La tarde en el barrio salteño se transformó en cuestión de segundos. El humo negro, espeso y tóxico, que salía de una vivienda precaria en la calle Charrúa, puso en alerta a todo el vecindario. Eran chapas, madera y desesperación lo que ardía en una finca que, para sus moradores, significaba todo. En medio de la confusión y el caos que siempre preceden a la llegada de los bomberos, alguien decidió no mirar desde lejos y pasar a la acción. Ese alguien era Álvaro Da Cunda.
Da Cunda no era un desconocido en Salto. Referente de la Lista 770 y exsecretario de la Junta Departamental, su nombre estaba asociado al trabajo de territorio y al diálogo. Pero este sábado, su compromiso fue más allá de los despachos políticos. Al llegar al lugar del foco ígneo, se sumó a los vecinos que intentaban frenar el desastre. Fue en medio de ese esfuerzo, bajo la tensión y el aire viciado por las llamas, que su cuerpo no resistió. Sufrió una descompensación severa —un paro cardiorrespiratorio— que terminaría siendo fatal poco después, en un centro asistencial.

Un referente del diálogo que trasciende banderas
La noticia golpeó fuerte. En Salto, una ciudad donde las distancias políticas a veces se acortan por el trato diario, el fallecimiento de Da Cunda generó una reacción unánime de respeto. No importó el color de la lista ni la agrupación política; lo que se fue es un hombre que, incluso en la trinchera del activismo político, supo mantener las formas.
Facundo Marziotte, director de Desarrollo Social de la Intendencia de Salto, lo definió mejor que nadie al recordar el tiempo que compartieron en la Junta Departamental. “Fue un hombre de diálogo, de buen trato y con quien siempre mantuvimos una relación cordial, más allá de las diferencias”, confesó. Y es que Da Cunda era de esos militantes que entendían que la política, antes que nada, es una herramienta para conectar con el otro, ya sea en una bancada o ayudando a un vecino frente a un incendio.

El vacío en la Lista 770
Desde la Lista 770, donde su trabajo de militancia era constante, el mensaje fue directo al hueso: “Se va un compañero entrañable, una maravillosa persona y un gran militante social”. Las redes sociales se llenaron de mensajes de quienes compartieron con él jornadas de campaña, discusiones políticas y el trabajo silencioso de construir una fuerza política en el departamento.
Para los que conocían su ritmo de vida, su muerte resulta un golpe duro. Álvaro Da Cunda estaba siempre donde las cosas pasaban. No era de los que especulaba desde la comodidad de una oficina. La imagen de él ayudando en ese incendio es, quizás, la foto más honesta de quién fue: alguien que se involucraba.
Salto de luto
Mientras las pericias de bomberos intentan determinar qué causó el incendio que destruyó la finca, el barrio intenta procesar lo sucedido. La solidaridad de los vecinos, que en un principio buscaba salvar una casa, terminó convirtiéndose en el escenario de una despedida inesperada.
Salto pierde a un dirigente, pero sobre todo, pierde a un vecino que entendió que la política se ejerce en la calle, en la urgencia y en el mano a mano con la gente. Álvaro Da Cunda se fue como vivió: tratando de tender una mano. Hoy, su memoria queda como el ejemplo de lo que debería ser la militancia en su estado más puro: desinteresada, humana y siempre al servicio de la comunidad.
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