Política

Golpes de Estado y reparto del botín: las sombras imperdonables de la partidocracia uruguaya

Fachada del Palacio Legislativo en un análisis crítico sobre los partidos tradicionales y la historia institucional de Uruguay.

Partidocracia uruguaya es la expresión que resume un sistema en el cual blancos y colorados se presentaron durante décadas como guardianes naturales de la democracia. Sin embargo, el registro histórico revela una trayectoria bastante menos heroica: enfrentamientos armados, reparto de cargos, utilización política del Estado y rupturas constitucionales encabezadas por dirigentes surgidos de esas mismas colectividades.

El problema aparece cuando esa narrativa se contrasta con los hechos.

Las colectividades históricas no surgieron alrededor de programas cívicos claramente delimitados. Sus identidades comenzaron a consolidarse en medio de enfrentamientos armados, lealtades personales y disputas entre caudillos. Tampoco estuvieron al margen de los grandes quiebres institucionales del siglo XX. Presidentes vinculados a ellas disolvieron el Parlamento en 1933, 1942 y 1973.

Estos antecedentes no permiten negar toda contribución posterior de blancos y colorados a la democracia. Pero sí vuelven insostenible la pretensión de presentarlos como propietarios exclusivos de la legalidad republicana.

Partidocracia uruguaya: el origen del sistema bajo la lupa

Las divisas blanca y colorada quedaron asociadas a las fuerzas enfrentadas en la batalla de Carpintería, librada en 1836. No representaban todavía partidos modernos, con estructuras, estatutos y plataformas comparables a las actuales. Identificaban bandos políticos y militares organizados alrededor de liderazgos personales.

Ese origen no constituye una condena moral automática. Muchas organizaciones políticas latinoamericanas se formaron durante períodos de violencia y construcción estatal. No obstante, contradice la imagen romántica de instituciones nacidas exclusivamente para proteger la convivencia democrática.

Durante buena parte del siglo XIX, las disputas entre ambas parcialidades se resolvieron mediante levantamientos, guerras y negociaciones posteriores. La Guerra Grande, entre 1839 y 1851, involucró actores regionales y potencias extranjeras. Más adelante llegaron nuevas revoluciones, entre ellas las de 1897 y 1904.

El poder no se ordenó solamente por medio de la Constitución. También se distribuyó mediante pactos capaces de detener, aplazar o administrar el enfrentamiento.

Coparticipación: ¿integración o reparto?

La coparticipación suele describirse como una solución pragmática que permitió incorporar a la oposición al ejercicio del poder. Esa interpretación tiene fundamento: la distribución territorial y administrativa ayudó a sustituir la guerra por mecanismos de negociación.

Pero existe otra cara menos celebrada.

El acuerdo también convirtió los cargos y las jefaturas políticas en instrumentos para satisfacer a organizaciones armadas y asegurar su obediencia. En otras palabras, el Estado comenzó a funcionar como espacio de compensación entre aparatos partidarios.

La paz tuvo un precio: consolidar el reparto como una práctica legítima y transformar la administración pública en moneda de negociación política.

El Estado como estructura de fidelización

El primer batllismo impulsó reformas sociales y económicas que cambiaron profundamente Uruguay. Desconocer esa transformación sería intelectualmente deshonesto. Sin embargo, reconocer sus avances no obliga a aceptar la versión idealizada según la cual la expansión estatal estuvo libre de intereses partidarios.

El crecimiento de empresas públicas, organismos autónomos y servicios estatales amplió la capacidad de intervención del Estado. Al mismo tiempo, multiplicó los espacios que podían ocuparse mediante designaciones políticas.

La relación entre ciudadanía y dirigencia quedó así atravesada por el empleo público, la recomendación, el favor y el acceso privilegiado a recursos administrativos. El ciudadano con derechos convivió con el cliente que necesitaba intermediarios.

El Partido Colorado lideró buena parte de ese proceso. El Partido Nacional, aunque denunciaba el predominio colorado, terminó participando en diferentes mecanismos de coparticipación. La oposición no destruyó el sistema: exigió una porción mayor.

Con el paso del tiempo, la distribución de cargos en directorios y entes dejó de presentarse como una concesión excepcional. Fue normalizada como expresión de pluralismo. Sin embargo, integrar diversas fuerzas a la administración no equivale necesariamente a profesionalizarla ni a protegerla del uso partidario.

