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Bettiana Díaz aplicó censura en el Senado para proteger el relato chavista

Bettiana Díaz utilizó el reglamento como escudo para callar las denuncias contra el chavismo. El cruce con Da Silva dejó al desnudo complicidades.

por Marília SoaresMarília Soares
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Sebastián Da Silva enfrenta censura en el Senado
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Censura en el Senado: no hay otra forma de calificar el bochornoso espectáculo que brindó la cámara alta en las últimas horas. Lo que ocurrió no fue un simple intercambio de pareceres reglamentarios, sino una escena reveladora que funcionó como un espejo incómodo para la izquierda uruguaya. El intento de silenciar al senador Sebastián Da Silva desnudó una verdad que el Frente Amplio intenta enterrar bajo siete llaves: su histórica defensa política, ideológica y, sobre todo, moral del régimen sanguinario de Nicolás Maduro.

La moción de censura en el Senado aplicada por la presidenta de turno, Bettiana Díaz, no tuvo como objetivo cuidar las formas, sino blindar un relato que se cae a pedazos. Da Silva no hizo más que poner en palabras lo que está documentado en cada rincón del continente: que la izquierda uruguaya fue el soporte diplomático de una dictadura mientras el pueblo venezolano era torturado y empobrecido. Al apagar el micrófono, Díaz no actuó como una árbitra imparcial, sino como una comisaria política encargada de disciplinar a quien se atreve a romper el silencio cómplice que reinó durante años.

El reglamento como mordaza y la censura en el Senado

Bettiana Díaz invocó las normas parlamentarias para frenar un discurso que le quemaba las manos. Sin embargo, el ddebate de censura en la Cámara Alta no puede ser justificada por un artículo reglamentario cuando lo que se está haciendo es poner una mordaza moral a la casa de la democracia. El Parlamento debería ser el templo de la verdad, pero bajo la conducción de quienes romantizaron el autoritarismo caribeño, se ha transformado en un búnker de protección ideológica. Da Silva habló de la «caja de Pandora», y el pánico en los rostros del oficialismo opositor fue más que evidente.

Bettiana Díaz aplica censura en el Senado

La presidenta del cuerpo invocó el reglamento para ejercer censura en el Senado

Lo grave no es que se pida moderación, sino qué es exactamente lo que se quiso moderar mediante la censura en el Senado. Díaz intentó moderar el recuerdo de una izquierda que recibió a Maduro con alfombra roja y abrazos fraternales. Quiso censurar la mención a los negocios oscuros, a los dólares que fluyeron bajo la mesa y a los contratos que hoy nadie quiere explicar en la calle Colonia. Cuando la verdad es tan contundente que no admite réplica, el recurso de los mediocres es siempre el mismo: el autoritarismo del botón de silenciar.

Venezuela: un fracaso moral bajo la censura en el Senado

La censura en el Senado es el síntoma febril de una enfermedad más profunda: el fracaso moral de quienes antepusieron la afinidad ideológica a los derechos humanos más elementales. Venezuela no fue un error de cálculo diplomático del Frente Amplio; fue una decisión consciente de apoyar a un tirano mientras expulsaba a millones de sus ciudadanos al exilio. Hoy, cuando la caída de Maduro deja al descubierto los archivos del horror, la izquierda uruguaya corre desesperada a apagar las luces y cerrar las puertas de la discusión pública para que nadie los señale.

No es Da Silva el problema, ni su tono, ni sus formas de «pueblo». El problema real, el que genera la censura que sacudió al Senado, es el contenido de su denuncia. Lo que se dijo en sala es una realidad legal y política que ya no se puede reglamentar ni borrar con un golpe de mallete. Cada vez que Bettiana Díaz interrumpe a un legislador por mencionar las complicidades del pasado, le está diciendo al Uruguay entero que la democracia le queda grande cuando los datos contradicen sus sueños revolucionarios de cafetín.

El precio de la complicidad y la censura en el Senado

Uruguay ha pagado un precio altísimo en términos de credibilidad democrática por culpa de estos silencios comprados. La censura política en el Senado es el último manotazo de ahogado de quienes saben que, tarde o temprano, los libros se van a abrir y los nombres van a quedar expuestos. Las relaciones carnales con el chavismo dejaron una mancha que no sale con reglamentos de cámara ni con pedidos de orden. La ciudadanía uruguaya merece saber por qué se prefirió la conveniencia económica y el dogmatismo antes que la dignidad de condenar a un asesino de masas.

Esta censura en el Senado pasará a la historia como el momento en que la izquierda eligió el escudo en lugar del debate. Bettiana Díaz, en su afán de proteger a su fuerza política, terminó hundiéndola más en el lodo de la sospecha. Si tan limpia tienen la conciencia, ¿por qué les tiembla el pulso cuando se mencionan los negocios con Venezuela? La respuesta es obvia: la verdad no solo incomoda, sino que para muchos líderes del Frente Amplio, la verdad es una sentencia condenatoria que prefieren evitar a fuerza de interrupciones y arbitrariedades.

¿Es el reglamento del Senado una herramienta de orden o se ha convertido en el refugio de quienes no pueden sostenerle la mirada a la historia tras años de complicidad con la dictadura venezolana?

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