El Estadio Azteca está listo. Las luces, el césped impecable y el despliegue de seguridad ya anticipan la fiesta que el mundo entero mirará por televisión. Pero a unas pocas cuadras de ese escenario, en los rincones donde la pintura de los edificios se descascara y el ruido de la ciudad no descansa, otra realidad se impone. Mientras miles de hinchas llegan a Ciudad de México, los colectivos de búsqueda de personas desaparecidas preparan sus pancartas. Saben que tienen ante sí un auditorio global y no piensan dejar pasar la oportunidad de mostrar la otra cara del país: la de las 133.000 ausencias que el Gobierno no ha logrado explicar.
“No es que queramos arruinar la fiesta”, dice una madre mientras ajusta la foto plastificada de su hijo en un cartel, “es que la fiesta es imposible cuando te falta un pedazo de vida”. En los grupos de WhatsApp que aglutinan a los colectivos, la logística de las marchas se mezcla con los pedidos desesperados de información. Este miércoles, cuando la pelota empiece a rodar, ellos no estarán mirando el marcador; estarán marchando hacia el Zócalo.

El contraste que duele
El contraste es visualmente brutal. De un lado, las fan zones con pantallas gigantes y banderas de todas las naciones; del otro, las fichas de búsqueda pegadas en postes de luz, en las paradas del Metro y en las paredes que rodean las zonas turísticas. La idea es simple pero devastadora: que el periodista extranjero, el turista europeo y el delegado de la FIFA no puedan caminar por Ciudad de México sin tropezarse con el rostro de alguien que no aparece.
En las zonas aledañas al estadio, la seguridad se ha triplicado. La administración de la presidenta Claudia Sheinbaum ha dejado claro que el evento debe transcurrir sin sobresaltos. Sin embargo, el derecho a la protesta pacífica se ha convertido en el nuevo terreno de disputa. Docentes de la CNTE y colectivos de víctimas coinciden en una sola cosa: el Mundial es el altavoz que no han tenido en años. Si el mundo va a mirar a México, que vea también los agujeros negros que dejó la violencia.
La impunidad que no descansa
Detrás de cada cifra —ese número frío de 133.000 desaparecidos— hay una cena que nunca se sirvió, una cama vacía y una espera que se mide en años. Los colectivos no piden favores; exigen verdad. La impunidad, esa sombra que parece haberse enquistado en las estructuras judiciales mexicanas, es hoy el mayor enemigo de estas familias.
Mientras los discursos oficiales hablan de un país preparado para recibir al mundo, en las oficinas de búsqueda se acumulan los expedientes cerrados por falta de pruebas o desinterés. La movilización durante estos días de Mundial es, en esencia, un intento de romper el cerco mediático. Quieren que las cámaras que vinieron a filmar goles enfoquen, aunque sea un segundo, el drama de quienes siguen buscando en fosas, en registros y en cada esquina de la capital.
Un país en tensión
Para el gobierno de Sheinbaum, el Mundial es una prueba de fuego doble. Por un lado, la organización logística; por el otro, el manejo de un descontento social que no parece dispuesto a callar por una ceremonia de apertura. Las autoridades insisten en que habrá garantías para todos, pero la tensión en la calle es palpable. El operativo de seguridad es una maquinaria engrasada para disuadir, pero para un padre que lleva cinco años sin saber de su hija, el miedo hace tiempo que dejó de ser un factor determinante.
Cuando el árbitro dé el pitido inicial, habrá un México que celebra y otro que busca. El Mundial 2026 será recordado, sin duda, por lo que pase dentro del campo, pero para miles de familias será el escenario donde, finalmente, intentaron que el mundo supiera que en México, además de fútbol, se vive una de las crisis humanitarias más graves del continente.
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