción elevará precios de viviendas

Trabajos en una obra edilicia que refleja el preacuerdo de la jornada laboral en la construcción.

El reciente preacuerdo de la jornada laboral en la construcción promovido por la Cámara de la Construcción del Uruguay y el Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (SUNCA) establece una reducción progresiva del horario semanal de 44 a 40 horas sin rebaja salarial. Aunque la medida se presentó públicamente como un entendimiento equilibrado de avance social, el mecanismo financiero subyacente genera un aumento inmediato del costo de la mano de obra por hora cercana al 9%. En el mercado uruguayo, donde las cargas salariales representan entre el 45% y el 54% del presupuesto global de una obra, el sobrecosto no será absorbido por la cadena productiva, sino que se volcará al valor final del metro cuadrado.

Estudios comparativos internacionales revelan que reducir cuatro horas semanales manteniendo el salario eleva los costos totales de obra un 10%. En consecuencia, el precio final de venta al público registra un aumento inmediato de al menos un 5,5%.

Al proyectar este impacto a diez años, la acumulación de demoras en los plazos y la menor rotación de oferta sumarán entre un 5% y un 10% adicional al valor de los inmuebles.

En términos concretos, una vivienda promedio cotizada en 150.000 dólares sufrirá un sobrecosto permanente de entre 8.000 y 15.000 dólares.

Consecuencias del preacuerdo de la jornada laboral en la construcción en las pymes

Las repercusiones del entendimiento laboral no afectarán a todas las empresas del rubro por igual. Las corporaciones de gran escala que concentran los principales contratos de infraestructura pública con el Estado cuentan con un mecanismo implícito de protección. En estos casos, las certificaciones de obra pública absorben las variaciones de los costos salariales, trasladando la diferencia directamente a las arcas fiscales. Las firmas con presupuestos estatales millonarios consolidados —que representan una porción significativa de la obra pública nacional— pueden asimilar el impacto sin comprometer sus márgenes financieros, ya que el Estado actúa como un comprador que no enfrenta la rigidez del mercado privado.

Por el contrario, el esquema resulta devastador para las medianas y pequeñas empresas constructoras que operan en el mercado privado residencial. Este segmento de la industria carece de la facultad de trasladar de manera automática los mayores costos de mano de obra a los compradores finales en un contexto de demanda restringida. Como consecuencia directa, las pymes deberán absorber la diferencia recortando sus márgenes de ganancia, posponiendo nuevas inversiones o reduciendo sus planillas de personal. De esta forma, la reducción de la semana de trabajo profundiza la concentración del mercado en favor de las grandes contratistas vinculadas al gasto público y fragiliza a las unidades productivas que generan la mayor proporción del empleo privado del sector.

El golpe a los hogares vulnerables tras el preacuerdo de la jornada laboral en la construcción

El aspecto más crítico de la medida recae sobre los sectores socioeconómicos de menores recursos, para quienes el acceso al techo representa la erogación más pesada de su presupuesto familiar. El aumento proyectado en el precio de las viviendas nuevas reduce drásticamente la cantidad de soluciones habitacionales que el Estado y los privados pueden construir con los mismos fondos destinados a la vivienda de interés social. Cuando los costos de edificación se elevan, los desarrolladores inmobiliarios tienden a abandonar la construcción de unidades de bajo costo para volcarse hacia proyectos de gama media y alta, donde los márgenes de rentabilidad permiten amortiguar el encarecimiento del factor trabajo.

Esta contracción en la oferta de vivienda asequible desplaza la escala de precios de todo el mercado residencial, empujando al alza el valor de los alquileres e incrementando las barreras de entrada al crédito hipotecario para los quintiles de menores ingresos. Las familias trabajadoras no solo enfrentan precios de compra y arrendamientos más elevados, sino que disponen de un abanico de opciones cada vez más limitado. Lo que en la mesa de negociación gremial se presenta como un beneficio relativo de mayor tiempo libre para un grupo de asalariados formales, se traduce en la práctica en una barrera económica que dificulta el acceso a la vivienda para la franja más vulnerable de la sociedad.

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