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La encrucijada moral de los sectores progresistas
El derrumbe político de Nicolás Maduro en Venezuela desnudó una contradicción profunda dentro de la izquierda uruguaya que hoy resuena en cada esquina de Montevideo. Mientras miles de inmigrantes venezolanos residentes en nuestro país se agolpaban en la Plaza de la Bandera para celebrar el fin de una era de opresión, la realidad local mostraba una cara muy distinta. Diversos sectores alineados con el pensamiento progresista optaron por el camino de la negación, convocando a movilizaciones para repudiar lo que calificaron como un «secuestro» del poder.
Este desfasaje entre la alegría de quienes sufrieron el régimen y la narrativa del bloque progresista es, por lo menos, alarmante para la salud democrática. El primer párrafo de esta crisis interna se escribe con consignas que parecen sacadas de un manual de la década de los setenta, ignorando sistemáticamente los informes internacionales sobre violaciones a los derechos humanos. Mientras en Caracas se respiraba un aire de cambio, en las sedes sindicales y políticas uruguayas se insistía en la tesis del «ataque imperialista» para justificar lo injustificable.
Celebración popular frente al dogma de la izquierda uruguaya
La Plaza de la Bandera se transformó en un mar de banderas amarillas, azules y rojas, donde el llanto de emoción era el denominador común de una comunidad que lleva años en el exilio. Sin embargo, este sentimiento de libertad fue rápidamente empañado por la respuesta de grupos vinculados al progresismo criollo, incluyendo organizaciones estudiantiles y sectores del Frente Amplio. Estos grupos promovieron marchas que, lejos de empatizar con el dolor del pueblo venezolano, se centraron en denunciar una supuesta ilegitimidad en el cambio de mando.
Resulta difícil de digerir que, ante pruebas contundentes de represión sistemática, la oposición de izquierda mantenga un doble estándar tan marcado. Cuando las crisis afectan a gobiernos de signo contrario, la condena es inmediata y tajante, pero cuando se trata de un régimen que comparte su abanico ideológico, la respuesta es la relativización. Esta defensa dogmática no hace más que profundizar la brecha con una ciudadanía que exige una postura ética única en materia de libertades fundamentales.
El campo de batalla digital y el ataque a los inmigrantes
No fue menor lo ocurrido en el espacio digital, donde la polarización alcanzó niveles de agresividad preocupantes para nuestra convivencia. Las redes sociales se llenaron de comentarios ásperos por parte de simpatizantes de los sectores de izquierda en Uruguay hacia los venezolanos que celebraban su esperanza de retorno. Estos ataques no solo intentaban deslegitimar el festejo, sino que buscaban imponer un relato donde la víctima de la dictadura es señalada como un peón de intereses extranjeros.
Esta actitud revela cómo se transformó una cuestión geopolítica compleja en un terreno de odio interno, donde el «otro» es atacado por no alinearse con la visión oficial de ciertos sectores. La izquierda uruguaya, o al menos sus bases más radicalizadas, parece haber perdido la capacidad de escuchar el testimonio directo de quienes escaparon de la miseria y la persecución. La discrepancia se convirtió en un ataque personal hacia personas que, desde su historia de sufrimiento, simplemente expresaban alivio ante el fin de una pesadilla.
Una izquierda atrapada en su propio relato histórico
Si miramos hacia atrás, recordamos que incluso figuras de la izquierda uruguaya tuvieron, en otros momentos, posturas críticas hacia la deriva autoritaria de Maduro. Pero la interpretación predominante en este enero de 2026 ha sido llamativamente defensiva del régimen desplazado, priorizando las etiquetas ideológicas por sobre la realidad vivida por millones. Esta tendencia a relativizar abusos cuando vienen de ciertos espectros políticos es lo que hoy tiene a la coalición opositora en un brete frente a la opinión pública independiente.
En definitiva, la respuesta de gran parte de la militancia ante el fin del chavismo ilustra un fenómeno de ceguera voluntaria. La disposición a culpar siempre a factores externos, como el bloqueo o la intervención, funciona como una cortina de humo para no reconocer el fracaso rotundo de un modelo que terminó en tiranía. La izquierda uruguaya se encuentra hoy en una encrucijada: o abraza definitivamente la causa de los derechos humanos sin importar el color del gobierno, o quedará prisionera de una narrativa que el propio pueblo venezolano ya decidió archivar.
¿Es posible reconstruir una propuesta de futuro si la izquierda uruguaya sigue aferrada a los fantasmas de una dictadura que su propio pueblo ya expulsó?
