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Libertad económica en Uruguay vs. el gasto público desbocado

¿Por qué no fuimos la potencia mundial que el destino nos tenía preparada? La trampa del dinero y el Estado.

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Gráfico comparativo de la libertad económica en Uruguay y billetes antiguos bajo el patrón oro.
Uruguay desperdició su potencial de ser potencia mundial al abandonar la libertad económica y el dinero sano.
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Libertad económica en Uruguay: la lección que el país todavía no aprendió

Si nos ponemos a bichar la historia, Uruguay siempre tuvo todo para ser una potencia. Teníamos el puerto, las pasturas, la lana y una ubicación envidiable. Sin embargo, cuando miramos las cifras de 1900, nos damos cuenta de que algo no cierra: nuestro PIB per cápita era apenas un tercio del de Estados Unidos. ¿Qué pasó? La respuesta corta es que nos faltó libertad económica en Uruguay.

No fue mala liga ni culpa de los vecinos. El problema fue la intervención. Cada vez que el Estado metió la mano en el bolsillo de la gente, tocando el dinero o manipulando el crédito, nos alejamos un paso más de la verdadera prosperidad. Mientras otros países se tomaban en serio las reglas del juego, nosotros empezamos a coquetear con atajos que terminaron siendo callejones sin salida.

El error fatal de la intervención monetaria

La mayoría de los uruguayos ve un banco prestando plata que no tiene y piensa que es «dinamismo». Ven al gobierno emitiendo para tapar baches y creen que es «sensibilidad social». Pero esa es la trampa. Cuando no hay una verdadera apertura económica, el dinero deja de ser un depósito de valor para transformarse en una herramienta de redistribución forzada.

En un sistema de banca libre, cada peso prestado debería venir de un ahorro real previo. Sin expansión crediticia artificial, no habría ciclos de «boom y quiebra» como los que nos sacudieron en 1890. El ahorro es la base de todo progreso; sin ahorro no hay inversión, y sin inversión nos quedamos estancados en la mediocridad de siempre.

Lo que perdimos por no elegir la libertad económica en Uruguay

Imaginemos por un segundo un Uruguay donde los contratos fueran sagrados y la moneda fuera tan sólida como el oro. Si hubiéramos mantenido una disciplina estricta de competitividad de mercado desde el siglo XIX, el panorama hoy sería otro:

  • Flujo masivo de capitales: Los inversores británicos y europeos habrían visto en Montevideo un refugio más seguro que cualquier otra capital del Plata.

  • Inmigración de alta calidad: No solo habrían venido por la tierra, sino por la seguridad de que el fruto de su laburo no se lo iba a comer la inflación.

  • Crecimiento compuesto: Un crecimiento del 3% anual sostenido nos habría puesto a la par de las potencias mundiales antes de que terminara el siglo pasado.

La prosperidad no es un milagro, es aritmética. Pero para que esa cuenta dé positiva, el Estado tiene que sacar las manos del plato. Cada vez que se protegió a un banco amigo o se suspendieron pagos por decreto, le estábamos robando el futuro a las siguientes generaciones de uruguayos.

La propiedad privada y el sentido común

La libertad económica en Uruguay no es un concepto abstracto de libros viejos; es el respeto absoluto por la propiedad privada. Si no podés confiar en que tu dinero va a valer lo mismo mañana, o si el Estado puede cambiarte las reglas del juego a mitad del partido, el incentivo para emprender desaparece.

  1. Ahorro real: Solo se puede invertir lo que primero se guardó.

  2. Moneda sana: El dinero no se puede «inventar» en una imprenta gubernamental.

  3. Contratos inviolables: Lo que se firma, se cumple, sin vueltas ni mediaciones estatales.

Hoy seguimos cayendo en los mismos vicios: controles de cambio, emisión encubierta y un gasto público que no para de inflarse. Creemos que podemos consumir más de lo que producimos, y esa es la mentira que nos mantiene atados al subdesarrollo.

Un faro de libertad que se apagó

Uruguay pudo ser la excepción de América Latina, un faro de capitalismo radical y estabilidad. La oportunidad se desperdició porque nos dejamos seducir por el canto de sirena del estatismo y los bancos centrales. Sin embargo, la lección sigue ahí, esperando a que alguien se anime a aplicarla de nuevo.

La libertad económica en Uruguay es el único camino probado para que el salario rinda y el país crezca en serio. No se trata de «políticas activas», se trata de dejar en paz a los que producen. El día que entendamos que el dinero no es un juguete de los políticos, ese día vamos a empezar a caminar hacia la riqueza que nos robaron hace más de un siglo.

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