Inicio PolíticaDiez partidos alternativos que intentaron desafiar la cultura del Estado uruguayo actual

Diez partidos alternativos que intentaron desafiar la cultura del Estado uruguayo actual

El fracaso de la derecha liberal en Uruguay se explica por la fragmentación y la hegemonía de un Estado batllista que asfixia cualquier intento de cambio

por Marília SoaresMarília Soares
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Derecha liberal en Uruguay historia partidos

La resistencia que el relato oficial intentó enterrar

En una tierra donde el batllismo se respira como si fuera oxígeno, hablar de libertad individual parece una herejía. Uruguay ha construido su identidad sobre la base de un Estado omnipresente, un Gran Padre que todo lo ve y todo lo regula. Esta cultura política, cimentada desde principios del siglo XX, no solo ha coartado el crecimiento económico, sino que ha silenciado las voces de quienes, desde la derecha liberal en Uruguay, intentaron proponer un camino diferente. Mientras la izquierda ha sabido construir una mística de sus derrotas para convertirlas en victorias culturales, los liberales hemos permitido que nuestro legado se cubra de polvo en las actas de la Corte Electoral.

La historia mainstream, esa que se enseña en el Liceo y se repite en las facultades, nos dice que la única alternativa al orden tradicional fue el Frente Amplio. Mentira. Hubo hombres y mujeres que, mucho antes de 1971, entendieron que el verdadero enemigo no era tal o cual caudillo, sino la centralización asfixiante de Montevideo y el crecimiento exponencial del sector público. Rescatar estas historias no es solo un ejercicio de nostalgia; es una necesidad urgente para entender por qué seguimos tropezando con la misma piedra estatista.

La Unión Democrática y el primer grito contra el intervencionismo

En 1919, cuando el batllismo estaba en su apogeo transformador, nació la Unión Democrática. No era un grupo de teóricos de café, sino una fuerza con matriz productiva encabezada por figuras de la talla de José Irureta Goyena y el propio Francisco Piria. Estos hombres veían con pánico cómo el Estado empezaba a meterse en los bolsillos de los productores rurales y los comerciantes. La derecha liberal en Uruguay tuvo aquí su bautismo de fuego, intentando representar al sector empresarial frente a una partidocracia dirigida por doctores y militares que nunca habían levantado una cosecha.

Piria, a quien hoy los «progresistas» intentarían tildar de fascista, era en realidad un federalista convencido, un socioliberal que soñaba con comunidades descentralizadas. Sin embargo, la Unión Democrática sucumbió ante la polarización de los partidos tradicionales. El 0,6% de los votos que obtuvieron en aquella elección no fue un fracaso de las ideas, sino el resultado de un sistema diseñado para aplastar a cualquier tercera opción que no se arrodillara ante los lemas históricos. Fue el primer aviso de que, en Uruguay, la libertad tiene un precio electoral muy caro.

El ruralismo como bastión de resistencia al centralismo

La agresión del batllismo al campo generó respuestas que la microhistoria apenas registra. El Partido Agrario Popular (1925) y el Partido Agrario (1928) fueron expresiones genuinas de pequeños y medianos productores del interior que se sintieron traicionados por el Partido Nacional. Estos movimientos, puramente outsiders, representaban la rabia del Uruguay profundo contra la «ciudad-estado» que los esquilmaba para financiar la burocracia capitalina. Es el mismo sentimiento que décadas después veríamos en el Partido Agrario y del Trabajo de Domingo Moizzo, un salteño que logró arañar unos pocos miles de votos en 1966.

El drama del ruralismo liberal es que terminó siendo fagocitado por el Partido Nacional. Benito Nardone entendió que la única forma de ganarle al batllismo era desde adentro de la estructura, creando el herrero-ruralismo. Pero en ese proceso, se perdió la pureza del mensaje antiestatista. La derecha liberal en Uruguay cedió su independencia a cambio de una cuota de poder que, a la larga, terminó manteniendo las mismas estructuras burocráticas que prometía combatir. El resultado fue un triunfo electoral, pero una derrota ideológica total.

Los blancos que no se doblegaron ante la partidocracia

Ser blanco en Uruguay fue, durante mucho tiempo, sinónimo de federalismo y resistencia al poder central. Pero incluso dentro de la divisa, hubo quienes sintieron que el Partido Nacional se volvía demasiado «montevideano». Así surgieron el Partido Saravista de 1934 y la Concentración Patriótica Cándida Díaz de Saravia. Estos sectores no eran simples escisiones estratégicas; eran blancos que huían hacia la derecha, buscando un liberalismo a la americana, lejos del jacobinismo francés que infectaba a la capital.

En Cerro Largo, la Concentración de José Antonio Otamendi llegó a superar al Partido Comunista en votos. Esto nos dice algo fundamental: el sentimiento liberal y federal estaba vivo en el interior. No era un capricho de intelectuales, sino la identidad de un pueblo que no quería ser gobernado desde un escritorio en 18 de Julio. Sin embargo, la historia oficial prefiere recordar a los «blancos de izquierda» o a los «nacionalistas independientes» que terminaron siendo funcionales al estatismo colorado. El saravismo liberal fue enterrado bajo una alfombra de conveniencia partidaria.

El renacer de los partidos liberales en el siglo XXI

Llegando a tiempos más recientes, la aparición del Partido Liberal en 1966 y su resurgimiento en 2002 marcaron intentos de darle una estructura puramente ideológica a la libertad. Figuras como Ramón Díaz o Jorge Borlandelli intentaron, con una honestidad brutal que la política uruguaya no tolera, proponer reformas de mercado serias. El Partido Liberal del 2002 fue el primero en hablar de «defensa del contribuyente» sin pelos en la lengua. Obtuvieron 1.548 votos. Un número ridículo para la calidad de sus propuestas, pero una hazaña en un país que castiga al que propone dejar de vivir de la teta del Estado.

Hoy, el panorama parece repetirse con la proliferación de nuevas siglas como el Partido Libertario, Patria Alternativa o Por los cambios necesarios. La derecha liberal en Uruguay sufre del mismo mal que hace 100 años: la fragmentación absoluta. Mientras la izquierda entendió que la unidad era la única forma de romper la hegemonía de los partidos tradicionales, la derecha sigue peleándose por matices teóricos mientras el país se hunde en el gasto público récord y la falta de competitividad.

El espejo de la izquierda y el desafío de la unidad

Si miramos los números fríamente, la derecha rupturista de hoy tiene la misma cantidad de partidos que tenía la izquierda antes de la creación del Frente Amplio. De los últimos diez partidos inscriptos en la Corte Electoral, seis pertenecen al espectro de la derecha liberal o libertaria. El diagnóstico está claro y la demanda social existe, pero el mensaje se diluye en una sopa de letras que le deja el campo libre a los «falsos profetas» que prometen cambios para que nada cambie.

La historia de estos diez partidos alternativos es la historia de una resistencia que no supo unirse. La partidocracia uruguaya es experta en absorber y neutralizar las ideas de libertad, convirtiéndolas en simples eslóganes de campaña que se olvidan al asumir el cargo. El desafío para la derecha liberal en Uruguay no es solo ganar votos, sino ganar la batalla cultural en las calles, en las escuelas y en las redes, para que la próxima vez que alguien hable de bajar impuestos, no se lo vea como un bicho raro, sino como el único camino posible hacia el progreso real.

¿Seremos capaces de aprender de un siglo de derrotas y unificar las fuerzas de la libertad, o seguiremos permitiendo que el relato batllista escriba nuestro futuro mientras nosotros coleccionamos lemas electorales que nadie recuerda?

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