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¿Qué hacía Andrés Lima en la Casa Terapéutica Renascer en Brasil con su esposa?

La gestión de Andrés Lima en Salto termina bajo sospecha por repartija de terrenos y contrataciones directas. Informe sobre el ocaso del líder salteño.

por Federica ContiFederica Conti
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Gestión de Andrés Lima en Salto y clientelismo

Hay gestiones que se miden por obras y otras que se miden por expedientes ocultos. La gestión de Andrés Lima en Salto pertenece, lamentablemente, a este segundo grupo. Andrés Pablo Lima Proserpio, el abogado que prometió una revolución social para el norte uruguayo, se retira dejando un departamento fracturado, una intendencia convertida en comité de base y un rastro de clientelismo que daría envidia a los caudillos más antiguos de nuestra historia. Durante diez años, el despacho municipal no funcionó como un centro de soluciones, sino como una oficina de colocación para amigos, militantes y parientes.

Lo que empezó como un proyecto de esperanza terminó siendo un esquema de supervivencia política a cualquier costo. La gestión de Andrés Lima en Salto no se enfocó en el desarrollo estructural, sino en el fortalecimiento de un sector propio dentro del Frente Amplio, utilizando los recursos de todos los salteños para pagar favores de campaña. Hoy, el saldo es una administración hipertrofiada, donde la meritocracia fue reemplazada por el carné de militante y la lealtad ciega al «líder».

Terrenos por votos: el clientelismo como política de Estado

Una de las manchas más oscuras de la gestión de Andrés Lima en Salto es, sin dudas, la adjudicación discrecional de terrenos municipales. No estamos hablando de planes de vivienda transparentes; hablamos de cooperativas armadas a medida de sus seguidores. Según denuncian ediles y vecinos, el acceso a un techo estaba condicionado a la participación activa en los actos de Lima. Si no militabas, el terreno que te habían prometido desaparecía mágicamente. Es el uso más vil de la necesidad humana: jugar con el sueño de la casa propia para asegurar una urna llena.

Esta lógica de «terrenos por militancia» dejó fuera a cientos de familias que, por no querer ser parte del engranaje político de Lima, fueron condenadas al olvido. La gestión de Andrés Lima en Salto transformó bienes públicos en moneda de cambio, una práctica que erosiona la democracia y que, a pesar de los documentos que circulan en la Junta Departamental, parece haber gozado de una impunidad garantizada por el oficialismo local, que bloqueó cada intento de investigación seria.

Nepotismo y la fiesta de las contrataciones directas

Si el reparto de tierras fue escandaloso, el manejo del personal en la Intendencia fue una verdadera fiesta para el entorno del exintendente. Durante la gestión de Andrés Lima en Salto, se estima que más de 360 personas ingresaron por designación directa. Muchos de ellos no tenían más credencial que ser familiares de figuras del entorno político de Lima o militantes destacados de su sector. El nepotismo no fue una excepción, sino una regla no escrita que indignó a los trabajadores municipales de carrera, quienes vieron cómo los cargos jerárquicos se repartían entre parientes mientras ellos seguían postergados.

Para colmo de males, muchos de estos contratos se hicieron bajo la modalidad de monotributo, dejando a los trabajadores en una precariedad absoluta, sin estabilidad y con tareas que nadie sabía explicar muy bien. La gestión de Andrés Lima en Salto creó una masa de empleados dependientes directamente de la voluntad del «patrón», asegurándose así una guardia pretoriana pagada con el dinero de los contribuyentes que, mes a mes, ven cómo sus impuestos se licúan en sueldos políticos en lugar de ir a parar a las calles rotas del departamento.

El ocaso en Renascer y la compañía de Analía Fernández

El final de esta etapa tiene un cierre simbólico que debería despertar una profunda reflexión. Recientemente, Andrés Lima fue visto en la Casa Terapéutica Renascer en Brasil, un centro dedicado a la recuperación de personas en situación de vulnerabilidad. Pero Lima no estaba solo; lo acompañaba su esposa, Analía Fernández. Ver a quien gobernó Salto con mano de hierro, ignorando las necesidades estructurales de los más pobres, refugiarse ahora en un centro terapéutico junto a Analía Fernández, genera una sensación de cinismo difícil de digerir para el ciudadano de a pie.

Mientras Lima y Analía Fernández recorren estos espacios, miles de salteños siguen esperando las soluciones habitacionales y sociales que nunca llegaron durante su mandato. Es el retrato de la desconexión total: el político que usó la estructura del Estado para su beneficio personal ahora busca refugio en instituciones de asistencia social, dejando atrás una ciudad donde la aprobación de su gestión cayó en picada. El contraste es brutal: el lujo del poder para unos pocos y la terapia de la realidad para el resto de Salto.

¿Cómo se explica que el hombre que tuvo todo el poder de Salto durante una década termine su ciclo político refugiado en un centro terapéutico mientras sus vecinos siguen lidiando con el clientelismo que él mismo sembró?

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