El entramado de contrataciones que rodea al edil nacionalista Gonzalo Gómez sumó en las últimas horas un nuevo capítulo que genera serios cuestionamientos sobre el uso de los dineros públicos. Tras los escandalosos antecedentes que vincularon a su despacho con personas condenadas por la justicia, la mirada pública vuelve a posarse sobre la nómina de sus asesores. Esta vez la controversia no salpica de forma directa al narcotráfico, pero expone de manera cruda las prácticas de la vieja política: la posible distribución de cargos estatales como favores partidarios pagados por todos los contribuyentes.
Según reveló el medio Crónicas del Este, la nómina de asesores contratados por el edil Gómez incluye a Irene Caballero Ruiz. Se trata de una figura de larga trayectoria interna en el Partido Nacional, ligada históricamente al entorno político de Jorge Gandini. Caballero no es una aparecida en la gestión pública: ocupó la secretaría de Gandini durante su paso por el directorio de la Administración Nacional de Puertos (ANP) y posteriormente asumió como directora en Terminal Cuenca del Plata (TCP) en representación del Estado, cargo al que renunció en septiembre de 2023 argumentando motivos personales.
Un sueldo público bajo la sombra de la inasistencia
El eje de la denuncia periodística presentada por Crónicas del Este apunta a la efectividad del trabajo de Caballero como asesora del edil. La investigación señala que la funcionaria no concurriría regularmente a cumplir tareas en la junta departamental y cuestiona el valor real del asesoramiento por el cual percibe una remuneración mensual cercana a los 53.000 pesos uruguayos.
Si bien la nota del citado medio no adjunta registros de asistencia, informes de gestión ni la versión de la propia involucrada para probar de forma definitiva la falta de prestación presencial, la mera sospecha reaviva preguntas éticas ineludibles. En cualquier estructura administrativa responsable, demostrar el trabajo financiado con recursos colectivos no debería requerir maniobras ni excusas: alcanza con exhibir los informes firmados, los proyectos elaborados y los registros de carga horaria. La falta de transparencia inmediata solo alimenta la presunción de que se trata de un simple cobro de haberes sin contraprestación efectiva.
El perturbador historial en la nómina del edil Gómez
La gravedad de este nuevo hallazgo no puede analizarse como un hecho aislado; cobra dimensiones alarmantes al repasar el historial de colaboradores que pasaron por el despacho de Gonzalo Gómez. Conviene recordar que el propio edil contrató tiempo atrás a Pablo Leiva, un individuo que posteriormente terminó condenado por la justicia penal por los delitos de lavado de activos y tráfico interno de municiones.
Por si fuera poco, en la misma nómina figuró en su momento Lucio Leiva, hijo de Pablo, quien si bien fue liberado y desvinculado de la causa penal, dejó en evidencia la extrema permeabilidad y ligereza con la que el legislador departamental selecciona a sus colaboradores. Que tras el paso de personas condenadas por delitos graves aparezca ahora una militante de cuna partidaria cobrando del erario público sin tareas claras no hace más que confirmar un patrón de conducta política profundamente viciado.
El discurso de la austeridad aplastado por la realidad
Durante años, amplios sectores del sistema político —y particularmente quienes hoy ocupan responsabilidades de gobierno— construyeron su plataforma electoral prometiendo barrer con los despilfarros, terminar con los acomodos en el Estado y combatir el uso de las estructuras públicas como refugios para amigos del partido. Sin embargo, cuando la lupa se coloca sobre sus propias prácticas cotidianas, el discurso moralizador se desploma.
Resulta inaceptable que los fondos aportados por la sociedad a través de impuestos terminen financiando sueldos de 53.000 pesos para asesores cuyos productos de trabajo nadie conoce. No estamos ante fondos privados de una empresa particular ni ante favores personales; estamos ante dinero público que exige rendición de cuentas estricta. Quienes prometieron transparencia tienen hoy la obligación moral y legal de demostrar con papeles que cada peso invertido en esa asesoría responde a un trabajo real.
La obligación imperiosa de rendir cuentas
La ciudadanía no tiene por qué tolerar que las corporaciones políticas transformen los despachos oficiales en agencias de empleo para militantes o figuras caídas en desgracia. No corresponde dictar sentencias judiciales apresuradas antes de que la administración o la justicia actúen, pero resulta éticamente inadmisible guardar silencio frente al uso opaco del presupuesto departamental.
Si Irene Caballero efectivamente cumplió con las obligaciones de su contrato, el edil Gonzalo Gómez tiene la obligación inmediata de hacer públicos los informes, presentar las marcas de asistencia y despejar cualquier sospecha. Si no puede acreditar el trabajo de su asesora, no alcanzará con explicaciones burocráticas: la responsabilidad será estrictamente política y confirmará una forma de gestionar que la sociedad uruguaya repudia de manera categórica.






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