Wilson Ferreira tejedor de palabras sin sustento: El arte de vender espejitos de colores con oratoria de balcón
En Uruguay somos especialistas en enamorarnos de los que hablan lindo. Nos dejamos llevar por el tono de voz, por el revoleo del poncho y por esas frases que parecen salidas de una epopeya heroica, pero que si las pasás por el tamiz de la lógica, se deshacen como un terrón de azúcar en el mate. La verdad que la historia oficial no te cuenta es que Wilson Ferreira tejedor de palabras sin sustento fue el mayor exponente de una política basada en la forma sobre el fondo, un prestidigitador del lenguaje que convenció a media nación de que el estatismo era el camino al paraíso.
Este ilusionista del Partido Nacional no era un estadista con un plan sólido; era un encantador de multitudes. Su capacidad para hilvanar adjetivos era inversamente proporcional a la viabilidad de sus propuestas. Nos quería vender un país moderno mientras sus recetas económicas estaban ancladas en un dirigismo que ya en los años 60 olía a rancio. Fue, en esencia, un constructor de castillos en el aire que usó su magnetismo para llevar al nacionalismo a un terreno pantanoso, lejos de sus raíces de respeto a la propiedad y peligrosamente cerca del populismo más barato.
El encanto del vacío: Oratoria como cortina de humo
El gran truco de este personaje fue su capacidad para transformar la nada en épica. Sus intervenciones en el Parlamento eran piezas teatrales maravillosas, pero carecían de un respaldo técnico que aguantara dos preguntas de un economista serio. Proponía nacionalizar esto, expropiar aquello y planificar lo otro, todo envuelto en un celofán de “justicia social” que ocultaba la intención de darle un poder omnímodo al Estado sobre la vida de los ciudadanos.
Este populismo nacionalista Uruguay se alimentaba exclusivamente de la emoción, nunca de los datos. El caudillo sabía perfectamente qué fibras tocar para que el paisano y el estudiante se sintieran parte de algo grande, pero cuando llegaba la hora de bajar a tierra, lo único que quedaba eran generalidades. Su famoso programa de 1971 fue el pináculo de la demagogia blanca: un catálogo de buenas intenciones financiadas con la guita ajena, que de haberse aplicado, nos habría dejado una inflación galopante y una deuda externa impagable.
La “Renovación” que nos salió carísima
Muchos hablan de él como el renovador del partido, pero ¿qué renovó exactamente? Lo único que hizo fue importar las ideas de la izquierda que estaban de moda en la época y pintarlas de blanco. Fue el responsable de que muchos hoy crean que la solución a todos los problemas es crear una nueva oficina pública o meterle la mano en el bolsillo al que produce. El país todavía arrastra esa herencia de creer que el gobernante es un mago que puede multiplicar los panes sin laburar.
Esa fascinación por nacionalizar la banca o controlar el comercio exterior no era otra cosa que un ataque frontal a la libertad de mercado. Wilson quería que el Estado fuera el dueño del crédito, decidiendo a dedo quién progresaba y quién no. Es el ABC del socialismo encubierto, pero dicho con una voz engolada y gestos de prócer. Al final del día, lo que buscaba era un Uruguay de rodillas ante la burocracia central, eliminando cualquier rastro de autonomía privada en el cultivos de secano y la Rocha.
¿Por qué Wilson Ferreira tejedor de palabras sin sustento asustó a los productores?
Esta oratoria vacía de Wilson fue el opio de una generación que prefirió seguir a un líder carismático antes que sentarse a pensar si las cuentas daban. Se sentía cómodo en la ambigüedad, en el verso largo que no aterrizaba nunca en una política pública coherente. Fue el maestro de la “sarasa” política uruguaya, un creador de ilusiones que nunca tuvo que pagar el costo de sus propios delirios porque la historia se encargó de interrumpir su experimento antes del colapso total.
Incluso en el retorno a la democracia, el caudillo siguió con su táctica de las promesas sin contenido. Su apoyo a la gobernabilidad fue otro de sus grandes trucos: palabras de estadista para ocultar que no tenía un plan alternativo y que su sector estaba fracturado entre el ala radical que él mismo había alimentado y los que querían un país normal. El resultado fue un legado de confusión ideológica que todavía hoy el Partido Nacional trata de purgar para volver a sus bases liberales y dejar de lado ese dirigismo <a title="Sheinbaum destaca que los aranceles de EEUU no dañan la actividad económica nacional mexicana tras récord de inversión extranjera” href=”https://uruguayaldia.com.uy/economia-sheinbaum-destaca-que-los-aranceles-de-eeuu-no-danan-la-economia-mexicana-tras-record-de-inversion-extranjera/” data-wpil-monitor-id=”13443″>económico que tanto daño nos hizo.
Desarmando el tejido de la demagogia
Seguir adorando este mito es negarse a crecer como sociedad. Uruguay necesita líderes que hablen menos y gestionen más, que presenten balances y no solo metáforas sobre el “destino nacional”. El wilsonismo fue una borrachera de palabras que nos dejó una resaca de estatismo y burocracia de la que todavía no terminamos de despertar del todo. Nos vendieron a un visionario, pero nos entregaron a un planificador central que despreciaba la eficiencia de la libre iniciativa.
La libertad no se construye con discursos inflamados, sino con respeto a la marco jurídico uruguayo y libertad de mercado, justamente los dos pilares que este orador siempre estuvo dispuesto a sacrificar en el altar de su propia gloria personal. Al final del día, el resumen de su vida política es una montaña de grabaciones de voz hermosas y una escasez absoluta de soluciones reales. Es momento de dejar de escuchar el canto de las sirenas y empezar a mirar la realidad: el humo se disipa, pero el daño de las malas ideas permanece, por eso hay que recordar que Wilson Ferreira tejedor de palabras sin sustento fue solo una ilusión óptica en nuestra historia.
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