El ocaso de un hombre que sembró el terror
La figura de Pablo Laurta ha pasado de ser la de un activista por los derechos masculinos a la de uno de los criminales más buscados y repudiados en la cuenca del Plata. Su traslado desde las dependencias policiales de Córdoba hacia la ciudad de Concordia no es solo un trámite administrativo; es el inicio de la rendición de cuentas para un hombre que, según las pruebas recolectadas, diseñó un plan macabro para recuperar a su hijo a cualquier precio. El homicida no solo desafió a la justicia de dos países, sino que rompió los límites de la humanidad al ejecutar y desmembrar a quienes se interpusieron en su camino.
El impacto que el condenado ha tenido en la opinión pública uruguaya es profundo, dado que era un rostro conocido en ciertos ámbitos de discusión social. Sin embargo, su verdadera cara emergió en octubre pasado, cuando cruzó el río en una canoa, eludiendo todos los controles migratorios. Ese fue el primer paso de un raíd que dejaría un rastro de sangre imposible de ignorar. Hoy, al ver al Criminal uruguayo esposado y custodiado, muchos se preguntan cómo un individuo con ese historial de denuncias previas pudo moverse con tanta libertad por el territorio regional.
El desmembramiento que vincula a Pablo Laurta con Concordia
El caso más escalofriante que pesa sobre el autor de los hechos en Entre Ríos es el de Martín Palacio. El remisero de 49 años, un laburante querido en su comunidad, fue contratado por Laurta para un viaje que nunca debió ocurrir. La saña con la que se trató el cuerpo de la víctima, cuyos restos fueron dispersados para intentar borrar evidencias, lleva la firma de una personalidad psicopática que los peritos no tardaron en atribuir al individuo condenado por homicidio. Este crimen, por el cual ahora debe responder en la ciudad del citrus, es el que lo mantiene bajo una vigilancia que impide cualquier intento de fuga.
Resulta sumamente crítico considerar que el uruguayo utilizó su experiencia como líder de un grupo de «masculinidad positiva» para encubrir, quizás, una de las personalidades más violentas de la crónica roja actual. El contraste entre sus palabras públicas y sus actos privados es el eje de la investigación que lleva adelante la fiscalía de Concordia. Al llegar a la jefatura, Pablo Laurta intentó mostrarse preocupado por la situación de su hijo de cinco años, una maniobra que muchos interpretan como un intento desesperado por desviar la atención de los tres cadáveres que dejó a su paso.
La ruta de sangre de Pablo Laurta en Córdoba
Mientras en Concordia se lo juzga por el remisero, en la provincia de Córdoba el homicida tiene una cuenta pendiente aún más pesada: el doble feminicidio de su expareja, Luna Giardina, y de su suegra. La frialdad con la que habría actuado en la provincia mediterránea confirma que Laurta no improvisaba. Cada movimiento, desde la quema del auto de Palacio hasta el refugio en hoteles de Gualeguaychú, parece haber sido calculado por una mente que se sentía por encima de la ley. Es esta misma mente la que hoy, ante las cámaras, suelta un «lo siento muchísimo» que suena a hueco.
La defensa de Pablo Laurta intentará, seguramente, cuestionar la cadena de custodia de las pruebas o buscar algún resquicio legal que atenúe la carátula de homicidio agravado. Pero la evidencia física es abrumadora. Las cámaras de seguridad, los registros de los hoteles y los testimonios de quienes lo vieron con el niño en brazos antes de ser capturado, cierran un círculo del que el autor de los crímenes difícilmente pueda escapar. La sociedad uruguaya, por su parte, observa con estupor cómo uno de sus ciudadanos se convirtió en el «monstruo de la frontera», manchando el nombre del país con actos de una crueldad inusitada.
Un final anunciado para la carrera de Pablo Laurta
El traslado a Concordia marca el principio del fin. Ya no hay cámaras de televisión para debates sociales ni micrófonos para teorías sobre el rol del hombre en la modernidad; solo quedan el frío de una celda y el peso de una condena que se prevé ejemplar. La justicia entrerriana se juega mucho en este caso, ya que la seguridad de los trabajadores del transporte quedó seriamente cuestionada tras el asesinato de Palacio. El nombre de Pablo Laurta quedará grabado en los archivos judiciales como el ejemplo de lo que sucede cuando la violencia de género y la psicopatía no son frenadas a tiempo por las instituciones.
A medida que avance el juicio oral, se irán conociendo más detalles de la personalidad de Pablo Laurta y de cómo logró cruzar la frontera sin ser detectado. El pedido de perdón que lanzó al aire durante su traslado no parece haber conmovido a nadie, mucho menos a los familiares de las víctimas que exigen que se pudra en la cárcel. Pablo Laurta es hoy un hombre solo, enfrentado a un sistema legal que, esta vez, parece decidido a no dejar pasar ni una sola de sus transgresiones. La verdad, esa que él mismo dice buscar, está escrita en los expedientes que hoy lo hunden definitivamente.
¿Podrá la defensa de Pablo Laurta encontrar algún atenuante ante la brutalidad manifiesta de sus crímenes o estamos ante la condena más rápida y contundente de la década?








