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Denuncian graves maltratos y demoras excesivas en Paso de frontera Salto Grande

Las arbitrariedades en el Paso de frontera Salto Grande generan indignación entre quienes cruzan el puente. Un testimonio clave revela el maltrato.

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Caos en Paso de frontera Salto Grande
Largas colas y casetas cerradas en el Paso de frontera Salto Grande.
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Prepotencia y desidia en el cruce binacional

Lo que debería ser un trámite de rutina para los salteños que frecuentan la vecina ciudad de Concordia se transformó, una vez más, en un escenario de humillación y prepotencia. El Paso de frontera Salto Grande fue testigo esta tarde de una serie de irregularidades que exponen la falta de profesionalismo de algunos funcionarios apostados en las casetas. Según el crudo testimonio de un usuario que regresaba a Salto, la atención no solo fue deficiente, sino que rozó el maltrato verbal y la desidia operativa absoluta.

Eran cerca de las 16:00 horas cuando el flujo de vehículos comenzó a detenerse inexplicablemente. Al llegar al área de control, los conductores se encontraron con un panorama desolador: casetas sin personal, señalizaciones contradictorias y una ausencia total de explicaciones. El cruce fronterizo Salto Grande quedó virtualmente paralizado mientras los funcionarios, según se presume, habrían decidido detener la atención de forma simultánea, dejando a decenas de familias bajo el sol y sin rumbo claro sobre qué carril tomar.

El calvario de las casetas inhabilitadas

La desorientación comenzó cuando, ante la falta de personal visible, los usuarios intentaron ingresar a las vías que parecían habilitadas. Entré a una caseta que no correspondía porque no había nadie que guiara el tránsito», relató el denunciante a nuestro medio. Al ser atendido por una funcionaria en la caseta 2, la respuesta fue la hostilidad: una negativa tajante a explicar el procedimiento y un trato despectivo que generó indignación inmediata. La funcionaria alegó «estar haciendo otras cosas», ignorando que su función primordial en el Puente internacional Salto Grande es, precisamente, la atención al público.

Tras ser obligados a dar marcha atrás, los viajeros se encontraron con que todas las casetas lucían la cruz roja de inhabilitación. Durante varios minutos, el cruce quedó en un limbo operativo. Ni siquiera el personal de Gendarmería supo responder si se trataba de un operativo especial o si, sencillamente, el personal de turno había decidido cortar el servicio para almorzar al mismo tiempo. Esta falta de coordinación en el paso binacional no solo es una falta de respeto al ciudadano, sino una falla de seguridad institucional grave.

Controles exhaustivos como mecanismo de presión

Una vez que se habilitó la última caseta, la amabilidad de un funcionario joven contrastó con la agresividad de sus compañeros, pero lo peor estaba por venir. Al pasar al control físico, los usuarios fueron sometidos a una revisión «recontra exhaustiva», que incluyó linternas bajo el chasis y la apertura de gavetas, algo totalmente inusual para viajeros frecuentes. Esta actitud fue percibida como una clara represalia o «marcada de presión» ante las preguntas legítimas que los ciudadanos realizaban sobre la demora en el control fronterizo.

La respuesta de los uniformados ante las quejas fue el enojo y la justificación corporativa. Se llegó a decir que «podían ir al baño o comer», ignorando que en cualquier servicio esencial las pausas deben ser escalonadas para no interrumpir el flujo. En el Acceso internacional, la lógica parece ser otra: el funcionario manda y el ciudadano, que paga sus impuestos y cumple con las leyes, debe agachar la cabeza y esperar que la voluntad del uniformado de turno decida dejarlo pasar.

El miedo a denunciar en el libro de quejas

A pesar de que se les ofreció el libro de quejas de Gendarmería, los afectados decidieron no utilizarlo por un sentimiento de exposición y vulnerabilidad. Es una realidad triste pero cierta: el ciudadano común se siente «marcado» si se atreve a denunciar formalmente en el mismo lugar donde luego tiene que volver a pasar. El miedo a represalias futuras en el Paso de frontera Salto Grande es un síntoma de un sistema que utiliza el control no para prevenir delitos, sino para disciplinar a quienes reclaman un trato humano.

Este tipo de episodios no hacen más que profundizar la grieta entre la administración y los administrados. No se trata solo de la demora, que ya de por sí es molesta, sino de la falta de empatía y de un fundamento sólido para las acciones que se toman. La transparencia que se exige desde el Gobierno central parece no haber llegado todavía a las orillas del puente, donde el trato discrecional sigue siendo la norma.

¿Hasta cuándo tendremos que soportar que el Paso de frontera Salto Grande sea un feudo donde el mal humor de un funcionario determine el tiempo y la dignidad de los uruguayos?

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