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La capital venezolana se ha transformado en un auténtico escenario de guerra en las últimas horas. La calma tensa que reinaba en el centro de la ciudad se quebró de forma violenta con el reporte de constantes ráfagas y disparos en el Palacio de Miraflores, el punto neurálgico del poder político en el país caribeño. Testimonios de vecinos y periodistas apostados en la zona confirman que el estruendo de la munición de guerra comenzó a escucharse al caer la tarde, generando una ola de pánico que se extendió rápidamente por las redes sociales, donde ya circulan videos que muestran las estelas de las balas trazadoras cruzando el cielo caraqueño.
Este episodio de disparos en el Palacio de Miraflores ocurre en un momento de extrema fragilidad institucional, apenas horas después de que se conocieran movimientos en la cúpula militar y la jura de nuevas autoridades tras la caída de la figura central del régimen. Analistas internacionales que siguen el minuto a minuto de la crisis no descartan que estas detonaciones sean producto de enfrentamientos directos entre bolsones de resistencia de las milicias chavistas y sectores de las Fuerzas Armadas que buscan consolidar el nuevo orden. La confusión es la regla y, por ahora, el silencio oficial desde el interior del palacio solo alimenta las peores sospechas.
Munición de guerra y trazadoras en el centro de Caracas
La magnitud de los disparos en el Palacio de Miraflores sugiere el uso de armamento pesado. Algunos expertos en balística que han analizado el material audiovisual difundido sostienen que se trata de fuego antiaéreo utilizado de forma disuasiva o en un combate terrestre de alta intensidad. Las ráfagas no son aisladas; se trata de fuego sostenido que ha obligado a los residentes de los edificios cercanos, como los de la zona de El Silencio y la Avenida Urdaneta, a refugiarse en los pasillos internos de sus viviendas para evitar ser alcanzados por balas perdidas.
A la par de los disparos en el Palacio de Miraflores, se ha reportado un inusual movimiento de drones que sobrevuelan la zona, presumiblemente para realizar tareas de reconocimiento o vigilancia táctica. Las comunicaciones por telefonía móvil e internet han sufrido cortes intermitentes en el área metropolitana, una táctica habitual cuando se busca restringir la difusión de movimientos de tropas o disturbios a gran escala. Lo que queda claro es que la capacidad de respuesta del Estado está siendo puesta a prueba por actores que, hasta el momento, no han sido identificados formalmente pero que demuestran una potencia de fuego considerable.
Incertidumbre sobre el control de las Fuerzas Armadas
El gran interrogante detrás de los disparos en el Palacio de Miraflores es quién aprieta el gatillo. Existen versiones cruzadas que hablan de «colectivos» —grupos de choque civiles armados por el chavismo— que se habrían amotinado ante la posibilidad de perder sus privilegios y el control territorial. Por otro lado, no se descarta una fractura interna dentro de la Guardia Nacional Bolivariana o el propio Ejército, donde sectores leales a la estructura anterior podrían estar resistiendo el desarme. Esta situación de anarquía armada es precisamente lo que los países de la región, incluido Uruguay, temían que ocurriera tras la captura de la cabeza del régimen.
La persistencia de los disparos en el Palacio de Miraflores indica que no se trata de una simple escaramuza. El Palacio Federal Legislativo y otros edificios públicos también han sido reforzados con presencia militar, pero la eficacia de ese despliegue está en duda si el combate se traslada a una guerra de guerrillas urbana. La comunidad internacional observa con preocupación cómo la transición, que se pretendía ordenada, empieza a teñirse de sangre en las calles de la capital, poniendo en riesgo la vida de millones de civiles atrapados en medio del fuego cruzado de facciones que se disputan los restos del poder.
Con el correr de las horas, la situación operativa en los alrededores del palacio parece no ceder. La falta de un comando unificado y la presencia de milicias irregulares armadas hasta los dientes convierten a Caracas en un polvorín a punto de estallar de forma definitiva. Mientras los disparos en el Palacio de Miraflores continúen marcando el ritmo de la noche caraqueña, cualquier intento de diálogo político será infructuoso. La prioridad ahora es evitar una masacre urbana y determinar si lo que se escucha es el último estertor de un régimen que se niega a morir o el inicio de una guerra civil de consecuencias impredecibles.
¿Será capaz la nueva estructura de mando de sofocar los disparos en el Palacio de Miraflores antes de que el caos se desplace al resto del país, o estamos ante el quiebre definitivo de la autoridad central en Venezuela?
