La institucionalidad de la Secretaría de Derechos Humanos ha quedado reducida a escombros tras la difusión de nuevas grabaciones que exponen un comportamiento despótico por parte de su titular. En lo que ya se considera el mayor escándalo ético del actual gabinete, Collette Spinetti fue captada en una reunión interna propinando gritos, golpes en la mesa y advertencias directas a su equipo de trabajo. El material, que ha corrido como reguero de pólvora en las últimas horas, no solo muestra un estilo de conducción basado en el miedo, sino que revela una trama de designaciones a dedo que apunta directamente al piso 11 de la Torre Ejecutiva.
El autoritarismo de Collette Spinetti y el «apadrinamiento» del Pacha
En el nuevo audio, la jerarca marca una cancha sangrienta frente a sus subordinados. «Acá nadie es mi amigo», dispara Spinetti antes de golpear violentamente el mobiliario, dejando claro que la jerarquía es la única ley dentro de su repartición. Lo más escandaloso de su alocución es la confesión de cómo obtuvo su silla. Lejos de méritos técnicos o concursos, la funcionaria admite que su lugar es fruto de una negociación personal con el secretario de Presidencia, Alejandro Sánchez. «A mí me lo dieron por una conversación que tuve con el Pacha», afirma sin ningún tipo de pudor, desnudando una lógica de cuotas políticas que ignora cualquier estándar de idoneidad para un área tan sensible como los derechos humanos.
La situación se torna aún más oscura cuando Spinetti impone la figura de su adjunto, Thomas Bertón, quien fuera su pareja sentimental. Según sus propios dichos, esta decisión fue «cocinada» junto con las altas esferas del gobierno para asegurar un control absoluto de la secretaría. La orden fue tajante: si ella no está, Bertón manda. Este nivel de nepotismo y arbitrariedad ha generado una parálisis absoluta en los funcionarios de carrera, quienes asisten atónitos a una gestión que parece manejarse como un feudo personal antes que como una oficina del Estado uruguayo.
Insultos homofóbicos y «machirulitos» en el Mides
Este nuevo material se suma a filtraciones previas donde Spinetti no tuvo reparos en utilizar epítetos degradantes contra sus superiores en el Ministerio de Desarrollo Social. La jerarca se refirió al subsecretario Federico Graña con términos homofóbicos y tildó tanto a él como al ministro Gonzalo Civila de «machirulitos gay. Estas expresiones, cargadas de un odio que contradice frontalmente la cartera que dirige, exponen una fractura irreconciliable en la interna oficialista, donde las lealtades parecen estar rotas y el respeto por la diversidad es apenas una máscara para el discurso público.
«Mucho cacique y poco indio»: el desprecio por el trabajador
Con un lenguaje que roza lo discriminatorio, Spinetti justificó su mano dura citando frases que supuestamente le dicen en Presidencia: «Acá hay mucho cacique y poco indio. Para la secretaria de Estado, los funcionarios son simples piezas descartables que no deben cuestionar sus órdenes. Su obsesión por no «arriesgar el lugar» que le dio Sánchez la ha llevado a extremar un régimen de vigilancia y castigo verbal que ya motivó consultas urgentes en los gremios estatales. La pregunta que recorre los pasillos de la Torre Ejecutiva es cuánto más puede sostenerse a una jerarca que gobierna a los golpes.
El silencio cómplice de Alejandro Sánchez
Hasta el momento, el «Pacha» Sánchez no ha emitido comentarios sobre las menciones directas que hace Spinetti en los audios. La filtración lo coloca en una posición incómoda, al ser señalado como el garante de una gestión que hace gala del maltrato y el acomodo. Si la política de Derechos Humanos de este gobierno se resume en lo que se escucha en estas grabaciones, el daño a la imagen internacional de Uruguay será profundo y difícil de reparar. La oposición ya prepara pedidos de informes, mientras la interna del Frente Amplio arde por una jerarca que, lejos de proteger derechos, parece dedicada a pisotearlos.
La caída de Collette Spinetti parece ser solo cuestión de tiempo, pero el rastro de destrucción que deja en el clima laboral y en la credibilidad del Mides es incalculable. Un sistema que permite que una funcionaria grite «yo soy la jerarca» mientras confiesa favores políticos de agosto es un sistema que ha perdido el rumbo. La ciudadanía asiste a una función de teatro grotesco donde el poder se ejerce a punta de gritos y la ética se negocia en charlas privadas con los secretarios del presidente.
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