Gestión de Carlos Negro: el arte de administrar la derrota en seguridad
Hay una diferencia abismal entre un estadista y un académico que llega al poder para explicar por qué todo está mal. La gestión de Carlos Negro al frente del Ministerio del Interior se ha convertido, en tiempo récord, en el monumento a la claudicación. No es solo que las cifras no bajen; es que el titular de la cartera parece haber asumido el cargo con la bandera blanca ya izada, convencido de que el narcotráfico es un monstruo invencible y que a los uruguayos solo nos queda resignarnos.
Desde antes de sentarse en el despacho principal, la administración ya venía con un veredicto: la guerra está perdida. Con una elocuencia que hiela la sangre, el ministro ha pasado de ser el responsable de nuestra seguridad a un mero meteorólogo del crimen, anunciando la violencia como si fuera un fenómeno natural inevitable. En Uruguay, la sensación de desamparo no es solo por el delincuente que te encañona en la esquina, sino por el jerarca que te dice que eso es «lo esperable».
Los números rojos de la gestión de Carlos Negro en 2025
Si miramos la fría estadística, el saldo es devastador. La conducción cerró el año 2025 con 369 homicidios. Para el Ministerio, esto parece ser un logro, pero para cualquier ciudadano con dos dedos de frente, es una meseta de sangre que no da tregua. Con una tasa de 10,3 homicidios cada 100.000 habitantes, Uruguay duplica a vecinos como Argentina o Chile, tirando por la borda esa vieja fantasía de que éramos la «Suiza de América».
Lo más preocupante de la dirección de Negro no es solo el número, sino la interpretación que se le da. Trece muertes menos en un año no son una victoria; son, como bien se dice, el margen de error de una tragedia que se volvió cotidiana. El Estado uruguayo, bajo este mando, ha decidido que 369 muertos al año es una cifra aceptable, una «normalidad» que nos piden que traguemos sin chistar mientras ellos racionalizan el deterioro en conferencias de prensa serenas.
Una política de oferta y demanda narco
La visión económica que el ministro le imprime a la delincuencia es, cuanto menos, insultante para las víctimas. En el manejo institucional, incautar droga no se festeja como un golpe a la estructura criminal, sino como una «buena noticia para la salud pública» porque genera desabastecimiento en las bocas. El Estado, entonces, ya no disputa el territorio; se limita a ser un regulador de flujos criminales, un contador que mira las rebajas del crimen organizado en fechas tradicionales como Navidad o Año Nuevo.
Homicidios estacionales: El ministro explicó los asesinatos de diciembre como algo «tradicional» de las fechas. Una locura.
El milagro de las maras: Negro declaró que es «milagroso» que no tengamos bandas salvadoreñas. ¿Ese es el nuevo estándar de éxito? ¿No ser Honduras?
Rendición intelectual: El mensaje a la Policía es de contención, no de ofensiva. El tiempo juega a favor de los narcos.
Administración de expectativas: Se nos pide ajustar nuestra tolerancia hacia abajo, aceptando el fracaso como destino.
El impacto social de la gestión de Carlos Negro: ¿Qué Estado queremos?
Gobernar la seguridad exige convicción, algo que parece faltar en cada paper que sale de la actual cartera. La tarea de gobierno ha reemplazado la lucha frontal por un enfoque que racionaliza la derrota. Cuando el mensaje que llega desde arriba es que la batalla está perdida, el efecto es devastador: el policía se siente un contenedor de daños y el narco siente que tiene el camino libre.
[Imagen de una calle vacía en un barrio periférico de Montevideo bajo una luz de mercurio mortecina]
Esta «gestión del fracaso» es lo que hoy define al Ministerio. Según organismos internacionales como la , la falta de una estrategia agresiva de prevalencia del Estado es el primer paso para que las bandas se adueñen definitivamente de la paz social. En Uruguay, la gestión de Carlos Negro parece estar cumpliendo ese manual al pie de la letra, administrando una crisis que ya no intentan resolver.
La crisis de ambición del Estado uruguayo
Un país puede sobrevivir a un mal año, pero difícilmente sobreviva a un gobierno convencido de que no merecemos algo mejor. La acción ejecutiva de Carlos Negro es la claudicación de la ambición estatal. Mientras en otros países se aspira a niveles de seguridad europeos, acá el horizonte es conformarse con no haber tocado fondo regional todavía. Es un conformismo mediocre que nos sale caro, muy caro: se paga con vidas.
Para cerrar, la gestión de Carlos Negro no es realismo, es rendición. Una rendición que llega con gráficos prolijos y palabras académicas, pero que en la calle se traduce en miedo. Si el plan es convencernos de que esta masacre constante es lo normal, entonces el ministro ha tenido un éxito rotundo. El problema es que los uruguayos no votamos a un administrador de derrotas, sino a alguien que tuviera la valentía de prevalecer.
Un Estado de rodillas
La gestión de Negro no es más que la crónica de una claudicación anunciada. Cuando quien debe empuñar el escudo de la sociedad prefiere refugiarse en la comodidad de un paper académico, lo que queda es un pueblo a la intemperie. No estamos ante un problema de presupuesto o de falta de patrulleros; estamos ante una crisis de voluntad.
Gobernar es decidir quién manda en la calle: si el Estado o el delincuente. Al declarar la derrota antes de dar la batalla, este Ministerio ya eligió bando. La historia no va a recordar a los burócratas por sus gráficos prolijos o sus conferencias serenas, sino por la cobardía de haber aceptado que los uruguayos no merecíamos algo mejor. En la gestión de Carlos Negro, la única «tendencia positiva» es la de los narcos, que hoy duermen tranquilos sabiendo que, del otro lado, solo hay alguien administrando el desastre.
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