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¿Por qué una mujer asegura que no puede dejarlo pese al daño?

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Mujer que admite que no puedo dejarlo pese al sufrimiento
La protagonista reconoce que no puede dejarlo aunque sabe que la daña.
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No puedo dejarlo”: cuando una historia de amor se convierte en un laberinto emocional

“No puedo dejarlo. Ya no sé qué hacer conmigo”, me escuché decir una noche, agotada de darle vueltas a lo mismo. Esa frase, que tantas veces había usado como chiste para hablar de este país, ahora se había convertido en una declaración íntima y desesperada. Porque, a diferencia de los problemas económicos o las discusiones de sobremesa, esta vez se trataba de algo más profundo: la certeza de que no podía soltar a un hombre que solo me ofrecía retazos de su vida.

Mi psicóloga insistía en que seguía con Luciano porque quería, como si existiera un botón para apagar lo que siento. Pero no es tan sencillo. No puedo dejarlo aun sabiendo que nuestra relación avanza por un terreno minado, donde cada paso tiene algo de deseo y algo de culpa.

La única amiga a la que le conté mi historia, cansada de escuchar mis idas y vueltas, me reenvió un artículo sobre vínculos prohibidos. Ahí encontré algo parecido a un alivio: alguien que comprendía ese territorio difuso donde la voluntad deja de servir y la emoción manda. Ese texto me llevó a contactar al autor, y, para mi sorpresa, me respondió. Un desconocido, pero uno que parecía entender más que mi entorno.

Mujer que siente que no puedo dejarlo mientras enfrenta un conflicto emocional profundo
La protagonista reconoce que no puedo dejarlo aunque sabe que la relación la desborda.

Cuando hablamos por teléfono, la voz se me quebró. Le conté que había construido una vida ordenada con Pablo, mi pareja de la facultad. Nos queríamos, teníamos buenos trabajos y un futuro asegurado. Pero a mis treinta años apareció una inquietud que no supe nombrar. No estaba mal, pero tampoco estaba bien. Me daba miedo imaginarme dentro de diez años sin haber vivido algo distinto, con la sensación de haber elegido un camino sin preguntarme si realmente era el mío.

Ese movimiento interior terminó alejándonos. La separación fue dolorosa, aunque inevitable. Y cuando mis amigas me arrastraron a un bar para “volver a vivir”, apareció Luciano: tímido, atento y con una intensidad que me descolocó. Lo que empezó como un encuentro casual terminó abriéndome un mundo nuevo, aunque yo no buscaba enamorarme de nadie.

Recién en nuestra tercera salida me confesó que tenía novia. Sentí bronca, claro, pero también una inesperada libertad. Pensé que, si él estaba con otra, yo no correría riesgo de volver a quedar atrapada en una relación seria. Qué ironía. Hoy soy la primera en admitir que no puedo dejarlo.

Nuestro vínculo creció en la sombra, entre encuentros breves y mensajes furtivos. Una o dos veces por semana bastaban para avivar algo que no sabía cómo manejar. Hasta que un día, con los ojos llenos de lágrimas, me contó que su novia estaba embarazada. Sentí cómo se me partía el pecho. Por un lado, sabía que tenía que alejarme. Por otro, ese mismo día me di cuenta de cuánto me importaba.

Intenté tomar distancia, pero la distancia solo sirvió para confirmar que no podía dejarlo. Cada reencuentro reforzaba un lazo que se volvía más difícil de romper. Con la llegada de su hija, mi vida se transformó en un torbellino de preguntas sin respuesta. ¿Cuál era el plan? ¿Convertirme en su amante por años, esperando una separación que tal vez nunca llegara?

Mujer que admite que no puedo dejarlo pese al vínculo emocional que la desborda
“En lo más hondo sabía que no puedo dejarlo, aunque la relación me desgarrara.”

Cuando le relaté todo esto al escritor, él me dijo algo que todavía resuena: que no existe la opción de cortar de raíz cuando el corazón está involucrado. Que la teoría es fácil, pero la práctica es otra cosa. Que el cerebro, cuando encuentra una dosis de afecto, la toma como si fuera oxígeno.

“Viví este momento con menos juicio y más compasión”, me recomendó. Parecía simple, pero dentro mío todo era un desorden. Me enojaba con él por haberme ocultado cosas y conmigo por haber caído tan hondo. Me enojaba con mi propia historia.

Entonces me hizo una pregunta inesperada: “Si tuvieras una hija viviendo algo así, ¿qué le dirías?”. Mi respuesta salió automática: le pediría que se alejara, que se cuidara, que no fuera tonta. Apenas lo dije, me di cuenta de la violencia con la que me hablo a mí misma. Porque si yo no puedo dejarlo, ¿qué derecho tengo a exigirme algo que no soy capaz de hacer?

Después de un silencio, la verdad me golpeó. “La abrazaría. La acompañaría. La entendería”. Y ahí se me llenaron los ojos de lágrimas. “Bueno —me dijo él— ahora andá y hacé eso mismo con vos”.

En un mundo donde todos opinan qué deberíamos hacer, ¿cuánto falta para que aprendamos a tratarnos con la misma ternura que le daríamos a alguien que amamos?

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