El SoFi Stadium no fue el escenario de un debut, fue el escenario de una sentencia. Cuando el árbitro marcó el final, el 4-1 en el tablero electrónico no era solo un número; era el certificado de defunción de una propuesta táctica que, durante 90 minutos, naufragó sin timón. Paraguay no perdió contra un gigante imposible, Paraguay se perdió a sí mismo en una actuación que, puertas adentro y en las calles de Asunción, ya empieza a calificarse sin rodeos: una vergüenza.
En las tribunas, los pocos hinchas albirrojos que habían viajado con la esperanza de ver una resurrección, se tomaban la cabeza. Algunos, con la camiseta sudada y el rostro desencajado, optaron por el silencio más absoluto mientras los estadounidenses celebraban como si hubieran ganado la final.
Un desmoronamiento anunciado
Desde los primeros compases, el equipo de Gustavo Alfaro se vio fuera de foco. El autogol de Bobadilla a los seis minutos fue apenas el síntoma de una dolencia mucho más profunda. La defensa, históricamente el bastión innegociable de la garra guaraní, se mostró lenta, dubitativa y sorprendentemente ingenua. Cada avance de Pulisic era un incendio que nadie sabía cómo apagar; cada pelota parada, una invitación al desastre.
No hubo marcas, no hubo coberturas y, sobre todo, no hubo corazón. Mientras el Team USA triangulaba con la precisión de quien juega en el patio de su casa, los jugadores paraguayos corrían detrás de sombras, desordenados y entregados a una suerte que nunca llegó.
🇵🇾 DESCONTÓ PARAGUAY: Mauricio Magalhaes la cruzó y anotó el 1-3 del equipo de Gustavo Alfaro ante Estados Unidos.
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— ESPN Argentina (@ESPNArgentina) June 13, 2026
Alfaro, contra las cuerdas
El banco de suplentes era el reflejo del naufragio. Alfaro caminaba de un lado a otro, gesticulando, con la corbata floja y la mirada perdida en un esquema que no funcionaba ni por casualidad. Las variantes llegaron tarde, cuando el partido ya era una hemorragia que no tenía torniquete. La desconexión entre el técnico y sus dirigidos fue tan evidente que, en el campo, los futbolistas se reprochaban entre sí jugadas aisladas, sin una idea clara de cómo frenar la sangría.
En el grupo de WhatsApp de los periodistas paraguayos, el tono cambió de la expectativa a la furia antes de que terminara el primer tiempo. “Esto no es Paraguay”, escribían, mientras los stickers de decepción empezaban a inundar las pantallas.
El golpe a la dignidad
Más allá del resultado, lo que duele es la forma. Un 4-1 frente a Estados Unidos, en un debut mundialista, no admite excusas de altura ni de calor. Es una cuestión de competitividad. Paraguay no tuvo plan, no tuvo reacción y, lo que es peor, no tuvo esa rebeldía que define a los equipos que, aunque pierden, se van con la frente alta.
Esta noche, en Los Ángeles, la Albirroja no solo dejó tres puntos; dejó su crédito, su prestigio y la paciencia de un pueblo que, hasta hace unas horas, seguía creyendo. El camino en el Mundial 2026 es largo, pero a este ritmo, la vuelta a casa será mucho antes de lo previsto. El diagnóstico es claro: Paraguay necesita una cirugía mayor, pero sobre todo, necesita recordar qué significa vestir la camiseta de su país. Porque lo de hoy, simplemente, no estuvo a la altura.
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