Subir la escalinata del liceo Dámaso Antonio Larrañaga es, de alguna manera, entrar en una cápsula del tiempo. El edificio, diseñado por José Scheps, es un monumento histórico, pero hoy su esplendor es un recuerdo borroso. Entré un martes a las nueve y media de la mañana. No tuve que dar nombres, ni presentar cédula, ni justificar mi presencia. Bastó con seguir el flujo de docentes que, como yo, buscaban la sala de proyecciones para cumplir con la obligatoria Asamblea Técnico Docente (ATD).
En un sistema donde cualquiera puede participar en cualquier centro educativo, el anonimato es la moneda corriente. Me senté al fondo, rodeado de profesores que, al igual que los alumnos, parecen ser víctimas de una estructura que se cae a pedazos. Mientras algunos revisaban el celular o buscaban desesperados un adaptador para enchufar sus laptops, el murmullo de fondo dejaba claro que la paciencia se terminó hace rato.
Entre grafitis y el frío del invierno
El recorrido por el Dámaso es una lección de realidad cruda. Mientras buscaba la sala, me topé con los ventanales sucios y las paredes que cuentan la historia del maltrato institucional: grafitis con frases vulgares que los alumnos y docentes ven cada día, desde el verano pasado, sin que nadie los borrara. Pero lo peor no es la estética; es el clima.
El edificio fue pensado con calefacción central, una maravilla de ingeniería que hoy es solo chatarra. En los salones, el frío cala los huesos. “Te cagás de frío en invierno y de calor en verano”, me susurra un docente con la resignación de quien ya dejó de pedir soluciones. Algunos llevan estufas de sus casas, otros simplemente aguantan. Es la cotidianidad del Dámaso, un gigante que hoy sobrevive como puede.
ChatGPT: el nuevo enemigo en el aula
La asamblea, lejos de ser un acto institucional acartonado, se convirtió en un confesionario de problemas. Cuando nos dividimos en comisiones, el tema saltó rápido: la virtualidad y la irrupción de la inteligencia artificial. “El estudiante está usando ChatGPT para responder… recibís trabajos que ni leés porque sabés que no son de ellos”, se quejaba un profesor mientras el resto asentía con amargura.
Para estos docentes, la pantalla no es una herramienta; es un muro. Hay un consenso casi absoluto: la virtualidad, empujada por los nuevos planes, ha roto el vínculo humano. “Estar en clase y levantar la mano es insustituible”, repetían. La sensación generalizada es que se está maquillando el fracaso educativo con plataformas que permiten aprobar sin haber aprendido, en un proceso donde el estudiante se desentiende de su propia formación.
El “caos” de cada marzo
Si hay algo que irrita al profesorado es la organización —o la falta de ella—. El debate sobre el Reglamento de Evaluación (REDE) se fue por las ramas hacia el problema de siempre: el inicio del año. “Empiezo con 15 alumnos y en mayo tengo 37”, ironizó una profesora, provocando una risa nerviosa en la sala. Es el caos de la “reguladora”, la oficina encargada de las inscripciones, que permite que los estudiantes caigan “en paracaídas” hasta bien entrado el primer semestre.
El tono de la asamblea fue claro: el cuerpo docente se siente ignorado. Mientras desde arriba se diseñan programas y consultorías técnicas, en el piso de abajo, en los salones con paredes pintadas con aerosol y enchufes que no funcionan, los profesores sienten que la brecha con las autoridades es un abismo. Votaron informes, elevaron quejas y marcaron terreno, pero con la sospecha instalada de que, al final del día, sus palabras terminarán juntando polvo en algún escritorio.
Salí del Dámaso a la una de la tarde con una constancia de participación en la mano y la misma sensación que los docentes que dejé atrás: la de un sistema que, mientras discute sobre reglamentos y currículas, parece haber olvidado que el verdadero aprendizaje necesita, al menos, un salón con calefacción y un docente que no tenga que pelear contra la desidia administrativa todos los días.
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