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El vacío de poder y la orfandad del electorado
Lo que Eduardo Bottinelli, director de Factum, puso sobre la mesa en su reciente entrevista con el semanario Búsqueda es mucho más que un conjunto de fríos números de opinión pública. Es el diagnóstico de una crisis de liderazgo en Uruguay que se viene gestando en silencio, alimentada por un gobierno que no logra sostener el timón de la agenda pública y una oposición que, a pesar de los errores ajenos, no consigue capitalizar el descontento. El dato es demoledor: un 59% de los uruguayos considera que ni el oficialismo ni la oposición están actuando mejor que el otro. En criollo, estamos ante un empate en la mediocridad que deja a la ciudadanía en un estado de apatía peligrosa.
Esta crisis de liderazgo en Uruguay se manifiesta en una pérdida de control de agenda por parte de la administración de Yamandú Orsi. El diálogo y la búsqueda de consensos, que inicialmente fueron vistos como una fortaleza de «seriedad», se están transformando en una debilidad operativa. Mientras el Poder Ejecutivo avanza a paso de tortuga para no romper ningún plato, los temas le explotan en la cara y la oposición le marca la cancha con interpelaciones constantes que, aunque desgastan la herramienta, logran visibilizar la falta de una conducción firme.
El desierto que dejaron los caudillos y la orfandad del Frente
No se puede hablar de la crisis de liderazgo en Uruguay sin mirar el vacío que dejaron figuras como Tabaré Vázquez, José Mujica y Danilo Astori. El Frente Amplio hoy transita un proceso de renovación que parece más una «revolución de las pequeñas cosas» que una propuesta transformadora. Orsi, según Bottinelli, todavía no es visualizado como el líder indiscutido de su fuerza política. Su estilo de leer discursos para evitar «errores de fondo» revela una inseguridad que el electorado percibe. El núcleo duro militante le reclama acciones, mientras que el círculo más centrista se conforma con que no se «muevan las estanterías», dejando al gobierno en una parálisis por análisis que no conforma a nadie.
Esta falta de referentes de peso es el caldo de cultivo ideal para que el país sin rumbo político derive en fenómenos disruptivos. Bottinelli advierte que el descreimiento alcanza ya al 28% de los votantes. Cuando la gente empieza a sentir que «la política no es la solución a sus problemas», aparecen los Sartori, los Salle o los Milei. En Uruguay ya hemos visto gérmenes de esto en las últimas elecciones con expresiones que captan el voto castigo, ese «botín electoral» de los descontentos que los partidos tradicionales no saben cómo reclamar.
La estrategia del silencio y el riesgo del desgaste
Por el lado de la coalición republicana, la falta de conducción en el gobierno también juega sus cartas. Luis Lacalle Pou parece haber optado por una estrategia de distanciamiento, preservando su imagen al no bajar al barro de la discusión diaria en el Senado o el directorio del Partido Nacional. Es inteligente, sí, pero tiene un límite: si cada vez que el expresidente sale a hablar es para defenderse de cuestionamientos a su gestión (como los casos Arazatí o Cardama), su figura dejará de ser la de un líder nacional para convertirse en la de un bombero apagando incendios propios.
La oposición, aunque crece levemente en aprobación, corre el riesgo de agotar su discurso con una crispación que solo resuena en las cámaras de eco de las redes sociales. Bottinelli es claro: la mayoría de los uruguayos son «dialoguistas». La crisis de liderazgo en Uruguay se agrava cuando los políticos eligen hablarle solo a su barra brava, olvidando que el grueso del electorado quiere soluciones concretas a la inseguridad, la educación y la pobreza infantil, y no una pelea de vedetismo parlamentario que no le cambia la vida a nadie.
Un futuro incierto ante la falta de soluciones reales
El diagnóstico final es una advertencia para todo el sistema político. Si no se logra cerrar la brecha de Uruguay en busca de líderes, el país podría encaminarse hacia un escenario regional de fragmentación y mesianismos. Hoy no aparecen nombres que generen una adhesión masiva y espontánea. Los posibles candidatos para el 2029 se barajan en un abanico tan amplio que delata la falta de figuras de recambio con trayectoria y peso propio. El desinterés no es casualidad; es el resultado de una campaña electoral permanente que aburre a un ciudadano que ve cómo sus necesidades básicas siguen en lista de espera.
La política uruguaya se encuentra en una encrucijada donde la gestión ya no alcanza para sustituir al liderazgo real. La crisis de liderazgo en Uruguay se resuelve con coraje político y con una visión de país que trascienda la próxima encuesta de Factum. Mientras el gobierno siga «leyendo para no cometer errores» y la oposición se pierda en el ruido mediático, el 28% de descreídos seguirá creciendo, esperando a que alguien les diga que la política todavía sirve para algo más que para ganar elecciones.
¿Será capaz la actual generación de políticos uruguayos de entender que su mayor enemigo no es el bloque de enfrente, sino la indiferencia de un pueblo que ya no les cree?
