Cualquier montevideano que camine hoy por el Centro o que intente esquivar los cráteres que decoran las calles de Pocitos sabe lo mismo que dicen las encuestas: la administración de Mario Bergara está en caída libre. No es una cuestión de «sensación térmica», como suelen decir los políticos cuando no quieren admitir el desastre; es una realidad que se siente en la suela del zapato cada vez que uno pisa un charco de agua estancada o en el bolsillo cuando llega el recibo de una contribución inmobiliaria que parece pensada para una ciudad de primer mundo, pero que nos devuelve servicios de una de cuarta.
Factum y Equipos Consultores coinciden en un diagnóstico que debería quitarle el sueño a cualquier gestor: la desaprobación trepa hasta el 52% en algunas mediciones. Para Mario Bergara, el intendente que prometió modernidad, la realidad le está devolviendo una postal de estancamiento.
La ciudad que se cae a pedazos
El problema de fondo es la desconexión total entre lo que se predica en la calle Soriano y lo que realmente pasa en las esquinas del barrio. Montevideo está, sencillamente, tapada de basura. Los contenedores desbordados no son solo una falta de recolección; son el símbolo máximo de una intendencia que perdió el norte. Mientras tanto, el dinero de los contribuyentes sigue fluyendo hacia agujeros negros presupuestales.
Un ejemplo que ya indigna hasta al más paciente es Tv Ciudad. Diez millones de dólares anuales destinados a financiar lo que, en la práctica, funciona como el brazo propagandístico del Frente Amplio. ¿Es esa la prioridad cuando las calles son una trampa mortal para los vehículos? La respuesta parece obvia para los vecinos, pero no para un equipo de gobierno que prefiere la estética de un estudio de televisión a la eficacia de una cuadrilla de bacheo.
La burbuja política de Bergara
Lo más curioso —y a la vez irritante— es ver cómo el intendente intenta blindarse en su burbuja. Mientras el 80% de los votantes que no pertenecen a su fuerza política rechazan su gestión, él sigue apelando a un núcleo duro que cada vez es más estrecho. La «neutralidad» de sus votantes frente a los problemas cotidianos es el último refugio de un proyecto que se quedó sin ideas.
Es un año de gestión. Un año perdido donde la improvisación fue el sello. Y lo peor es que faltan cuatro años más. Si la hoja de ruta es seguir apostando a la propaganda en lugar de la infraestructura básica, el desplome en las encuestas no será más que el preludio de un final anunciado para una administración que nunca terminó de arrancar.
¿Hasta cuándo la paciencia de los montevideanos?
El montevideano es un tipo paciente, que tolera el aumento de impuestos y la falta de servicios básicos con una resiliencia casi suicida. Pero esa paciencia tiene un límite, y los números lo están marcando con una precisión quirúrgica. Mario Bergara no puede seguir gobernando para la tribuna ni escudándose en el relato. La gestión municipal no es un ejercicio de comunicación pública; es recoger la basura, arreglar las calles y administrar los recursos con criterio, algo que hoy brilla por su ausencia.
La ciudad no necesita otro canal de televisión, necesita un plan de obras urgente. No necesita más discursos sobre el modelo, necesita que el vecino pueda llegar a su casa sin romper la suspensión del auto. La gestión Bergara no solo está en terreno negativo; está en un terreno de absoluta inacción. Y en política, como en la vida, la inacción termina costando caro. Muy caro.
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