Caso Marset y Lacalle Pou: el pasaporte que marcó un antes y un después en la historia uruguaya
En la política uruguaya se han visto muchas cosas, pero el Caso Marset y Lacalle Pou quedará grabado como el momento en que el Estado le facilitó la salida a un pez gordo del narcotráfico internacional. No estamos hablando de un descuido de un administrativo de cuarta; hablamos de una decisión que escaló hasta la Torre Ejecutiva y que el propio expresidente Luis Lacalle Pou salió a defender con los tapones de punta. Entregarle un pasaporte a Sebastián Marset mientras estaba preso en Dubái por usar documentos falsos no fue un error, fue un síntoma de algo mucho más profundo y oscuro.
Desde el primer día, el escándalo Marset olió mal. Marset no era un desconocido: líder del Primer Cartel Uruguayo, vinculado a toneladas de falopa y al asesinato de un fiscal en Paraguay. La inteligencia lo sabía, la diplomacia lo sabía, y hasta los vecinos lo sabían. Sin embargo, en un trámite que fue más rápido que una liebre, el documento salió firmado y sellado, permitiendo que el narco se esfumara antes de que Interpol pudiera parpadear.
Las mentiras y el derrumbe institucional en el Caso Marset y Lacalle Pou
Lo que vino después de la entrega del pasaporte fue un espectáculo lamentable de renuncias y chats borrados. El debate por el caso Marset se llevó puestos a ministros, subsecretarios y asesores de imagen. La exvicecanciller Carolina Ache prendió el ventilador y dejó claro que el «apuro» venía de arriba, por solicitud directa de la Presidencia. Esa «conciencia tranquila» que pregonaba Lacalle Pou se daba de patadas con la realidad de un gobierno que estaba en modo contención de daños, destruyendo pruebas para que la Justicia no metiera las narices.
En el marco del tema Marset en la agenda pública, la sociedad uruguaya asistió a una comedia de enredos donde nadie sabía nada, pero todos firmaban. Lacalle Pou argumentó que «no había otra chance» legal que darle el pasaporte, pero esa explicación técnica se cae a pedazos cuando se ve la prioridad que se le dio al trámite. Priorizaron la burocracia por sobre la seguridad nacional y la cooperación internacional, dejando a Uruguay como el hazmerreír (o el cómplice) ante los ojos de la DEA y la Interpol.
El costo político y social de una decisión nefasta
Hoy, Marset es el tercer hombre más buscado por la DEA, moviendo millones y operando desde la clandestinidad. Y cada vez que su nombre aparece en las noticias mundiales, el nombre de Uruguay queda pegado. La situación generada por Marset no es solo un tema judicial; es una mochila de plomo que el exmandatario cargará para siempre. Podrá hablar de bajar impuestos o de modernizar el Estado, pero la historia recordará que bajo su firma, un criminal de elite obtuvo el salvoconducto para seguir desangrando a la región.
Pasaporte exprés: Se entregó en tiempo récord mientras el beneficiario estaba preso por falsificación.
Advertencias ignoradas: Diplomáticos en Dubái avisaron del peligro y nadie movió un dedo para frenarlo.
Crisis de gabinete: La salida de Heber, Bustillo y Maciel desnudó la fragilidad del gobierno ante el narco.
Prófugo VIP: Gracias a Uruguay, Marset pudo escapar de Dubái y hoy tiene una recompensa de dos millones de dólares sobre su cabeza.
El impacto internacional del Caso Marset y Lacalle Pou en 2026
Años después, las esquirlas de la polémica en torno al narco uruguayo siguen volando. Uruguay pasó de ser un ejemplo de institucionalidad a ser mirado con lupa por organismos internacionales. Cuando el titular de la cartera de Interior y el de Cancillería tienen que desfilar por los juzgados por un pasaporte narco, lo que está en crisis es la ambición del Estado. El gobierno de Lacalle Pou prefirió proteger el relato antes que asumir la responsabilidad de haber liberado a un monstruo.
La impunidad que destila el episodio judicial del narcotraficante Marset es lo que más le duele al ciudadano de a pie. Mientras a un laburante le piden mil papeles para cualquier trámite, a un narco internacional le mandan el pasaporte a la celda por valija diplomática. Esa es la normalización de lo inaceptable que marcó este periodo. Lacalle Pou podrá escribir sus memorias, pero la página de Marset ya la escribió la realidad, y tiene tinta de sospecha y sangre.
Un legado manchado por el narcotráfico
No hay vuelta atrás. El Caso Marset y Lacalle Pou es el recordatorio de que cuando el poder decide mirar para otro lado, el crimen organizado gana por goleada. La defensa pública que hizo el expresidente de este trámite es la prueba de que no hubo arrepentimiento, sino una estrategia política para salvar la ropa. Pero la ropa quedó manchada de tal forma que ni el mejor lavandero de la política la saca.
Para cerrar, el Caso Marset y Lacalle Pou es la vergüenza nacional que nos costará décadas limpiar. Un país no se define solo por sus leyes, sino por la convicción de sus gobernantes para hacerlas cumplir contra los poderosos. En este caso, el Estado uruguayo se arrodilló ante un narco y le abrió la puerta grande. A llorar al campito, Lacalle, que la historia no perdona a los que le dan una mano al enemigo de la sociedad.
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