Se respira un aire distinto en los pasillos del Palacio Legislativo y en las charlas de café de la Ciudad Vieja. Ya no es solo el murmullo de la oposición, sino una realidad estadística que duele: según la última medición de Cifra, presentada este miércoles, la gestión de Yamandú Orsi ha quedado contra las cuerdas. Un 65% de desaprobación es una cifra que, en la política uruguaya, suele ser un punto de no retorno si no se cambia radicalmente el rumbo.
Mariana Pomiés, directora de la consultora, fue quirúrgica al describir el momento: «El presidente no está en un buen momento». Lo dijo con la calma de quien analiza números, pero el trasfondo es mucho más volcánico. Los últimos meses no fueron un paseo por el parque, fueron una acumulación de errores que, sumados, construyeron una pared de desconfianza difícil de escalar.
El episodio de la camioneta: la gota que rebalsó el vaso
Es imposible hablar de estos números sin recordar la historia de la famosa camioneta Hyundai Santa Fe. Ese vehículo, envuelto en una transacción que para el ojo común —y para el del ciudadano de a pie— sonaba a privilegios y opacidad, terminó siendo un ancla pesada para la imagen del presidente. Ver al mandatario intentar explicar una operación financiera compleja mientras el resto de la gente lucha contra el costo de vida es una postal que termina de fracturar el vínculo con el votante.
«No podemos decir que los datos son solo por la camioneta», deslizó Pomiés, pero todos entendemos el mensaje. Fue el síntoma. Fue el momento en que la percepción de cercanía de Orsi se evaporó, reemplazada por la de un gobernante desconectado.
Un desierto de simpatía
Si filtramos la encuesta por partidos, el escenario es casi desolador para la administración. En filas de la coalición, el rechazo roza el unanimismo: un 94% de desaprobación. Pero el dato más inquietante para Orsi no está ahí, está en su propia casa. Solo un 41% de los votantes del Frente Amplio aprueba lo que está haciendo. Cuando un dirigente pierde el respaldo de su propia tribuna, es que el mensaje se ha perdido en el camino.
Mientras tanto, en las esquinas de Montevideo, la gente discute la otra gran apuesta del gobierno: el despliegue de vehículos del Ejército en los barrios. La respuesta de Orsi ante las críticas ha sido una defensa a ultranza basada en que «la decisión está tomada». Esa firmeza, que en otro contexto parecería autoridad, hoy se lee como sordera política. No es una cuestión de imagen, como bien dijo, es una cuestión de resultados. Y, hasta ahora, los resultados son números rojos.
¿Hay vuelta atrás?
El presidente tiene por delante un terreno minado. Pomiés sugiere que revertir esta tendencia es posible, pero requiere de una gimnasia política que hasta el momento no se ha visto. Hay un diagnóstico claro: el gobierno no está gestionando bien las crisis. Cada vez que aparece un incendio, en lugar de apagarlo, parece que se le echa más combustible.
Si la popularidad es el capital del político, Orsi está en quiebra técnica. Con un 52% de antipatía general, la pregunta que empieza a sobrevolar en el ambiente es si el presidente tiene la capacidad de autocrítica necesaria para dar un golpe de timón antes de que la gestión se convierta en una agonía lenta. El tiempo apremia, la paciencia de la gente se agota y los números, que nunca mienten, ya emitieron su veredicto.
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