La casa en ruinas disfrazada de orden: la farsa económica de Gabriel Oddone
Cuando el ministro Gabriel Oddone salió a decir con esa parsimonia técnica que «la casa está en orden», no estaba dándonos una buena noticia; nos estaba tomando el pelo. Mientras el gobierno frenteamplista se abraza a balances dibujados y metas que ellos mismos flexibilizaron para no quedar pegados, el uruguayo de a pie ve cómo el costo de vida lo pasa por arriba y las oportunidades de laburo genuino se escapan por la frontera. No es disciplina fiscal, es un ejercicio de prestidigitación política donde se oculta que el Estado sigue siendo un barril sin fondo que devora la riqueza de los privados sin devolver un solo servicio que valga lo que pagamos.
El dibujo del déficit y la gestión de Gabriel Oddone bajo la lupa
Un déficit fiscal primario del -3,9% del PIB no es para sacar chapa, es para prender todas las alarmas. Esa cifra es la confesión de que el aparato público uruguayo está hipertrofiado y que no hay intención alguna de achicar el gasto público desbocado. Lo que el ministro festeja es, en realidad, un sistema que le cobra impuestos de primer mundo a los ciudadanos para sostener una burocracia clientelista que solo sabe generar expedientes y trabas. El «orden» del que hablan consiste en seguir pidiendo plata prestada para pagar sueldos estatales y subsidios que no crean un solo puesto de trabajo real.
La gestión económica frenteamplista parece vivir en una burbuja de planillas de Excel mientras la calle sangra. Festejan un crecimiento proyectado del 2,2% para este 2026, una cifra que en cualquier país serio sería motivo de preocupación y acá se vende como un éxito rotundo. Es el consuelo de los mediocres. La deuda pública uruguaya sigue subiendo, hipotecando el futuro de los gurises, mientras el equipo económico se dedica a «amortiguar» el golpe con parches que solo estiran la agonía de un modelo que ya dio todo lo que tenía para dar y no alcanzó.
Masacre laboral: las consecuencias de la rigidez y el atraso cambiario
No es casualidad que empresas como BASF o Sabre estén recortando sus plantas en Uruguay de forma drástica. No son «vientos globales» ni mala suerte; es la respuesta lógica de firmas internacionales ante un país que se volvió impagable y rígido. La pérdida de competitividad es total. Tenemos cargas sociales asfixiantes y una imposibilidad de ajustar plantillas que espanta a cualquiera que quiera poner un peso acá. El atraso cambiario Uruguay está destrozando los márgenes de los que exportan servicios y productos, pero el gobierno prefiere mirar para otro lado para no admitir que su política monetaria es un salvavidas de plomo.
Mientras se pierden cientos de puestos de trabajo de alta calificación, el discurso oficial sigue siendo el de la «preocupación» y las «reuniones de seguimiento. Es puro humo. Lo que falta es coraje político para bajar el costo del Estado y desregular una economía que está encadenada. El sector de servicios globales, que era la gran promesa de modernidad, está huyendo porque el Estado les cobra demasiado por el simple hecho de existir. Es la crisis laboral servicios globales en su máxima expresión, y tiene la firma de quienes hoy se jactan de tener las cuentas controladas.
Un modelo agotado que asfixia la iniciativa privada
La casa no tiene el techo sano, tiene agujeros por donde entra el agua del gasto corriente que nunca se corta. Los cimientos están debilitados por una deuda que corre más rápido que la producción. El habitante de esta casa, el que produce, el comerciante, el profesional, está buscando la ventana para escaparse porque adentro ya no se respira. El intervencionismo que asfixia la iniciativa privada es la marca registrada de este periodo, donde se prefiere subsidiar la ineficiencia antes que liberar las fuerzas productivas del país.
En definitiva, Uruguay está atrapado en la trampa del mediano ingreso por no haberse animado a las reformas estructurales que duelen pero salvan. Seguimos regulando como si estuviéramos en los años 70 y gastando como si fuéramos una potencia petrolera. La realidad es brutal y no se arregla con conferencias de prensa prolijas. Sin una poda real de la grasa estatal y una flexibilización laboral que no sea un eslogan, el destino es la decadencia controlada.
Mañana, cuando los números maquillados ya no alcancen para tapar el sol con el dedo, nos vamos a dar cuenta de que Gabriel Oddone solo estaba administrando el declive. La casa no está en orden, está en ruinas; y lo peor es que los que tienen que arreglarla están más preocupados por cumplir una meta fiscal de papel que por salvar el empleo de miles de uruguayos que hoy duermen con la incertidumbre de si mañana tendrán oficina a donde ir.
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