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La herencia del asistencialismo: por qué el plan de Orsi llega diez años tarde

Tras una década de expansión del gasto público, la situación de calle en Uruguay ha alcanzado niveles críticos.

La herencia del asistencialismo: por qué el plan de Orsi llega diez años tarde
El gobierno anunció 42 medidas para intentar revertir el fracaso de las políticas actuales
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La reciente conferencia de prensa del Poder Ejecutivo ha dejado al descubierto una realidad que las cifras oficiales ya no pueden ocultar: la situación de calle en Uruguay se ha convertido en el síntoma más visible del agotamiento de un modelo de gestión social. Al reconocer que «la calle no es un lugar para vivir», el mandatario Yamandú Orsi no solo emitió una expresión de deseo, sino que firmó una confesión sobre la ineficacia de las políticas que su propia coalición ha sostenido durante más de una década.

El crecimiento exponencial de la situación de calle en Uruguay

Los datos son contundentes y no admiten interpretaciones ideológicas: en los últimos diez años, la cantidad de ciudadanos que pernoctan en la vía pública se ha triplicado. Lo que antes era una excepción en determinadas zonas de Montevideo, hoy es un paisaje consolidado en cada barrio de la capital y se extiende con fuerza hacia el interior. Este fenómeno ha ocurrido paradójicamente durante un periodo de aumento constante en las partidas presupuestarias destinadas al Ministerio de Desarrollo Social y a programas de contención.

Desde Uruguay al día, observamos que el enfoque basado en la expansión de plazas de alojamiento —que pasaron de 5.000 a 8.000 según el ministro Gonzalo Civila— ha demostrado ser un paliativo que no ataca la raíz del problema. La lógica del asistencialismo parece haber creado una estructura que administra la marginalidad en lugar de erradicarla, convirtiendo el refugio en una estación de paso permanente para miles de uruguayos que no encuentran una salida real hacia la autonomía.

Las causas profundas ignoradas por el relato oficial

El diagnóstico gubernamental señala con precisión factores como el consumo problemático de sustancias, la falta de salud mental y la precariedad de quienes egresan del sistema penitenciario o del INISA (se estima que el 60% de los afectados pasaron por la cárcel). Sin embargo, el análisis oficial evita profundizar en el debilitamiento de la estructura familiar y en la cultura de la dependencia que años de políticas paternalistas han fomentado.

La normalización de la marginalidad como un derecho individual, despojado de responsabilidades, ha generado un vacío donde el Estado intenta actuar como «niñera» sin exigir contraprestaciones que dignifiquen al individuo. El narcotráfico y las adicciones, citados por Orsi como disparadores, crecieron bajo la mirada de un modelo que priorizó la reducción de daños sobre la recuperación efectiva y la reinserción laboral obligatoria.

Una nueva estrategia para el mismo paradigma

El anuncio de la «Estrategia Nacional Integral para el Abordaje de la Situación de Calle» propone 42 medidas bajo el lema de las «tres V» (Vínculo, Vivienda y Vida). Si bien el plan busca una mayor coordinación interinstitucional, la base del remedio sigue siendo la misma que causó la enfermedad: más burocracia estatal y más gasto público.

La crítica que surge desde los sectores productivos y la sociedad civil que sostiene el sistema es clara: no se necesita más asistencia, se necesita más trabajo y orden. La dignidad no se construye abriendo más plazas en refugios de contingencia, sino recuperando la cultura del esfuerzo y estableciendo expectativas claras de superación para el beneficiario.

La contradicción de la autocrítica gubernamental

El cierre de la comparecencia presidencial dejó una frase para la historia: «lo que hemos venido haciendo no termina de resolver el problema». Esta admisión de fracaso es, al mismo tiempo, una advertencia para el futuro. Continuar recorriendo el mismo camino con las mismas herramientas es una receta garantizada para que los indicadores de la situación de calle en Uruguay sigan empeorando.

El desafío para el sistema político uruguayo, tanto para el actual gobierno como para la oposición, es romper el círculo vicioso de la dependencia. El Uruguay del futuro no se mide por cuántas personas atiende el Mides, sino por cuántas personas dejan de necesitar su ayuda porque han logrado ponerse de pie por sus propios medios.

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