Una joven con atuendo virreinal mexicano del siglo XVIII sostiene un rosario de pie junto a una ventana iluminada por una vela.
Cada noche, bajo los arcos de cantera de la calle Jesús María, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, un joven italiano esperaba con la espada desenvainada a cualquier hombre que se atreviera a cortejar a la misma mujer que él amaba. La leyenda de Beatriz y su pretendiente sobrevive hasta hoy, y cada temporada de Día de Muertos regresa como advertencia sobre los límites del deseo.
El contexto colonial de una tragedia amorosa
La historia se ubica en la época colonial. Beatriz era hija de Gonzalo Espinoza de Guevara, un hombre de fortuna reconocida en la ciudad. La joven, de tez blanca y cabello largo, despertaba admiración instantánea entre quienes cruzaban su camino.
Su belleza no era el único atractivo. Los vecinos insistían en que su trato amable superaba incluso a su apariencia, un dato que multiplicó el número de pretendientes dispuestos a tocar la puerta de su casa.
Un rival peligroso y un drama inevitable
Entre los hombres que buscaban su amor llegó Martín de Seópolli, un italiano que decidió eliminar cualquier obstáculo entre él y Beatriz. Su método fue literal: esperar cada noche en la calle para enfrentar a espada a todo rival que apareciera.
Uno tras otro, los pretendientes que se acercaban a la casa de los Espinoza de Guevara terminaban muertos frente a su puerta. La escena se repetía con una regularidad que convirtió la calle en territorio de miedo.
Gonzalo desconocía el origen de las muertes. Beatriz, en cambio, comenzó a vincular cada amanecer con un nuevo cadáver, y la culpa terminó por desbordarla.
La desesperada decisión de Beatriz
La joven decidió que la única forma de frenar la violencia era dejar de ser deseable. Aprovechó una ausencia de su padre, puso un carbón al rojo vivo y se lo presionó contra el rostro.
Los gritos alertaron a los trabajadores de la casa, que llegaron demasiado tarde para evitar el daño. El fuego le dejó cicatrices permanentes y le dio el apodo con el que la ciudad terminó por recordarla: la Quemada.
La automutilación no fue un gesto impulsivo sin cálculo. Beatriz entendió que, sin su rostro intacto, los duelos nocturnos perderían su motivo y la calle recuperaría la calma.
El fin de la violencia y el legado de una leyenda
Cuando Martín se enteró de lo ocurrido, no se alejó. Visitó la casa de Gonzalo y declaró que su amor por Beatriz nunca había dependido únicamente de su apariencia anterior.
La confesión convenció al padre, que autorizó la relación. Beatriz y Martín se casaron poco después, y con ellos terminó la racha de muertes que había marcado la calle durante meses.
Desde la noche del incendio, Beatriz salía a la calle cubierta con un velo que impedía ver las cicatrices. La costumbre se mantuvo durante el resto de su vida, incluso después del matrimonio.
Quienes se cruzaban con ella por primera vez solían espantarse al verla descubrirse el rostro en algún momento. El sobresalto, sin embargo, se disolvía apenas reconocían que se trataba de la misma mujer de siempre.
La calle Jesús María conserva el nombre que la leyenda popularizó desde la época colonial. Cada octubre, cuando la ciudad se prepara para el Día de Muertos, la historia de la Quemada vuelve a circular entre quienes recorren el Centro Histórico en busca de relatos que expliquen por qué ciertas calles cargan un peso distinto al resto.
Ningún registro oficial confirma la existencia documentada de Beatriz, Martín o Gonzalo. La leyenda se transmitió de forma oral durante generaciones, hasta convertirse en parte del anecdotario que acompaña a las calles más antiguas de la capital mexicana.






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