Los quiebres constitucionales que el relato minimiza

La mayor contradicción aparece al examinar las rupturas institucionales de 1933, 1942 y 1973. Ninguna fue protagonizada por actores completamente ajenos al sistema político. En los tres casos, la Presidencia estaba ocupada por dirigentes provenientes del Partido Colorado.

Gabriel Terra y el golpe de 1933

El 31 de marzo de 1933, Gabriel Terra disolvió las cámaras y avanzó sobre las libertades políticas. El episodio está reconocido oficialmente por la propia historia del Parlamento uruguayo.

Terra no actuó solo. Recibió el respaldo de sectores colorados y del herrerismo, entonces una fuerza decisiva dentro del Partido Nacional. La Constitución de 1934 reorganizó el sistema político y consagró una distribución del Senado entre los sectores que sostenían el nuevo orden.

Por lo tanto, no fue una rebelión exterior contra unos partidos democráticos impotentes. Fue una ruptura ejecutada y legitimada por sectores centrales de esas mismas estructuras.

Baltasar Brum, expresidente colorado y opositor al golpe, se suicidó durante su resistencia. Su conducta demuestra que dentro de los partidos existían posiciones profundamente diferentes. Precisamente por eso resulta incorrecto absolver o condenar colectividades enteras sin distinguir sectores, dirigentes y responsabilidades.

Lo que no puede aceptarse es que la fragmentación interna se utilice para borrar la participación partidaria en el golpe.

Alfredo Baldomir y la ruptura de 1942

En febrero de 1942, el presidente Alfredo Baldomir disolvió el Parlamento y promovió una nueva reorganización constitucional. Debido a sus objetivos y al posterior restablecimiento electoral, el episodio fue denominado durante años “golpe bueno”.

La expresión revela una peligrosa elasticidad conceptual: una violación del orden constitucional podía ser tolerada si sus resultados eran considerados políticamente convenientes.

Una democracia no puede evaluar la legalidad únicamente por las simpatías que despierte quien la vulnera. Si la defensa institucional depende de considerar bueno o malo al gobernante, la Constitución deja de actuar como límite y se convierte en una herramienta circunstancial.

Bordaberry y la disolución del Parlamento en 1973

El 27 de junio de 1973, Juan María Bordaberry disolvió las cámaras con respaldo militar e inauguró formalmente la dictadura. Había sido elegido presidente por el Partido Colorado.

El golpe no puede explicarse únicamente por su filiación partidaria. Intervinieron las Fuerzas Armadas, una profunda crisis económica, la violencia política, el autoritarismo gubernamental y un contexto regional marcado por la Guerra Fría. Reducir todo el proceso a blancos y colorados sería tan simplificador como exonerarlos por completo.

Sin embargo, Bordaberry no llegó desde fuera del sistema. Alcanzó la Presidencia mediante una de sus principales organizaciones, después de años de deterioro institucional, medidas de excepción y represión.

La dictadura fue cívico-militar. Por eso, adjudicarla exclusivamente a los uniformados funciona como una cómoda operación de limpieza histórica para los actores civiles que la promovieron, acompañaron o legitimaron.

La crisis que el sistema fue incapaz de resolver

Desde mediados de la década de 1950, Uruguay atravesó estancamiento económico, inflación, conflictos distributivos y una creciente pérdida de confianza. El modelo que había sostenido la expansión estatal comenzó a mostrar límites evidentes.

Las principales fuerzas políticas no encontraron una respuesta capaz de reconstruir simultáneamente el crecimiento, la cohesión social y la legitimidad institucional. En lugar de reformar estructuras agotadas, administraron su deterioro.

Durante el gobierno de Jorge Pacheco Areco, las medidas prontas de seguridad pasaron a ocupar un lugar casi permanente. Hubo censura, represión sindical y restricciones a las libertades. La excepcionalidad comenzó a normalizarse antes de la disolución parlamentaria.

Eso no significa que la violencia guerrillera careciera de responsabilidad. El Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros también atacó la legalidad democrática mediante secuestros, atentados, robos y homicidios. Una reconstrucción seria debe incorporar esa dimensión.

Pero los delitos de una organización armada no convierten en legítimos los abusos del Estado ni absuelven a quienes desmantelaron sus controles constitucionales.

La restauración democrática y el regreso del reparto

La recuperación institucional de 1985 fue un acontecimiento fundamental. Los partidos participaron en la salida de la dictadura, reconstruyeron el Parlamento y restablecieron las elecciones. Ese aporte debe reconocerse.

Sin embargo, el retorno democrático también permitió recuperar viejas prácticas de distribución política. Los directorios de organismos públicos volvieron a ser negociados como espacios de representación partidaria. El hábito sobrevivió al autoritarismo porque formaba parte de una tradición mucho más antigua.

