El escenario internacional donde Uruguay ya no es invitado
El tablero mundial se mueve por intereses y, sobre todo, por lealtades claras, algo que la administración de Yamandú Orsi parece no haber terminado de digerir. Según las duras declaraciones de Washington Abdala, nuestro país ha dejado de pertenecer al selecto Club de amigos de los Estados Unidos. Este distanciamiento con el gobierno de Donald Trump no es una «aventura independentista» romántica; es un error de cálculo que nos está borrando del mapa de las inversiones y la seguridad hemisférica por puro prejuicio ideológico.
Desde que el Frente Amplio volvió al piso 11, la señal hacia la potencia del norte fue de enfriamiento constante. El episodio de la captura de Nicolás Maduro en enero fue el primer portazo: mientras el mundo libre celebraba el golpe al Cártel de los Soles, la Cancillería de Orsi sacaba comunicados de «preocupación». Para Abdala, no saber jugar con Washington es no entender cómo funciona el mundo real hoy, donde las cuotas de mercado y el teléfono directo valen más que cualquier papel firmado.
El costo de darle la espalda a los aliados históricos por abrazar a China
La exclusión de nuestro país de foros clave es la prueba más ácida de este fracaso. Uruguay no fue invitado a la Junta de Paz de Trump ni a la Cumbre Escudo de las Américas en Florida. Al quedar fuera de los socios estratégicos, el país perdió el acceso a una coalición regional contra el crimen organizado y, lo que es peor, vio cómo se suspendía el régimen migratorio favorable para los ciudadanos uruguayos. El mensaje de la Casa Blanca fue cortito y al pie: si te vas con Beijing, no esperes los beneficios de ser un par cercano.

La decisión de Orsi de priorizar una gira por el gigante asiático antes que buscar un acercamiento con la nueva gestión norteamericana fue vista como un desplante innecesario. Llevar una delegación de 150 personas a Beijing, con sindicalistas incluidos, para profundizar lazos con Xi Jinping, terminó de fracturar los activos diplomáticos que se habían logrado anteriormente. Mientras Argentina y Paraguay se posicionan como cooperadores necesarios, nosotros parecemos estar más cómodos sacando comunicados junto a Pedro Sánchez y Lula da Silva.
¿Ideología o pragmatismo? La crítica de Washington Abdala
Para el exembajador ante la OEA, la gestión actual está «cooptada» por una visión que se resiste a ver la realidad. El diplomático es tajante: Uruguay no está en ningún portafolio relevante para los intereses del norte. Al no formar parte de ese entorno privilegiado, el país deja de ser proactivo en el mundo para convertirse en un espectador que solo reacciona con tibieza ante las dictaduras de la región. La falta de una condena firme a regímenes como el de Venezuela o Cuba nos aleja de los estándares que exige la inversión privada de calidad.
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Pérdida de activos: Se cayeron los avances en el acuerdo transpacífico y las negociaciones por las visas.
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Inversión en riesgo: Sin el aval de los socios tradicionales, atraer capitales estadounidenses es una misión casi imposible.
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Aislamiento en seguridad: Quedar fuera de la Cumbre de Florida nos deja vulnerables ante el avance del narcotráfico.
La comparación con los vecinos es inevitable. Javier Milei entendió que para defender el interés nacional hay que estar donde se toman las decisiones. En cambio, nuestra diplomacia parece no comprender que el desarrollo depende de la inversión y que la inversión depende de la confianza. Estrechar lazos con Irán o criticar operaciones militares contra narco-dictadores no es el camino para recuperar el volumen de juego que un país pequeño necesita para no ser irrelevante en la región.

Un país a la deriva en el tablero internacional
En definitiva, formar parte del Club de amigos de las grandes potencias requiere inteligencia y no anteojeras ideológicas. El giro hacia Beijing y el desplante a la administración Trump nos coloca en una posición de extrema fragilidad. Abdala lo resumió perfectamente: ser patriota es defender los intereses nacionales con pragmatismo. Hoy, lamentablemente, estamos perdiendo nuestro capital diplomático por no saber pararse del lado correcto en un mundo que no perdona las medias tintas.
Si no se recupera el norte y se vuelve a entablar una relación seria con nuestros socios históricos, el costo lo terminaremos pagando todos. El aislamiento no es soberanía, es simplemente falta de visión comercial y política. Para volver a ser respetados, el gobierno debe dejar de emitir comunicados vacíos y empezar a jugar fuerte en el tablero donde realmente se define la prosperidad de nuestra gente. Porque al final del día, quedarse solo en este mundo significa perder el tren del desarrollo.
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