El fin de la hegemonía de una identidad única
Uruguay está viviendo una transformación silenciosa pero contundente en la forma en que sus ciudadanos perciben su propia orientación sexual. Según los últimos datos recabados por una encuesta conjunta entre El Observador y académicos de la Universidad de la República (Udelar), la cifra de quienes se identifican como heterosexuales en Uruguay está experimentando un descenso histórico entre las nuevas generaciones. Específicamente, uno de cada cinco jóvenes pertenecientes a la Generación Z (los llamados centennials) afirma no encajar en la categoría de heterosexual.
Este fenómeno, que se alinea con tendencias globales en el mundo occidental, pone de manifiesto que las etiquetas tradicionales están perdiendo terreno frente a una mayor fluidez. La socióloga Jimena Pandolfi, integrante de la Unidad de Métodos y Acceso a Datos (UMAD) de la Udelar, señala que la brecha generacional es innegable: a medida que aumenta la edad de los encuestados, el porcentaje de la población heterosexual en Uruguay crece exponencialmente, lo que sugiere que el factor cultural y el momento histórico en el que cada persona creció resultan determinantes.
Un cambio histórico que rompe el molde
Para entender por qué hay menos personas que se declaran grupo heterosexual entre los más jóvenes, hay que mirar hacia atrás, pero no demasiado. Hace apenas unas décadas, el panorama era radicalmente distinto. Pandolfi explica que la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad mental por la Organización Mundial de la Salud recién en 1990. Para alguien que hoy tiene 60 o 70 años, la presión social por cumplir con el estándar de los heterosexuales en Uruguay fue una constante que moldeó su identidad y, en muchos casos, la obligó a la clandestinidad.
Las leyes de matrimonio igualitario y adopción, junto con una visibilidad sin precedentes en los medios y la educación, han generado un ecosistema donde los jóvenes se sienten con mayor libertad para explorar y declarar su orientación. El psicólogo Gonzalo Gelpi, consultado sobre estos hallazgos, menciona que en la clínica es habitual ver a pacientes adultos que sienten una suerte de envidia sana por las libertades actuales, comparando su juventud llena de culpas con la apertura de los centennials, quienes ya no ven la necesidad de encajar forzosamente entre la comunidad heterosexual.
Las mujeres jóvenes lideran la tendencia
Uno de los puntos más llamativos del estudio es que la caída en el número de heterosexuales es particularmente marcada entre las mujeres. El 18% de las jóvenes encuestadas se identifica como bisexual, una cifra que supera largamente a la de sus pares varones. Los investigadores sugieren que la masculinidad todavía carga con pesadas «negaciones» —no ser mujer, no ser bebé, no ser homosexual— que actúan como un freno para que los hombres declaren una orientación distinta a la norma establecida.
En el caso de las adolescentes, el lesbianismo o la bisexualidad aparecen en algunos contextos incluso como un «factor protector». Gelpi relata experiencias en talleres donde jóvenes de contextos críticos confiesan sentirse más seguras estableciendo vínculos afectivos con otras mujeres ante la hostilidad o el machismo imperante en sus barrios. Esta realidad social influye directamente en las estadísticas de la Ccomunidad sexual predominante demostrando que la orientación sexual no es solo un impulso biológico, sino también una respuesta al entorno social y afectivo.
El futuro de la identidad sexual en el país
La gran incógnita que surge de estos datos es si estamos ante una moda pasajera o un cambio estructural definitivo. ¿Seguirá bajando el porcentaje de heterosexuales en Uruguay a medida que pasen los años? Los académicos prefieren la cautela, recordando que la identidad tiene cierta plasticidad y puede cambiar a lo largo del ciclo vital. Sin embargo, lo que parece claro es que el «cambio histórico» ya ocurrió y no tiene vuelta atrás en términos de representatividad e información.
Lo que sí queda confirmado es la falta de una linealidad entre la orientación que se declara y las prácticas reales. Estudios complementarios en varones jóvenes de Montevideo muestran que muchos de quienes se consideran heterosexuales en Uruguay admiten haber tenido algún tipo de atracción o contacto con personas de su mismo sexo. Esto sugiere que el número real de personas con orientaciones diversas podría ser incluso mayor si se eliminaran por completo los prejuicios que aún persisten en ciertos sectores de la sociedad uruguaya.
¿Es posible que en unas décadas la distinción entre orientaciones sexuales sea tan irrelevante que dejemos de medir cuántos heterosexuales quedan en el Uruguay?
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