|
Getting your Trinity Audio player ready... |
Hay palabras que el poder autoritario repite hasta vaciarlas de sentido y convertirlas en una burla para las víctimas. En la Venezuela actual, hablar de «justicia» o «libertad» resulta obsceno mientras en el corazón de Caracas siga operando el centro de tortura El Helicoide. Este edificio, que originalmente fue proyectado como un lujoso centro comercial en los años 50, hoy funciona como un monumento al horror y una prueba irrefutable de que la violencia estatal es una política de Estado planificada minuciosamente para quebrar la voluntad de la disidencia.
La existencia del centro de tortura El Helicoide no es un error de procedimiento ni el exceso de un funcionario descarriado. Es, por el contrario, la herramienta principal del SEBIN (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional) para administrar el miedo a través del dolor sistemático. Allí no se busca la verdad ni se respetan las garantías procesales; el único objetivo es deshumanizar a mujeres, hombres y menores de edad que son reducidos a objetos bajo métodos que incluyen golpes, descargas eléctricas y simulacros de ejecución.
Tabla de contenidos
El funcionamiento sistemático del horror en Caracas
Los testimonios de quienes lograron salir con vida de ese infierno son desgarradores y coinciden en una estructura de castigo que no deja nada al azar. En el centro de tortura El Helicoide, los detenidos pasan meses sin ver la luz del sol, confinados en celdas donde el hacinamiento obliga a comer y defecar en el mismo espacio. La tortura psicológica es constante: desde el robo de medicamentos esenciales para enfermos crónicos hasta el uso de bolsas de plástico para generar asfixia mecánica hasta la pérdida del conocimiento.
Lo más alarmante es la naturalización de estas prácticas por parte de la cúpula política venezolana. No es un secreto guardado bajo llave; es un símbolo de poder que se exhibe con orgullo, al punto de que el propio Nicolás Maduro ha recibido maquetas del edificio como si fuera un emblema de eficiencia institucional. Sin embargo, detrás de esos muros de hormigón, el centro de tortura El Helicoide es una escena del crimen permanente donde el derecho internacional es pisoteado diariamente ante la mirada, a veces indiferente, de la región.
Desapariciones forzadas y criminalización de la ayuda humanitaria
Dentro del centro de tortura El Helicoide conviven líderes sindicales, jóvenes universitarios y trabajadores humanitarios cuya única falta fue intentar paliar la crisis del país. El sistema judicial venezolano complementa el trabajo de los torturadores con condenas absurdas de hasta 16 años por delitos fabricados en despachos policiales. Los allanamientos nocturnos sin orden judicial suelen ser el preludio de una desaparición forzada que termina invariablemente en los calabozos del SEBIN, donde la identidad de la persona es anulada.
La administración de la tortura en el centro de tortura El Helicoide tiene un carácter sexual y psicológico que busca dejar marcas imborrables no solo en el cuerpo, sino en el tejido familiar. Madres y esposas peregrinan por las cercanías del edificio esperando una noticia que rara vez llega, mientras adentro se ejecutan rutinas de humillación diseñadas para que el preso político se convierta en un ejemplo de lo que le sucede a quien se atreve a levantar un cartel o protestar por sus derechos básicos.
El costo político del silencio ante la barbarie
Negar la realidad de lo que ocurre en el centro de tortura El Helicoide ya no puede atribuirse a la ignorancia; a estas alturas, es una forma de complicidad ideológica. El sistema represivo necesita de estas estructuras para sostenerse en el poder, ya que ha perdido cualquier capacidad de convencer a la ciudadanía por la vía democrática. Sin embargo, el eco de los testimonios de los sobrevivientes atraviesa los muros y se transforma en una herramienta de resistencia que, tarde o temprano, pondrá a los verdugos frente a la justicia internacional.
La historia uruguaya, marcada por sus propias cicatrices de autoritarismo, debería servir como brújula para no callar ante estos crímenes de lesa humanidad. El centro de tortura El Helicoide es hoy la metáfora perfecta de una nación sometida, pero también es el recordatorio de que ningún sistema basado en el dolor es eterno. El registro de cada golpe y de cada vejación queda guardado en la memoria de un pueblo que, a pesar de la extorsión permanente, sigue encontrando formas de transformar el miedo en una demanda innegociable de libertad.
¿Hasta qué punto el pragmatismo diplomático de los países vecinos termina validando la existencia de lugares como el centro de tortura El Helicoide, y cuál será la responsabilidad histórica de quienes eligieron mirar para otro lado?