El refugio de la «persecución» para tapar la realidad
En un país donde la salud pública debería ser sagrada, la dirigencia del Frente Amplio en Salto parece más preocupada por el «buen nombre» de sus correligionarios que por el estado de los servicios que reciben los pacientes. Manuela Mutti, ex diputada del MPP, rompió el silencio para denunciar una supuesta «campaña en contra» de Gabriela González, directora del Hospital Regional. Con el manual de la victimización política en la mano, Mutti calificó los ataques de «desmedidos», como si la indignación de los usuarios por las carencias del centro de salud fuera el producto de un laboratorio de conspiraciones y no de una realidad que golpea cada vez que alguien busca un medicamento o una consulta.
Resulta cínico que la edil de la Lista 609 hable de una campaña de desprestigio cuando el propio oficialismo admite que «no saben cómo contrarrestarla». Si la gestión fuera transparente y eficiente, los hechos hablarían por sí solos. Sin embargo, Mutti prefiere culpar a la comunicación y desvirtuar los reclamos legítimos, intentando instalar la idea de que hay fuerzas oscuras operando contra González simplemente por su pertenencia al sector «Raíces. Es la vieja táctica de la casta política: cuando la gestión falla, el problema es «cómo se comunica» y nunca «qué se está haciendo mal».
El Hospital de Salto y la confesión de una política de «rostro de piedra»
La autocrítica de Mutti sobre la «carencia comunicacional» de su fuerza política es, en realidad, un reconocimiento de su propia impotencia. Admitir que no saben cómo respaldar a sus compañeros en la tarea es confesar que se han quedado sin argumentos para defender lo indefendible. La Gestión del Hospital de Salto está bajo la lupa no por una conspiración de prensa, sino por el estado de abandono que sienten los salteños. Mutti asegura que González encontró un hospital «muy abandonado» y sin recursos, pero a más de un año de gestión, seguir usando la «herencia recibida» como escudo es una falta de respeto a la inteligencia de la población.
A pesar de que la edil destaca como grandes logros la obtención de un tomógrafo y modificaciones en la farmacia, estos avances parecen gotas de agua en un océano de problemas estructurales. El esfuerzo que Mutti le adjudica a la directora González choca de frente con la realidad de los fondos «finitos» que, según ella, estaban gastados al asumir. Si el hospital carece de recursos, la responsabilidad es del gobierno central y de ASSE, ambos bajo el mismo signo político que Mutti y González. Es decir, se están quejando de la falta de recursos que ellos mismos administran, en un círculo vicioso de ineficiencia que termina pagando el paciente que no tiene voz.
El límite de la gestión y el ataque «desmedido»
Mutti reconoce, casi de pasada, que «todos tenemos problemas en la gestión», pero rápidamente pone un límite a las críticas. ¿Cuál es ese límite? ¿Quién decide cuándo una crítica por la falta de insumos o por la demora en cirugías es «desmedida»? Para el MPP, parece que cualquier cuestionamiento que toque a un «compañero» es un ataque al sector. Esta visión patrimonialista de la función pública es lo que tiene a la salud de Salto en jaque. La forma de comunicar no es el problema; el problema es que intentan vender como exitosa una administración que el ciudadano de a pie percibe como deficiente.
Gabriela González: ¿Compañera de sector o directora técnica?
El respaldo político «completo» que Mutti le otorga a González deja en claro que la dirección del hospital es, ante todo, un puesto político de confianza del MPP y no necesariamente una designación basada en la excelencia técnica que un centro de tercer nivel requiere. Al identificarla como «una compañera de Raíces», Mutti subraya que la prioridad es la lealtad grupal. Esta lógica es la que impide que se tomen medidas correctivas reales: si la directora es una «compañera», cualquier error se tapa, se minimiza o se atribuye a una «campaña» mediática.
La orfandad comunicacional como excusa del fracaso
La insistencia en la «falta de política comunicacional» es el último refugio del burócrata. Manuela Mutti lamenta que no sepan cómo defender a sus cuadros, pero la mejor defensa siempre ha sido una gestión impecable. Si las obras de las que habla se vieran reflejadas en una atención digna, no habría necesidad de salir a aclarar nada por televisión. La realidad es que el Hospital de Salto sigue siendo un campo de batalla donde la política partidaria se antepone al bienestar de la gente. Mientras Mutti busca estrategias para «contrarrestar» ataques, los usuarios siguen esperando soluciones que no llegan con discursos.
En definitiva, las declaraciones de Mutti son el certificado de defunción de la autocrítica real. Al preferir la teoría de la conspiración por sobre el análisis de los errores, el oficialismo salteño condena al hospital a seguir en la misma pendiente. No hay campaña en contra más efectiva que una Gestión del Hospital de Salto que gasta más energía en defenderse que en curar.
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