La restauración institucional no produjo una separación clara entre partidos y Estado. Por el contrario, las organizaciones políticas continuaron dependiendo de los recursos, cargos y estructuras públicas que ellas mismas administraban.

Se consolidó así una paradoja: quienes controlaban el Estado podían presentarse como sus principales defensores mientras obtenían ventajas directas de esa posición.

La reforma de 1996 y el desafío del tercer actor

La expansión electoral del Frente Amplio alteró el predominio histórico de blancos y colorados. La reforma constitucional aprobada en 1996 introdujo elecciones internas y una segunda vuelta presidencial cuando ninguna fórmula alcanzara la mayoría absoluta.

Es legítimo debatir si el nuevo sistema buscó fortalecer la legitimidad presidencial, ordenar las candidaturas o dificultar el triunfo de la izquierda. Lo que no corresponde es afirmar una única intención como hecho indiscutible sin documentos concluyentes.

En la práctica, el balotaje facilitó la coordinación entre votantes de los partidos históricos frente a una fuerza que crecía. Pero el Frente Amplio terminó ganando la Presidencia en 2004 y gobernó durante tres períodos consecutivos.

Su llegada tampoco destruyó las prácticas heredadas. Designaciones políticas, distribución de responsabilidades y ocupación partidaria de organismos continuaron bajo nuevas autoridades. El problema, entonces, no pertenece exclusivamente a dos lemas: se relaciona con una cultura de poder que otros actores también incorporaron.

El argumento circular de la “democracia de partidos”

Uruguay es presentado con frecuencia como una democracia de partidos. La descripción es correcta: las organizaciones políticas han tenido un papel central en la representación, la negociación y la construcción institucional.

La trampa aparece cuando esa centralidad se utiliza para demostrar su supuesta virtud.

Decir que los partidos garantizan la democracia porque dominan la vida democrática es un razonamiento circular. Su presencia demuestra poder y continuidad, no necesariamente calidad, transparencia ni compromiso invariable con la Constitución.

También existe un marcado sesgo de supervivencia. Los períodos estables se atribuyen a la madurez de las colectividades; los colapsos, en cambio, son explicados mediante factores económicos, militares o internacionales. Así, los éxitos siempre pertenecen a los partidos y los fracasos nunca.

Una evaluación rigurosa debe aplicar el mismo criterio en ambos sentidos. Si estas organizaciones reclaman reconocimiento por la estabilidad, también deben asumir su responsabilidad en el deterioro que precedió a las rupturas.

La institucionalidad no pertenece a ningún partido

La República no es una propiedad que pueda inscribirse a nombre de blancos, colorados, frenteamplistas o cualquier otra organización. Tampoco constituye una condecoración hereditaria otorgada por la antigüedad.

La institucionalidad depende de reglas, controles, libertades, alternancia, independencia judicial, transparencia y límites al ejercicio del poder. Un partido la protege cuando respeta esos principios. La amenaza cuando los subordina a su supervivencia.

Las colectividades históricas contribuyeron a construir Uruguay, pero también participaron en guerras, repartos, abusos y quiebres constitucionales. Las dos realidades forman parte del mismo pasado. Ocultar una para exaltar la otra no es historia: es propaganda.

Conclusión: custodios del poder antes que guardianes de la República

El principal logro de los partidos tradicionales no fue garantizar permanentemente la institucionalidad, sino convencer a generaciones de uruguayos de que ambas cosas eran equivalentes.

Su continuidad les permitió escribir buena parte del relato, transformar acuerdos de poder en virtudes republicanas y presentar sus propios retornos como restauraciones nacionales. Incluso después de protagonizar o acompañar rupturas, conservaron suficiente autoridad para reaparecer como árbitros de la legalidad.

No corresponde negar todos sus aportes. Corresponde terminar con su inmunidad histórica.

Blancos y colorados no son dueños de Uruguay, de la democracia ni de la República. Son organizaciones políticas con realizaciones, fracasos y responsabilidades concretas. Deben ser examinadas con el mismo rigor que exigen para sus adversarios.

La documentación disponible no permite sostener la imagen de guardianes infalibles. Muestra algo mucho más incómodo: estructuras extraordinariamente eficaces para sobrevivir, adaptarse, repartirse espacios y convertir su permanencia en prueba de virtud.

La democracia uruguaya no existe gracias a la pureza de sus partidos. Ha sobrevivido, muchas veces, a pesar de sus decisiones.

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