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Enfrentamiento entre bandas criminales desata una ola de violencia en Salto

Vecinos denuncian una zona liberada en la Calle 5. La violencia en Salto escaló anoche con bombas molotov y casas destrozadas por las bandas.

por Federica ContiFederica Conti
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Violencia en Salto: la situación en el departamento del norte uruguayo ha dejado de ser una preocupación aislada para transformarse en una emergencia de seguridad nacional que nadie parece querer ver. Anoche, el barrio La Amarilla fue el escenario de una jornada de terror que incluyó el uso de bombas molotov y enfrentamientos armados a plena luz de la luna. Los vecinos de la Calle 5, hartos de vivir con el corazón en la boca, denuncian que la zona se ha convertido en tierra de nadie donde el Estado brilla por su ausencia y las bandas narcos imponen su ley.

La violencia en Salto no es algo nuevo, pero el nivel de saña visto en las últimas horas marca un punto de no retorno. Lo que comenzó como una disputa territorial entre grupos rivales terminó con una finca totalmente destrozada por el ataque de una banda contraria. Que hoy no estemos contando muertos es puramente una cuestión de azar, ya que los artefactos incendiarios cayeron en plena vía pública, poniendo en riesgo la integridad de cualquier niño o trabajador que circulara por el lugar. La pregunta que se repite en cada esquina de La Amarilla es la misma: ¿qué están esperando para intervenir?

Bombas molotov y la impune violencia en Salto

El uso de explosivos caseros eleva el tono de los hechos de violencia en Salto a niveles que nos recuerdan a las zonas más calientes de la periferia de Montevideo o incluso de ciudades fronterizas brasileñas. Los vecinos aseguran que las denuncias han sido constantes, pero la respuesta policial parece ser lenta o, peor aún, ineficaz ante una estructura criminal que ya no le teme a la sirena del patrullero. La impunidad con la que se desplazan estos delincuentes por la Calle 5 es la prueba fehaciente de que el control territorial se está perdiendo de forma alarmante.

Para la Jefatura de Policía de Salto, este brote de incidentes violentos en Salto representa un desafío que no puede ser subestimado con comunicados tibios. La destrucción de una vivienda como represalia es un mensaje directo de las bandas: ellos mandan. Mientras tanto, las familias se encierran tras rejas y candados, viendo cómo sus barrios, antes tranquilos, se tiñen del humo de las molotov y el ruido de los vidrios rotos. No es un cruce de barras bravas, es el crimen organizado ganándole la pulseada al orden público.

La Amarilla como epicentro de la violencia en Salto

El barrio La Amarilla, ubicado en la zona noreste, sufre el estigma de ser el foco de la situaciones de violencia en Salto debido a su vulnerabilidad y a la falta de patrullaje preventivo sostenido. No alcanza con ir a recoger los casquillos o apagar el fuego de una casa incendiada; se necesita una intervención táctica que descabece a quienes están suministrando armas y explosivos a estos grupos. Los testimonios de los residentes son desgarradores: muchos han optado por el silencio por miedo a que la próxima molotov entre por su ventana.

Esta escalada de episodios violentos en Salto pone en jaque la credibilidad de las políticas de seguridad en el interior del país. Salto ya no es el destino turístico termal y apacible que se promociona en los folletos; hoy es una ciudad que sangra por sus costados y donde el miedo se palpa en el aire. La Calle 5 se ha transformado en un símbolo de la resistencia vecinal frente a una delincuencia que avanza ante la mirada, a veces atónita y otras veces esquiva, de quienes deberían garantizar la paz social.

Desidia estatal frente a la violencia en Salto

Resulta intolerable que la violencia en Salto llegue al extremo de ataques incendiarios sin que haya una respuesta contundente por parte del Ministerio del Interior. Los recursos parecen estar siempre en otro lado, mientras en el norte el tejido social se desgarra bajo la presión de las bandas rivales. Si el Estado no recupera la soberanía sobre barrios como La Amarilla, la informalidad criminal terminará por devorar las pocas instituciones que aún quedan en pie. La paciencia de los salteños se terminó y el reclamo de intervención ya no es un pedido, es un grito de auxilio.

Por ahora, los registros oficiales no marcan heridos tras la noche de locura en la Calle 5, pero es solo cuestión de tiempo. La violencia en Salto tiene una inercia propia que, si no se frena con autoridad y presencia real en el territorio, derivará en tragedias que luego los jerarcas lamentarán ante las cámaras de televisión. Uruguay no se puede permitir tener «zonas rojas» donde la Policía no entra o donde la ley la escriben delincuentes con bombas molotov en la mano.

¿Cuántas casas más deberán ser destrozadas y cuántas bombas molotov tendrán que estallar en nuestras calles para que la seguridad en el interior sea finalmente una prioridad y no una nota al pie en el despacho ministerial?

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