|
Getting your Trinity Audio player ready... |
El impacto de la inteligencia artificial en Uruguay ya dejó de ser una distopía de Silicon Valley para convertirse en una amenaza tangible en los Consejos de Salarios. Según el último informe del Instituto Cuesta Duarte, el mercado laboral local se enfrenta a una transformación donde la transparencia brilla por su ausencia y la «gestión algorítmica» empieza a dictar los ritmos de producción. No estamos ante un cambio sutil; los datos indican que entre un 26% y un 38% de los puestos de trabajo tendrán tareas expuestas a estas tecnologías en el corto plazo, lo que anticipa un escenario de tensión permanente entre el capital y el trabajo.
Lejos de la promesa de un futuro más descansado, la inteligencia artificial en Uruguay se está introduciendo por la puerta de atrás, reconfigurando rutinas sin debates previos ni consultas a los delegados de base. El sindicalismo advierte que la automatización parcial y el avance de sistemas de control en tiempo real están intensificando los ritmos laborales de manera invisible. La preocupación central radica en que, sin una intervención estatal y gremial contundente, la tecnología será utilizada simplemente para aumentar la rentabilidad a costa de la autonomía y la salud de quienes ponen el lomo cada día.
Tabla de contenidos
Los sectores bajo la guillotina del algoritmo
El riesgo de que la tecnología de IA desplace mano de obra humana no es uniforme, y la matriz de riesgo elaborada por el Cuesta Duarte es lapidaria. El sector agroganadero y forestal, históricamente el motor del país, presenta una exposición de un escalofriante 85%. Le siguen de cerca las finanzas y la industria alimentaria, donde el ojo mecánico del algoritmo ya está reemplazando la supervisión humana. Esta realidad deja al desnudo un país fragmentado, donde la tecnología no llega para aliviar la carga, sino para optimizar el despido y la sustitución.
En el otro extremo, sectores como la enseñanza y la salud parecen resistir mejor el embate, pero no por una protección divina, sino porque el trato humano y la toma de decisiones complejas siguen siendo esquivos para la programación actual. Sin embargo, el informe es claro: nadie está totalmente a salvo de las herramientas de inteligencia artificial. Incluso en las profesiones científicas y técnicas, la sombra de la automatización alcanza casi al 50% de las tareas, lo que obliga a repensar de manera urgente qué entendemos hoy por «estabilidad laboral» en un mundo gobernado por procesos automatizados.
La brecha educativa como sentencia de exclusión
Si hay una línea divisoria que las soluciones basadas en IA ha venido a profundizar, es la de la formación académica. Los números no mienten: quienes no terminaron el liceo enfrentan un riesgo de automatización del 74%. El título de secundaria ya no es un escudo; apenas reduce el impacto unos pocos puntos porcentuales. Recién con la educación terciaria completa el riesgo cae drásticamente al 27%. Esto deja a una gran masa de trabajadores uruguayos en una situación de vulnerabilidad extrema, donde la reconversión laboral parece más un eslogan que una posibilidad real.
La geografía de la automatización también castiga al interior. En las zonas rurales y localidades pequeñas, donde el empleo suele ser más rutinario, los modelos de aprendizaje automático golpea con más fuerza que en Montevideo. Esta brecha territorial amenaza con vaciar aún más los pueblos si no se diseñan políticas de formación que lleguen a cada rincón del país. La tecnología, lejos de democratizar oportunidades, está actuando como un filtro que expulsa a los menos formados y a quienes viven lejos del puerto, ensanchando una grieta social que ya era dolorosa.
El avance de la vigilancia y la aceleración invisible
Más allá de quién pierde el empleo, el problema es cómo trabajará quien se quede. El PIT-CNT pone la lupa sobre la «gestión algorítmica», un sistema de monitoreo digital que mide cada segundo de respuesta y cada gramo de productividad en tiempo real. La tecnología cognitiva en Uruguay está permitiendo un control patronal que roza lo obsesivo, eliminando la autonomía del trabajador y forzando una aceleración invisible que no se refleja en el recibo de sueldo. Es una nueva forma de precarización, incluso en empleos que consideramos «de oficina» o formales.
Para frenar este atropello, el Instituto Cuesta Duarte propone que la inteligencia artificial en Uruguay entre a la mesa de negociación colectiva con reglas de hierro. Se pide un aviso temprano de al menos 90 días antes de desplegar cualquier sistema de IA que afecte los procesos laborales. El objetivo es crear comités mixtos que auditen estos algoritmos, garantizando que no haya discriminación y que las mejoras en la productividad se repartan de forma justa, ya sea a través de bonos salariales o, preferentemente, mediante la reducción de la jornada laboral sin pérdida de ingresos.
Hacia un pacto de supervivencia tecnológica
La ruta trazada por el sindicalismo uruguayo no busca romper las máquinas, sino humanizarlas. El informe plantea medidas de protección drásticas, como una moratoria de despidos por causas tecnológicas durante un año para dar tiempo a la reconversión. No se trata de frenar el desarrollo, sino de evitar que la inteligencia artificial en Uruguay se convierta en una herramienta de descarte humano. El desafío es colosal: pasar de la resistencia pasiva a un empoderamiento real donde el trabajador tenga voz y voto en la implementación de la tecnología que, en definitiva, se alimenta de sus propios datos.
La guía para la negociación colectiva que prepara el Cuesta Duarte será el manual de combate en las próximas rondas. Se buscarán cláusulas modelo que aseguren el derecho a la desconexión y la protección de datos personales, evitando que la vida privada del operario sea deglutida por el sistema. El panorama es crítico y la urgencia es total; el algoritmo no espera y la «gestión algorítmica» ya está marcando tarjeta en muchas empresas. El sindicalismo uruguayo sabe que, si no se regula ahora, el futuro del trabajo será dictado por un código de programación diseñado únicamente para el lucro.
¿Estamos dispuestos a permitir que el algoritmo sea el nuevo capataz de las empresas uruguayas o exigiremos un reparto justo de los beneficios que genera la automatización?
